10 de Mayo, Día de las Madres

“Las madres se rompen en silencio, aprenden a llorar quedito para que los hijos no escuchen, aprenden a fingir fuerza incluso cuando el cansancio les está consumiendo el alma”



 



DOS CORONAS A MI MADRE

 

Celeste Giselle Quintero Plata

 

Hay días que nacen pesados, días que desde en la mañana tienen olor a flores marchitas, a fotografías viejas y a recuerdos que uno quisiera abrazar sin que doliera. El día de las madres siempre ha sido uno de esos días, la gente corre a comprar regalos, a reservar mesas, a escribir mensajes apresurados llenos de corazones; pero también hay quienes caminamos más lento ese día, porque sabemos que hay amores que ya no contestan las llamadas, que ya no abren la puerta, ni tampoco dicen ¿ya comiste?

Y el mundo se parte en dos: los que celebran y los que visitan tumbas.

Nunca entendí porque las flores más hermosas terminan sobre la tierra fría de un panteón, tal vez porque el amor también aprende a florecer en la tristeza, tal vez porque hay personas tan grandes, que ni siquiera la muerte encuentra la forma de llevárselas por completo.

Por eso al igual que hace 5 años, lleve dos coronas a mi madre, una por la mujer que me dio la vida y otra por la mujer que murió lentamente antes de irse.

Porque nadie habla de eso, nadie habla de cómo las madres empiezan a apagarse mucho antes de cerrar los ojos para siempre, se les va el brillo mientras siguen cocinando, mientras siguen doblando ropa, mientras siguen preguntando si uno necesita dinero, aunque ellas no tengan nada, las madres se rompen en silencio, aprenden a llorar quedito para que los hijos no escuchen, aprenden a fingir fuerza incluso cuando el cansancio les está consumiendo el alma.

Mi madre era así, tenia manos cansadas y una ternura que parecía infinita, era de esas mujeres que podían estar destruidas por dentro y aun así levantarse temprano a hacer desayuno, nunca entendí como podía seguir dando amor alguien que la vida la había tratado tan duro, a lo mejor las madres nacen con una capacidad sobrenatural para resistir el dolor.

Cuando estaba chiquita yo pensaba que ella jamás iba a envejecer, porque cuando uno es pequeño las madres parecen eternas, parecen mas grandes que dios, mas fuertes que cualquier tormenta, uno cree que siempre estarán ahí: esperando en la puerta, acomodando cobijas, regañándonos, que antes de salir nos digan que dios nos bendiga y nos cuide mucho. Pero la vida tiene una crueldad extraña: crecemos al mismo tiempo que ellas envejecen, pero así es el ciclo de la vida, un día notas las arrugas, al otras notas el silencio, luego descubres que ya se cansa más rápido y después entiendes que el tiempo también esta aprendiendo a despedirse de ella.

Las madres tienen esa tragedia hermosa: se consumen alumbrando a otros, y cuando mueren uno no solamente llora a la persona, llora la voz que calmaba los peores días, la única mirada capaz de reconocer el dolor aunque uno dijera que esta bien, las veces que no respondió bonito, discusiones absurdas, los abrazos que dejo para después como si el tiempo fuera infinito. No existe una ausencia mas ruidosa que la de una madre, porque incluso después de muerta sigue apareciendo en todas partes, en el olor de una comida bien hecha, en el olor del jabón de la ropa, en una canción vieja, en las mujeres cansadas del supermercado, en el regaño que ahora extrañas, en el impulso de querer contarle algo y recordar un segundo después que ya no está.

Y entonces entiendo algo: uno nunca termina de necesitar a su madre… Por eso lleve dos coronas, la primera decía: ¨Gracias por darme la vida¨ y la segunda ¨Perdón por no entender la tuya¨. Porque de grande descubrí que las madres también son personas, personas con sueños abandonados, con heridas ocultas, con noches donde también quisieron rendirse, pero nadie les pregunta cómo están realmente, el mundo las acostumbra a ser refugio no a necesitar uno.

El panteón como todos los años en este día esta lleno, mariachis sonando a lo lejos, niños corriendo entre tumbas y personas limpiando lapidas como quien acaricia una ultima vez, el cielo esta gris, como si estuviera de duelo y yo, pues yo me quede viendo su nombre escrito en piedra, es extraño como una vida puede terminar resumida en dos fechas separadas por un guion.

Nacer.

Morir.

Como si todo el amor, los sacrificios, las madrugadas, las lágrimas, los cuídate mucho, lo todo cupieran en una simple línea. Escribiendo esto recostada arriba de su tumba pensé en algo que me rompió el alma: las madres pasan su vida entera intentando que a sus hijos no les falte nada incluso cuando al final son ellas quienes terminan faltándonos para siempre, porque hay personas que pierden a su mama y personas que se pierden a sí mismas el día que su madre muere, lo digo porque nadie vuelve a abrazarte igual, nadie vuelve a preocuparse igual, nadie vuelve a mirarte como si todavía fueras un niño aunque ya hayas crecido.

La muerte de una madre no deja un vacío, deja un eco, un eco eterno. Por eso a veces odio un poco el día de las madres, porque las calles se llenan de felicidad ajena mientras algunos llevamos flores donde ya no pueden verlas, porque mientras unos dicen ¨te amo mama¨ en la mesa, otros lo decimos frente a una cruz fría, pero aun así seguimos yendo, seguimos llevando flores, limpiando tumbas, hablando con el silencio, porque el amor de una madre no se entierra, solo cambia de lugar.

Quizá por eso lleve dos coronas, porque una sola no alcanzaba para tanto amor ni para tanto dolor…

 

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