“Un perro negro llego hacia mí me mordió la pierna derecha en la pantorrilla y se fue ladrando sin la mínima atención"





EL PERRO ME HA MORDIDO

 

Darío Alfonso López Valdez

 

Caminaba por la calle, con mis zapatos blancos de suela negra, mientras veía el atardecer. Las nubes, antes blancas, ahora eran rosas y contrastaban con el cielo azul oscuro; era hermoso, pensaba mientras dejaba salir un aire pesado. La calle cambió de estilo, antes lisa como hoja de papel, iba cambiando poco a poco, cada vez había más piedras, cada vez más polvo, pero lo ignoraba porque iba pensando en qué comería mañana. Seguí caminando en lo que un perro negro llegó y me mordió la pierna derecha, en la pantorrilla, y se fue ladrando, sin la mínima atención. Yo, espantado, lo quise asustar, cuando me di cuenta que el perro me ignoraba mientras se retiraba. Vi mi pierna con la marca de la mordida y la sangre brotando, era un gran dolor. Asustado por lo que me pasaría, me fui caminando mientras seguía anocheciendo; pensé qué haré si mañana necesito ir al colegio, cómo iré con la mordida, me sigue doliendo, espero y no sea profunda. Seguí caminando, mis pisadas eran lentas, las nubes ya casi no se distinguían en el cielo, la luna se alzaba y el sol se escondía; mientras, seguía pensando qué hacer, recordaba que no había hecho la tarea y que la tendría que hacer al llegar, pero no tenía lápiz por lo que tendría que comprarlo. Busqué en mis bolsillos para ver si me quedaba dinero, pero no encontré nada. Tenía que pedir dinero al llegar y escuchar las quejas de mi madre de por qué no cuidas tus útiles y no quería, la verdad, porque después cenaría y no quería pelear en la cena; pero tenía que pedirlo antes de la cena porque si no cerrarían la tienda. Después me pregunté qué habría de cena y si dejarían tortillas para hacerme el desayuno de mañana. La noche cayó, las estrellas ya se alcanzaban a ver; y yo, por mientras, me sentía cansado y subía caminando en la calle y la luz de los postes se encendía; mientras bostezaba volteé hacia atrás, veía una línea de sangre que llegaba hasta mi pierna, me volvió a doler la pantorrilla  y pensé qué regañada me van a meter cuando llegue a casa; alcancé a llegar hasta arriba de la calle mientras jadeaba y el sereno caía. Empecé a temblar por el frío que me dejaba heladas las manos, los ojos se me cerraban del sueño y caí rodando cuesta abajo; allí vi mi zapato blanco con un tono rosado que había dejado mi sangre al escurrir por mi pierna, al verlo con mi suela negra observé el contraste de colores y dije ¡qué hermoso! Dejé salir mi último aliento, saqué la pesadez y al sentir mi cuerpo liviano, pensé con seriedad "me ha mordido un perro".


Comentarios

Anónimo dijo…
Compañero López, de las escenas de la vida cotidiana salen bellas y emotivas narrativas. Su texto es evocativo. Hay algunas personas que dicen que no tuviste infancia si nunca te mordió un perro. Por lo expresado, usted sí la tuvo. Lo felicito por su narrativa. Le mando un saludo afectuoso desde Los Mochis.

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