“La educación no sucede sólo dentro de un salón de clases, ni depende únicamente de lo que un maestro enseña. Tiene que ver con la familia, las costumbres de la comunidad y las situaciones sociales que nos rodean"
TEJER HILO A HILO
LA ESCUELA CON LA COMUNIDAD Y LA
INTERCULTURALIDAD
Ameyalyt Chávez Cota
Durante esta unidad de la materia
Escuela, Comunidad e Interculturalidad, con el Maestro Frías, hemos visto
diferentes conceptos que, aunque al principio pueden parecer temas separados,
en realidad tienen mucho que ver con lo que vivimos todos los días. Al
reflexionar sobre ellos, me doy cuenta de que la educación no sucede solamente
dentro de un salón de clases, ni depende únicamente de lo que un maestro
enseña. También tiene que ver con la familia, las experiencias de cada persona,
las costumbres de la comunidad, las oportunidades que tenemos y las situaciones
sociales que nos rodean. Como estudiante de quinto semestre de la Licenciatura
en Pedagogía, considero que es importante aprender a mirar más allá de los
libros y las teorías para entender lo que realmente pasa en la vida de los
estudiantes.
Cuando hablamos de la escuela y la
comunidad, pienso que muchas veces separamos ambas cosas como si fueran mundos
diferentes, cuando en realidad están muy relacionadas. Los alumnos no llegan a
la escuela dejando sus problemas, sus preocupaciones o sus experiencias afuera;
llegan con todo lo que viven en casa y en su entorno. Por ejemplo, un estudiante
puede tener dificultades para concentrarse porque está pasando por una
situación familiar complicada, porque tiene responsabilidades en casa o porque
no cuenta con las mismas condiciones para estudiar que sus compañeros. Si un
maestro solamente observa que no entrega tareas o que no participa, puede
pensar que es un alumno irresponsable, pero quizá no conoce todo lo que hay
detrás de esa situación. Esto me hace reflexionar sobre la importancia de
conocer el contexto de los estudiantes antes de juzgarlos, porque muchas veces
lo que vemos en el salón de clases es solamente una pequeña parte de su
realidad.
Por eso considero que los proyectos de
aula pueden ser una buena manera de acercar la escuela a la comunidad. A veces
los contenidos escolares se sienten lejanos de la vida cotidiana, especialmente
cuando los alumnos no encuentran una relación entre lo que aprenden y lo que
sucede a su alrededor. Sin embargo, cuando se trabaja con situaciones reales,
el aprendizaje puede tener otro significado. Por ejemplo, si en una comunidad
existe un problema de basura, falta de agua o pérdida de las tradiciones
locales, los estudiantes pueden investigar sus causas, escuchar las opiniones
de otras personas y pensar en posibles soluciones. De esta manera, no solamente
aprenden los contenidos de una materia, sino que también desarrollan la
capacidad de observar su entorno y comprender que pueden participar en los
cambios que necesita su comunidad.
Algo parecido sucede con el aniversario
de Culiacán, que aparece entre los temas que vimos en clase. Más allá de
recordar una fecha, este tipo de actividades puede servir para preguntarnos qué
conocemos del lugar donde vivimos, qué historias forman parte de nuestra
identidad y cómo han cambiado nuestras comunidades con el paso del tiempo. A
veces conocemos poco sobre la historia de nuestra propia ciudad o damos por
hecho que todas las personas viven las mismas experiencias. Recuperar la
historia y las tradiciones de un lugar puede ayudarnos a reconocer de dónde
venimos y a valorar las experiencias de quienes han formado parte de él.
Considero que la escuela también tiene esa responsabilidad: ayudar a que los
estudiantes comprendan su realidad, no solamente que memoricen información.
Esta relación entre el aula, la escuela
y la comunidad se conecta con el PAEC. Desde mi punto de vista, su importancia
está en recordar que la educación no debería quedarse únicamente en las
actividades que se realizan dentro del salón. Lo que se aprende tendría que
relacionarse con las necesidades y los problemas que existen fuera de él. Si en
una clase se habla sobre el respeto, por ejemplo, no basta con escribir su
definición en el cuaderno; también es necesario reflexionar sobre cómo tratamos
a los demás, qué hacemos cuando alguien es excluido y cómo reaccionamos cuando
presenciamos una injusticia. Esto se relaciona con el aprendizaje situado,
porque los conocimientos adquieren un sentido más cercano cuando podemos
reconocerlos en nuestra vida cotidiana y utilizarlos para comprender lo que
sucede a nuestro alrededor.
También me parece importante
reflexionar sobre el comité de responsabilidad social, porque nos lleva a
pensar en el compromiso que tenemos con las personas que nos rodean. Muchas
veces esperamos que las autoridades, los maestros o alguien más resuelvan los
problemas, pero pocas veces nos preguntamos qué podemos hacer nosotros. La
responsabilidad social comienza con reconocer que nuestras acciones afectan a
los demás, incluso cuando parecen pequeñas. En una escuela, por ejemplo, se
refleja en la manera en que tratamos a un compañero, en si participamos para
mantener limpios los espacios comunes o en si decidimos intervenir cuando
alguien está siendo discriminado. Esto se relaciona con la corresponsabilidad,
porque mejorar la convivencia y las condiciones educativas no depende de una
sola persona. Se necesita la participación de los estudiantes, los docentes,
las familias y la comunidad. No significa que todos tengan las mismas
obligaciones, sino que cada quien puede contribuir desde el lugar que ocupa.
Al hablar de la familia presente o no
presente, considero que es necesario mirar esta situación con sensibilidad.
Generalmente se piensa que un buen estudiante es aquel que tiene a sus padres
pendientes de sus tareas, que asisten a las reuniones y que están al tanto de
todo lo que sucede en la escuela. Aunque el acompañamiento familiar es
importante, no todas las familias tienen las mismas posibilidades. Hay padres y
madres que trabajan durante muchas horas, familias que atraviesan dificultades económicas
o situaciones personales que les impiden estar presentes de la manera en que
quisieran. También hay estudiantes que cuentan con el apoyo de otros familiares
o de personas que cumplen una función importante en sus vidas. Por eso, creo
que no sería justo medir el interés de una familia únicamente por su asistencia
a las reuniones escolares. Desde la Pedagogía, es importante comprender estas
realidades y buscar formas de acercamiento entre la escuela y las familias, sin
convertir las diferencias en motivos de crítica o discriminación.
Esta reflexión se relaciona con Émile
Durkheim, quien consideraba que la educación cumple una función importante en
la sociedad porque ayuda a transmitir normas, valores y formas de convivencia
entre generaciones. Cuando pienso en esta idea, me doy cuenta de que la escuela
no solamente nos enseña matemáticas, historia o español; también nos enseña, de
manera directa o indirecta, cómo relacionarnos con otras personas. Aprendemos a
respetar turnos, a trabajar en equipo, a seguir acuerdos y a convivir con
personas que piensan diferente. Sin embargo, también creo que es importante
preguntarnos qué valores estamos transmitiendo realmente. No tendría mucho
sentido que una escuela hablara sobre el respeto si dentro de ella se permiten
las burlas, el rechazo o el trato injusto hacia algunos estudiantes. Esto me
hace pensar que la educación no solo debe enseñar valores de palabra, sino
procurar que se vivan todos los días mediante las acciones de quienes forman
parte de la comunidad escolar.
En este punto también entra la
diferencia entre la educación formal y la no formal. La educación formal es la
que recibimos en instituciones como las escuelas, donde existen programas,
horarios y objetivos de aprendizaje. La educación no formal puede encontrarse
en talleres, cursos, actividades comunitarias y otros espacios organizados
donde también se adquieren conocimientos. Para mí, lo interesante es reconocer
que las personas aprendemos muchas cosas fuera del salón de clases. Una persona
puede aprender a trabajar en equipo participando en un grupo deportivo,
desarrollar habilidades al colaborar en un negocio familiar o conocer sus
tradiciones escuchando las historias de sus abuelos. Esto no significa que la
escuela pierda importancia, sino que el aprendizaje está presente en diferentes
espacios de nuestra vida. Como futuros pedagogos, reconocerlo nos ayuda a
comprender que cada estudiante llega con conocimientos y experiencias que
también merecen ser valorados.
La cultura y la interculturalidad son
otros temas que considero fundamentales, especialmente porque vivimos en una
sociedad donde no todas las personas tienen las mismas costumbres, creencias,
experiencias o formas de expresarse. La cultura está presente en cosas que a
veces parecen tan comunes que no nos detenemos a pensar en ellas, como la
comida que acostumbramos, las celebraciones familiares, las palabras que
utilizamos o las historias que escuchamos desde pequeños. Todo eso forma parte
de nuestra manera de entender el mundo. Sin embargo, el hecho de que algo sea
normal para nosotros no significa que todas las personas lo vivan de la misma
manera. En la escuela podemos encontrarnos con compañeros que tienen otras
costumbres, que vienen de comunidades distintas o que se expresan de una forma
diferente. La cuestión es cómo reaccionamos ante esas diferencias: si las
respetamos y buscamos conocerlas o si las utilizamos para señalar a quienes no
son como nosotros.
Por eso, considero que la
interculturalidad no consiste solamente en celebrar fechas culturales o
mencionar que existe diversidad. También implica aprender a convivir con las
diferencias y reconocer que ninguna persona debería sentirse menos por su
origen, su manera de hablar o sus costumbres. Por ejemplo, cuando un estudiante
se burla del acento de otro compañero, puede parecer una broma sin importancia,
pero para quien la recibe puede convertirse en una razón para sentir vergüenza
de su forma de hablar o de su lugar de origen. Si estas situaciones se
permiten, la escuela termina reproduciendo prejuicios que también existen en la
sociedad. En cambio, cuando se promueve el diálogo y se da espacio para que
todos compartan sus experiencias, se puede aprender de los demás y comprender
que las diferencias no tienen por qué separarnos. Creo que una educación
intercultural debe ayudarnos a cuestionar nuestros propios prejuicios y a
reconocer que siempre podemos aprender algo de otras personas.
La planeación educativa también se
relaciona con esta forma de entender la educación. Considero que planear una
clase no debería consistir únicamente en elegir actividades para terminar un
tema, sino en pensar quiénes son los estudiantes, qué necesitan y cómo podemos
acercarles los conocimientos de una manera que tenga sentido para ellos. Un
mismo grupo puede tener diferentes ritmos de aprendizaje, intereses y
experiencias. Por eso, el docente necesita tener cierta flexibilidad para
adaptar sus estrategias y evitar que todos sean evaluados o comprendidos
exactamente de la misma manera. Esto no significa dejar de lado los objetivos
educativos, sino buscar distintas formas de que los alumnos puedan alcanzarlos.
En mi opinión, una buena planeación no solo demuestra que el maestro conoce su
materia, sino también que se preocupa por las personas que tiene enfrente.
Algo parecido ocurre con la evaluación.
Muchas veces los estudiantes relacionamos una calificación con nuestra
capacidad o incluso con nuestro valor personal, como si sacar una nota baja
significara que no somos buenos para estudiar. Sin embargo, una calificación no
siempre muestra todo lo que una persona ha aprendido, el esfuerzo que ha
realizado o las dificultades que ha tenido que enfrentar. La evaluación es
necesaria para conocer los avances y las áreas que necesitan mejorar, pero
también debería servir para que el docente reflexione sobre su manera de
enseñar y busque alternativas cuando los alumnos no están comprendiendo. Desde
mi punto de vista, evaluar no tendría que ser solamente señalar errores, sino
ayudar a identificar qué hace falta aprender y cómo se puede mejorar. También
es importante que los estudiantes comprendan que equivocarse forma parte del
aprendizaje y que una dificultad no determina lo que pueden llegar a lograr.
El comportamiento es otro aspecto que
necesita analizarse con cuidado. En ocasiones, cuando un alumno se muestra
distraído, inquieto o poco participativo, se le etiqueta rápidamente como
problemático o desinteresado. Sin embargo, su comportamiento puede estar
relacionado con diferentes factores, como su ambiente familiar, sus relaciones
con los compañeros, la forma en que se siente dentro del grupo o las
experiencias que está viviendo. Esto no significa justificar cualquier
conducta, sino tratar de comprender sus causas para encontrar una manera
adecuada de intervenir. Si un docente solamente castiga sin escuchar o conocer
la situación, quizá logre que el alumno deje de hacer algo por un momento, pero
no necesariamente estará ayudándolo a resolver lo que ocurre. Considero que
educar también implica aprender a escuchar, establecer límites y acompañar a
los estudiantes sin hacerlos sentir que sus dificultades los definen como
personas.
La sociedad y la política también
influyen en la educación, aunque a veces no lo notemos de manera directa. Las
oportunidades que tiene un estudiante pueden depender de factores como los
recursos económicos de su familia, las condiciones de su comunidad, el acceso a
la tecnología o los servicios disponibles en su escuela. No todos los alumnos
cuentan con internet, una computadora o un espacio tranquilo para realizar sus
tareas. Por eso, pedir exactamente lo mismo a todos sin considerar sus
condiciones puede generar situaciones injustas. Esto me hace reflexionar sobre
la importancia de las decisiones políticas y educativas, porque las normas, los
programas y los recursos destinados a las escuelas pueden influir en las
oportunidades de aprendizaje. La educación puede ayudar a mejorar las
condiciones de vida de las personas, pero para lograrlo también es necesario
reconocer las desigualdades que existen y trabajar para reducirlas.
Las tradiciones y el lenguaje también
nos permiten observar cómo se relacionan la escuela, la cultura y la comunidad.
Las tradiciones conservan recuerdos, conocimientos y formas de vida que pasan
de una generación a otra. El lenguaje, por su parte, no solo nos sirve para
comunicarnos, sino que también expresa nuestra historia, nuestra identidad y la
manera en que interpretamos el mundo. Sin embargo, en ocasiones algunas formas
de hablar son consideradas mejores que otras, lo que puede provocar que ciertas
personas sean juzgadas por su acento o por las palabras que utilizan. Creo que
la escuela debe enseñar a los estudiantes a comunicarse en distintos contextos
sin hacerles sentir que tienen que avergonzarse de su origen. Aprender nuevas
formas de expresión puede abrir oportunidades, pero eso no significa que
debamos despreciar la manera en que aprendimos a hablar en nuestra familia o
comunidad.
Todo esto se relaciona con la
diversidad, la participación y la corresponsabilidad. En una comunidad escolar
hay personas con diferentes ideas, capacidades, historias y maneras de
aprender. El reto no consiste en hacer que todos sean iguales, sino en
construir un espacio donde puedan convivir y tener oportunidades para
desarrollarse. Para lograrlo, es importante que los estudiantes participen, que
sus opiniones sean escuchadas y que puedan involucrarse en las actividades que
se realizan en la escuela. La participación pierde su sentido cuando solamente
se pide a los alumnos que obedezcan o repitan lo que dice el maestro; también
es necesario permitirles expresar sus ideas, hacer preguntas y proponer
soluciones. Cuando una persona siente que su voz importa, puede desarrollar un
mayor compromiso con su grupo y con su comunidad.
Por último, el contexto y la SEMS nos
recuerdan que la educación también forma parte de una organización más amplia.
La SEMS, o Subsecretaría de Educación Media Superior, está relacionada con la
coordinación y el desarrollo de políticas de este nivel educativo. Sin embargo,
más allá de las instituciones y los programas, considero que es importante
preguntarnos cómo se reflejan las decisiones educativas en la vida de los
estudiantes. Los planes pueden establecer objetivos y las escuelas pueden
organizar sus actividades, pero las experiencias educativas siempre ocurren en
contextos concretos, con personas que tienen necesidades distintas. Por eso,
cualquier propuesta educativa necesita considerar la realidad en la que se
aplica. No es lo mismo pensar la educación desde un documento que vivirla
diariamente en una escuela donde existen dificultades, diferencias y
necesidades particulares. Reconocer esta relación nos ayuda a comprender que
las políticas educativas son importantes, pero también lo es la manera en que
se llevan a la práctica y responden a las personas.
Después
de ver todos estos temas, me doy cuenta de que la escuela es mucho más que un
lugar al que los alumnos van a estudiar. Cada estudiante llega con una historia
diferente, con una familia, costumbres, experiencias y formas de pensar que
influyen en su manera de aprender y convivir con los demás. A veces podemos
pensar que todos los alumnos aprenden de la misma forma, pero en realidad cada
uno vive situaciones distintas y eso también forma parte de su educación.
Como estudiante de Pedagogía, estos
temas me hacen reflexionar sobre la importancia de entender a los alumnos antes
de juzgarlos, porque muchas veces no sabemos qué hay detrás de su
comportamiento o de las dificultades que pueden tener en la escuela. También me
hacen pensar que la educación no es responsabilidad únicamente de los maestros,
sino que la familia, la comunidad y la sociedad tienen mucho que ver en ella.
Considero que una buena escuela no es solamente la que enseña más contenidos,
sino también la que escucha, comprende y toma en cuenta a las personas que
forman parte de ella.
En lo personal, creo que aprender sobre la escuela, la comunidad y la interculturalidad me ayuda a ver la educación desde otra perspectiva. Me hace entender que, como futuro pedagogo, no basta con saber cómo enseñar, sino que también es importante aprender a escuchar, respetar las diferencias y comprender las realidades de los demás. Al final, todos tenemos algo que aprender de otras personas, y creo que ahí está una de las cosas más valiosas de la educación: no solamente adquirir conocimientos, sino también aprender a convivir, a ser más conscientes de nuestro entorno y a contribuir, aunque sea con pequeñas acciones, a que nuestra sociedad sea un lugar mejor.

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