“Yo, que soñé en la nada un paraíso / yo, que imploré ser trémulo muñeco / descubro que en mi pecho indeciso / también palpita un ínfimo respeto"





EL SER QUE NO QUIERO SER


Por: Ian Báez Palazuelos


No soy siquiera arcilla bien trazada;
soy molde torpe, espíritu rehén,
criatura en su corteza aprisionada
que a su propia fiebre dice “amén”.

Mi alma es huésped de su mismo exilio,
mi pulso un cabestrillo fatigado;
nací con honra, sí, más sin auxilio,
y en mi espina anidó lo desvelado.

Camino como efigie mal compuesta,
con paso incierto, frágil equilibrio;
soy máscara que a su dolor detesta,
eco sin brío, náufrago en sí mismo.

¡Oh humanidad, fatídico artificio!
¡fardo que oprime incluso al corazón!
En tu regazo late el sacrificio
de quien piensa y sangra sin perdón.

A veces sueño ser materia inerte,
títere dócil, dócil por vocación;
huir del pensamiento que es la muerte
de toda calma, todo rumbo, toda acción.

Ser simple engranaje, rueda muda,
que gira porque alguien la empujó;
no está conciencia pérfida y desnuda
que en su laberinto me encerró.

Qué dulce fuera poseer descanso,
reposo unánime, renuncia fiel,
un soplo sin tormento en su remanso,
un yo que calle, un yo hecho de papel.

Mas no: la vida impone su mandato,
me empuja a recobrar lo que no quiero;
ser hombre es desnudarse del recato
y arder sin tregua en su brasero.

He maldecido el don de la memoria,
he maldecido el filo del sentir;
que en cada herida muere una victoria
y en cada letra tiembla el porvenir.

Quise arrancarme el nombre de la frente,
borrar mi huella, hundirme en lo profano;
ser sombra leve, sombra de una mente
que no conoce el peso de lo humano.

Mas vuelvo siempre, triste y obediente,
al cuerpo que me nombra pese a mí;
esta prisión de carne diligente
que dice “vive”, cuando ya morí.

Yo, que soñé en la nada un paraíso,
yo, que imploré ser trémulo muñeco,
descubro que en mi pecho indeciso
también palpita un ínfimo respeto.

Respeto al fuego, sí, que me consume,
respeto al llanto que me hizo adulto;
respeto al hombre que, aunque se derrumbe,
crece del polvo y de su culto.

Porque aun no siendo yo quien yo deseo,
y aun detestando mi razón febril,
hay un destello firme en mi jadeo
que me devuelve al mundo infantil.

Y aunque no entiendo el rostro que me habita,
ni el áspero destino que me guía,
camino. Porque en mi carne maldita
algo persiste…
algo aún me desafía.


Comentarios

Anónimo dijo…
Muy buen día, muy profundas esas reflexiones Ian, penetran como diría Conrad no al corazón de las tinieblas sino al corazón del alma. Te mando una felicitación desde Los Mochis. Sigue así, vas bien, vas bien muchacho...

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