“La familia te da los valores base, pero la escuela te pone a prueba para ver si de verdad los llevas contigo a donde vayas"




 

EDUCAR NO ES SÓLO DAR CLASES


Stefany Paola Rodríguez Villa

 

Desde que nacemos, nadie nos enseña cómo ser parte de este mundo más que nuestra propia familia. Es nuestra primera conexión con el mundo, ellos nos enseñan su cultura, lo que a su vez sus padres les enseñaron a ellos. Los valores los aprendemos de nuestro entorno familiar, de sus reglas, de sus hábitos. Sin embargo, cuando acudes a alguna escuela o sales de tu entorno familiar, la sociedad te enseña el camino de la vida. 

Quizá desde chicos nuestros padres nos enseñan buenos valores y hábitos que nos sirven para nuestro día a día, pero pasa el tiempo y te inscriben a la escuela, entonces creas otro entorno en tu vida. Ahí te enseñan más valores, a convivir con tus compañeros y con tu maestra.

Con el paso del tiempo te vas desenvolviendo más, aprendiendo cosas nuevas, a socializar más. Quizá hasta llegas a pelear por un primer lugar de aprovechamiento, para que todo el sacrificio que hacen tus padres día a día valga la pena.

En la familia éramos los hijos, los únicos, pero en la escuela por primera vez somos uno entre treinta. Es el primer choque con la sociedad real. Ahí aprendemos cosas que ningún libro enseña: a competir por un lugar, a sentir qué se siente ser evaluado con un número, a obedecer a una autoridad que no es nuestra madre y a convivir con personas que no nos eligieron. Conforme vamos creciendo vamos aprendiendo cosas nuevas, quizá le fui dando un poco más de sentido a la vida.

Cuando era pequeña no sabía la importancia de lo que era trabajar o aprender cosas nuevas que nos servirían en nuestro futuro, ahora comprendo y voy dándome cuenta conforme pasan los días de la importancia de leer y de buscar información.

Recuerdo cuando estudiaba en la primaria y kínder, mi madre era la intendente de la escuela donde yo estudiaba, era un instituto de monjas. Me encantaba ir a la escuela, estar con mis compañeros, con mi maestra.

Era una niña becada y aunque mi madre fuera la intendente jamás hubo un trato diferente al de mis compañeras, siempre me trataban igual. Era una niña sobresaliente, inteligente, obediente y participativa, incluso participé en el concurso de escoltas y casi siempre ganábamos el primer lugar. Cuando estaba a punto de graduarme de sexto, mi mamá decidió que nos viniéramos a vivir a Culiacán.

Veníamos sin dinero y era lógico que yo jamás podría volver a una escuela de alto nivel educativo. Recuerdo que mis papás me apuntaron en una escuela pública donde ni siquiera llevaba el uniforme, no llevaba libros y los baños no contaban ni siquiera con papel higiénico.

Yo lloraba porque no quería ir a esa escuela, no me gustaba, pero jamás les hice un reclamo a mis padres por esa decisión.

Mi maestro de sexto decía groserías, era burlesco, el trato jamás fue el mismo al que yo estaba acostumbrada. 

Con todo esto que viví me di cuenta que la escuela sí tiene mucho que ver con los valores. No solo te enseña a leer o a sumar, también te enseña qué tipo de persona vas a ser. En la escuela de monjas aprendí el valor del respeto, de la igualdad y de esforzarme. En la escuela pública aprendí otros valores, aunque fueran a la mala: aprendí a valorar lo que tenía antes, a adaptarme, a ser fuerte y a entender que no todos los maestros educan con cariño, pero todos te dejan una lección. Ahora entiendo que la familia te da los valores base, pero la escuela te pone a prueba para ver si de verdad los llevas contigo a donde vayas.

Educar no es solo dar clases, es formar el carácter, y eso pasa tanto en la casa como en la escuela.

 

 

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