“Hay una costumbre extraña en los hombres: cuando la vida se vuelve insoportable, levantan los ojos al cielo"
Deus Ex Machina
—Celso
Gilberto Guzmán Félix
Hay una costumbre extraña en los hombres:
cuando la vida se vuelve insoportable, levantan los ojos al cielo.
Esperan.
Esperan una señal, una respuesta, un milagro.
Esperan que alguna voluntad superior descienda sobre ellos y coloque cada cosa
en su sitio, como si el universo hubiese sido escrito por alguien y nosotros
solo hubiéramos llegado tarde a leerlo.
Quieren creer que existe un propósito
escondido.
Que el sufrimiento tiene una razón.
Que las pérdidas forman parte de un plan.
Que, al final de la historia, aparecerá
alguien desde fuera del escenario y resolverá aquello que nosotros fuimos
demasiado débiles, demasiado cobardes o demasiado humanos para resolver.
Deus ex machina.
El dios que aparece cuando el autor ya no
sabe cómo terminar la historia.
Qué hermosa mentira.
Y qué terrible necesidad la nuestra de
creerla.
Porque si existe un dios que viene a
salvarnos, entonces podemos descansar. Podemos entregar nuestras decisiones a
sus manos. Podemos decir que no fuimos nosotros, que así debía ocurrir, que el
destino lo quiso, que las circunstancias nos obligaron.
Qué alivio.
La libertad, en cambio, no ofrece alivio.
La libertad exige.
Exige que miremos nuestras propias manos y
reconozcamos que algunas de las ruinas que contemplamos fueron construidas por
nosotros.
Exige comprender que no siempre existe una
respuesta esperando ser descubierta.
A veces no hay respuesta.
A veces solamente estamos nosotros frente a
una posibilidad.
Y debemos elegir.
Ahí comienza la angustia.
No cuando descubrimos que somos libres, sino
cuando comprendemos que no podemos dejar de serlo.
Incluso no elegir es elegir.
Callar es elegir.
Obedecer es elegir.
Permanecer donde estamos también es una
decisión.
El hombre quisiera escapar de esta
responsabilidad inventando destinos, dioses, naturalezas inmutables y verdades
eternas que le digan qué debe hacer.
Pero, ¿qué queda de nosotros cuando todo lo
que somos puede explicarse por algo que ocurrió antes?
¿Dónde termina la causa y comienza nuestra
voluntad?
Quizá ahí reside nuestra tragedia: queremos
ser libres, pero también queremos tener una excusa.
Queremos ser autores de nuestra vida siempre
que el final sea hermoso.
Cuando el final duele, buscamos un culpable.
Cuando triunfamos, hablamos de voluntad.
Cuando fracasamos, hablamos de destino.
Qué curiosa moral la del hombre: se atribuye
los méritos y entrega las culpas al universo.
Pero quizá el universo no tenga ninguna
opinión sobre nosotros.
Quizá las estrellas no estén ahí para
guiarnos.
Quizá el dolor no tenga una lección.
Quizá la vida no nos deba un significado.
Y esta idea, que para algunos parece una
condena, puede ser también la primera forma de libertad.
Porque si el sentido no está escrito,
entonces puede ser creado.
Si no existe una esencia que nos determine,
entonces todavía podemos decidir qué hacer con nuestra existencia.
No nacemos siendo aquello que seremos.
Nos vamos haciendo.
Cada acto deja una marca.
Cada decisión nos acerca a una posibilidad y
destruye otras.
No podemos volver atrás para elegir de nuevo
sin dejar de ser quienes somos.
Por eso vivir es también perder.
Cada vez que elegimos una vida, abandonamos
las vidas que pudieron haber sido.
Y quizá sea por eso que algunos hombres pasan
toda su existencia sin decidirse.
Prefieren conservar todas sus posibilidades
antes que arriesgarse a convertirse en alguien concreto.
Pero conservarlo todo es también convertirse
en nada.
Hay que elegir.
Hay que comprometerse.
Hay que decir:
esto soy.
Aunque mañana descubramos que estábamos
equivocados.
Especialmente entonces.
Porque quizá el hombre verdaderamente libre
no sea aquel que nunca se equivoca, sino aquel que puede mirar sus errores sin
convertirlos en cadenas.
No necesitamos un dios que venga desde fuera
a otorgarnos una identidad.
Necesitamos el valor suficiente para
construirla.
No necesitamos que alguien nos diga qué
debemos amar.
Necesitamos atrevernos a amar algo y aceptar
las consecuencias.
No necesitamos una finalidad universal para
justificar nuestra existencia.
Necesitamos vivir de tal manera que nuestra
existencia no necesite una justificación externa.
Y aquí aparece la paradoja.
El hombre que buscaba a Dios para escapar de
sí mismo termina descubriendo que lo que esperaba de Dios era precisamente
aquello que él mismo debía hacer.
Crear.
Elegir.
Dar forma.
Decidir.
Responder por lo elegido.
Tal vez eso sea lo más parecido a convertirse
en dios.
No dominar el universo.
No ser eterno.
No recibir adoración.
Sino aceptar la terrible responsabilidad de
crear significado donde no había ninguno.
El dios que esperábamos encontrar afuera quizá
nunca estuvo allí.
Quizá era una posibilidad dentro de nosotros.
Pero una posibilidad no sirve de nada si
permanece dormida.
Por eso no habrá una voz descendiendo del
cielo.
No habrá una mano invisible que arregle
nuestras contradicciones.
No habrá un último capítulo donde alguien
aparezca para explicarnos por qué sufrimos.
La historia continúa.
Y el escritor eres tú.
Esa es la parte que nadie quiere escuchar.
Porque significa que tampoco puedes culpar al
autor.
No hay autor.
No hay guion que te absuelva.
No hay destino al que puedas entregar
completamente tus decisiones.
Hay una existencia.
Hay circunstancias.
Hay otros hombres.
Hay muerte.
Y, entre todo ello, hay una cosa que todavía
te pertenece:
lo que decides hacer con aquello que te ha
sido dado.
Quizá por eso el verdadero Deus Ex
Machina no sea el dios que desciende para salvar al protagonista.
Quizá sea el momento en que el protagonista
comprende que nadie vendrá.
Mira entonces hacia el cielo.
Espera unos segundos.
No ocurre nada.
Y por primera vez no se siente abandonado.
Sonríe.
Porque finalmente comprende que no estaba
esperando un dios.
Estaba esperando permiso.
Y ya no lo necesita.

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