“Tal vez lo único cierto es que, al gritar ¡Viva México!, nos sentimos resistentes y orgullosos de seguir en pie ante tanto atropello"
¡VIVA MÉXICO!
María Madrid Zazueta
El famoso grito que resuena a donde quiera que va un mexicano, “¡Viva México, cabrones!”, se le atribuye por tradición a Pancho Villa. Dicen que lo gritaba antes de emprender un movimiento armado impulsado por las ganas de ver un país más justo y educado. Los historiadores registran que, en sus escasos treinta días como gobernador interino de Chihuahua, el caudillo mandó construir más de cincuenta escuelas para los pobres y más vulnerables. Hacia allá va mi pensamiento en estas fechas, cuando el calendario civil conmemora 216 años de la Independencia y 116 del inicio de la Revolución. Hoy vivimos estas efemérides como simples días festivos, una realidad muy alejada del horror y el terror que esos conflictos armados se vivieron en este nuestro querido México.
Sin embargo, los horrores no culminaron con el fin de las luchas anteriores. El eco de la violencia civil se extendió en el tiempo y, hace sólo cincuenta y ocho años, los movimientos sociopolíticos de los años 60 y 70 volvieron a costar la calma, la libertad y la vida a innumerables familias mexicanas. Este último pensamiento me invade porque mañana se recuerda a los muertos de 1968; una tragedia estudiantil que el maestro Enrique Estrada, representó en su galería Obra Negra como la verdadera y dolorosa culminación de la Revolución Mexicana.
El 2 de octubre no debería recordarse como un día en el que, hipócritamente, hay que poner cara triste, pronunciar discursos o dejar pintas en las calles del centro. Lo mismo aplica para las otras dos fechas oficiales en las que se conmemoran eventos que cambiaron el rumbo del país, afectando la vida de todos. Porque el efecto del rayo, aunque caiga en una sola parte, estremece a quienes lo escuchan a lo lejos; así tocan estos días mi propia vida. En especial por las pérdidas de incontables jóvenes desaparecidos durante los años 70. Aquella fue una década de intensa convulsión política y social, marcada en la sierra y la capital sinaloense por la Operación Cóndor, una época donde parecía haber licencia para matar a diestra y siniestra, y donde las desapariciones forzadas eran la norma. Como se puede ver, la historia se repite; solo cambian los bandos.
Estrada pintó a los estudiantes del 68 como si hubieran muerto en la guerra civil revolucionaria; los pintó colgados. A veces nos asombramos ante las atrocidades de la Inquisición por sus crueles métodos de castigo, pero poco se habla de los colgados y quemados durante la Revolución Mexicana, esos mismos que retrató el maestro. Aquella guerra dejó recuerdos de cuerpos suspendidos en árboles que aún siguen en pie, y solo Dios sabe cuántos más terminaron fusilados por montones. De igual forma, en el 68 los jóvenes murieron acribillados por el ejército con armamento especializado, tratados como viles bandidos. Esa estela de violencia se extendió hasta las desapariciones de los años 70 en la llamada Guerra Sucia, donde el Estado atacaba a disidentes y activistas, cobrando vidas y dejando profundas heridas en la población urbana y, en primer lugar, rural.
Tengo fresca en la memoria, aunque entonces era una infante, la forma en que los soldados —a quienes llamábamos “guachos”— irrumpían en cada casa de la cuadra. A su paso sembraban el miedo y el caos; ellos se marchaban, pero los destrozos se quedaban en cada hogar. El pretexto solía ser la búsqueda de armas y la droga de los entonces conocidos como “gomeros”. Fue grande la persecución que obligó a muchos jóvenes a esconderse o a huir del país. Personalmente viví dos o tres de esas irrupciones del ejército en mi casa, viendo también cómo las colonias Miguel Hidalgo y Guadalupe Victoria se poblaban de familias desplazadas que bajaban huyendo de las distintas sierras. Pero los que andaban en la “grilla” también salieron de México y pidieron asilo político o de humanidad en países como Cuba, Francia, Italia, URSS y Alemania Oriental. Mucho se habla de los refugiados en México, pero poco de los que huyeron de él.
Entonces, ¿a qué le gritamos cuando decimos: “¡Viva México!”? ¿De qué estamos orgullosos en nuestra identidad nacional? ¿De la libertad? Seguimos presos de la inseguridad. Seguimos en guerra, ahora el Estado contra el narco, e incluso narcos contra narcos. Este conflicto también nos ha costado una infinidad de acribillados, colgados, desmembrados y desaparecidos. ¿Gritamos acaso por la unidad y la hermandad entre los pueblos mexicanos? Todavía existe racismo y discriminación en nuestro amado país; sigue siendo enorme la línea entre pobres, ricos y la disque clase media. Tal vez lo único cierto es que, al gritar ¡Viva México!, nos sentimos resistentes y orgullosos de seguir en pie ante tanto atropello. Quizá el tono visceral de la expresión sea el desahogo de todas las emociones que nos provocan tantas luchas, y las tantas injusticias que se viven antes, durante y después de ellas.

Comentarios
Qué gusto verte por aquí más seguido!!!
Saludos grandes!!!