“Mi voz no pide molde ni permiso; / no fue fundida para tu vitrina. / Si mi paso desobedece al rebaño, / no por eso la senda se extravía"



 


¡Y que sigan ladrando los perros!

Por: Ian Báez Palazuelos

 

No midas mi estatura con tus ojos:
el vidrio suele heredar al que lo mira.
Hay pupilas que confunden la costumbre
con la verdad que jamás examinan.

Mi voz no pide molde ni permiso;
no fue fundida para tu vitrina.
Si mi paso desobedece al rebaño,
no por eso la senda se extravía.

¿Te incomoda mi camisa?
¿Mi retrato? ¿Mi silencio?
Es curioso: hablas de mi sombra
mientras ignoras tu reflejo.

Hay quien bautiza con rumores
lo que no alcanza a comprender.
Llama máscara al semblante
porque jamás mostró su piel.

Yo no negocio mis maneras
por comprar tranquilidad.
Prefiero el filo de la duda
a la limosna de encajar.

No me ofende tu sentencia;
me sorprende su pobreza.
Hace falta poca ciencia
para juzgar una corteza.

El roble no altera el tronco
porque el musgo dicte ley;
la montaña no se inclina
cuando murmura el ciprés.

Y si algún día escriben mi epitafio,
que no consignen tu sospecha:
escriban que anduve erguido,
sin alquilar mi naturaleza.

Que otros vivan de etiquetas;
yo prefiero otro destino:
ser aquello que sostengo
cuando camino conmigo.

No busco absolverme. Ni hace falta.
La conciencia no comparece ante rumores.
El honor no cambia de semblante
porque el viento cambie de nombres.

Así continúa mi jornada:
sin corregir el paso por el eco.
Que cada lengua cargue con su juicio;
yo cargo únicamente con mi pecho.

¿Que cambie mi retrato? ¿Por qué motivo?
¿Porque no satisface tu mirada?
¿Porque esperabas encontrar otro semblante
y hallaste mi sonrisa acostumbrada?

Dices que no me parezco al de la imagen,
que aquel rostro no concuerda con el mío;
como si el hombre fuera una fotografía,
como si el tiempo no alterara lo vivido.

¿Quién te ha nombrado juez de mis facciones,
custodio de mi gesto y mi figura?
¿En qué tribunal se expiden las licencias
para sonreír con cierta compostura?

La imagen que dejé sobre la página
no contrajo con tu juicio compromiso;
si allí parezco un ángel, ¿qué te importa?
¿Acaso he de pedir perdón por el hechizo?

¿Y qué si tengo pinta de niño bueno?
¿Será que la bondad te causa espanto?
¿O es que tu entendimiento necesita
un rostro torvo para respetar a alguien?

Hay quienes llevan la maldad escrita
en una voz que truena y amenaza;
hay quienes, con modales impecables,
ocultan un sepulcro bajo el alma.

No confundas la dulzura con la entrega,
ni la calma con la falta de entereza;
el agua que acaricia las orillas
también sabe abrirse paso entre las piedras.

Mi rostro no es contrato de conducta,
mi ropa no es confesión anticipada;
no hay botón, cuello, pliegue ni costura
que entregue el testimonio que reclamas.

¿Quieres que cambie el porte, la sonrisa,
la forma en que pronuncio cada frase?
¿Que endurezca la mirada ante tus ojos
para que tu prejuicio se tranquilice?

¡Qué oficio tan penoso el de vivir
pendiente de agradar a los extraños!
Pasar la vida corrigiendo el gesto
para que no nos juzguen por humanos.

Si acaso mi semblante te parece
demasiado limpio, dócil o inocente,
recuerda que la nieve también oculta
la hondura de los riscos bajo el hielo.

No hay mérito en parecer un hombre duro,
ni afrenta en conservar cierta ternura.
Más vale un corazón que no se vende
que un rostro que presume de bravura.

Y si mi voz no cumple tus medidas,
si mi ademán no sigue tus preceptos,
no esperes que me arranque de la boca
la música que llevo desde dentro.

No he venido a solicitar tu beneplácito,
ni a someter mi sangre a tus decretos.
Hay libertades que comienzan cuando uno
deja de vivir para el concepto ajeno.

¿Que dicen que mi foto es engañosa?
¿Que debería mostrarme diferente?
¡Qué extraña devoción por las apariencias
en quienes dicen conocer a la gente!

Si no me reconoces en la imagen,
quizá jamás miraste con cuidado.
Tal vez buscabas confirmar tus opiniones,
no descubrir al hombre retratado.

No es mi deber desmentir tus fantasías,
ni andar por cada esquina dando pruebas.
Quien exige explicaciones por mi aspecto
confiesa cuánto ignora de sí mismo.

Y yo, que no he jurado complacerte,
que no he nacido para tus expectativas,
prefiero conservar mi rostro intacto
a deformarlo por tus conjeturas.

Que hablen del retrato y de la ropa,
que juzguen mi manera de expresarme;
yo tengo cosas más dignas en que ocuparme
que andar de puerta en puerta a disculparme.

Que midan mi sonrisa con sus reglas,
que pesen mis palabras en balanzas;
la dignidad no necesita testigos,
ni el árbol pide permiso para alzarse.

Hay perros que confunden los caminos
con los límites de su propio patio;
ladran al caminante que los cruza
y creen que su estruendo es un mandato.

Mas nunca vi que el ruido de una jauría
hiciera retroceder al horizonte,
ni que el furor de cien gargantas juntas
pudiera hacer más pequeño un monte.

Por eso, si mi nombre les inquieta,
si mi presencia les despierta suspicacias,
si necesitan discutir mis fotografías
para dar algún sentido a sus mañanas,

que ladren.

Yo seguiré con mi semblante,
mi voz, mis ropas y mis pasos;
no hay ladrido capaz de hacer del viento
un amo, ni del hombre un esclavo.

Que sigan inventando sus retratos,
que busquen en mis gestos sus respuestas;
yo no he de convertirme en su retrato
ni a vivir dentro de sus estrechas puertas.

Porque al final, cuando caiga el telón
y el tiempo nos reclame nuestras máscaras,
no habrá de preguntarnos la sepultura
qué rostro aparentamos ante el mundo,

sino qué hicimos con la vida entregada,
qué defendimos cuando hubo que elegir,
si fuimos libres al andar por nuestros días
o si vivimos para no incomodar.

Y si mañana vuelven con sus juicios,
si otra voz pretende darme forma,
que encuentre la misma frente levantada,
la misma voluntad que no se dobla.

No tengo que probarles lo que soy.
No tengo que cambiar para ser digno.
No tengo que parecerme a sus ideas
para merecer mi propio sitio.

Que el viento se lleve sus sentencias;
que el polvo cubra el rastro de sus voces.
Yo seguiré mi rumbo, sin permiso,
mientras ellos se consumen en reproches.

Y que sigan ladrando los perros.

Que ladren si mi rostro no les gusta,
si mi voz no les concede la razón,
si mi porte no se ajusta a sus costumbres
o mi foto contradice su ficción.

Que ladren, sí. Que ladren cuanto quieran.
No he de trocar mi esencia por su paz.
La vida es demasiado breve para vivirla
con miedo a lo que otro pueda imaginar.

Porque un hombre no se mide por la máscara
que otro pretende imponerle al caminar;
se mide por la entereza con que vive
cuando nadie lo contempla al pasar.

Y si les queda un último reproche,
si aún les sobra veneno que escupir,
que lo arrojen al viento, que lo gasten.

Yo no nací para ladrar ni para huir.

 

 


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