“Había algo más: una familiaridad con el lenguaje que sólo parece alcanzarse después de convivir durante mucho tiempo con él"
La
palabra encarnada: una clase frente a la poesía
—Celso Gilberto Guzmán Félix
Hay clases en las que uno asiste para
aprender algo y otras en las que, sin esperarlo, termina cuestionándose a sí
mismo. El Taller de Redacción fue una de estas últimas. No todos los días se
tiene frente a uno a alguien capaz de convertir un poema en algo más que una
sucesión de versos; alguien que no necesita consultar las páginas para recordar
sus palabras, porque parece haber encontrado la manera de alojarlas en algún rincón
profundo de su existencia.
Verlo declamar un poema de memoria fue
contemplar una forma distinta del conocimiento. No se trataba únicamente de
recordar palabras, respetar pausas o pronunciar cada verso con claridad. Había
algo más: una familiaridad con el lenguaje que solo parece alcanzarse después
de convivir durante mucho tiempo con él. Cada frase encontraba su lugar, cada
silencio tenía un propósito y cada palabra parecía haber sido elegida no solo
por su significado, sino también por la huella que dejaba al pronunciarse.
Aquello me hizo pensar en la
diferencia entre conocer algo y hacerlo verdaderamente nuestro. Podemos leer un
poema, subrayar sus metáforas, memorizar sus versos e incluso explicar lo que
quiso decir su autor. Pero existe una distancia considerable entre comprender
una obra y ser capaz de habitarla. Él parecía haber cruzado esa distancia. No
recitaba simplemente un texto: lo devolvía al mundo, lo hacía existir de nuevo
frente a quienes lo escuchábamos.
Y quizá allí se encuentre una de las
mayores virtudes de la lectura. No consiste solamente en acumular
conocimientos, sino en permitir que aquello que conocemos transforme nuestra
manera de mirar. Un libro puede permanecer cerrado durante años, pero basta una
voz que lo pronuncie con verdadera convicción para recordarnos que sus páginas
nunca estuvieron del todo quietas.
El ser humano no está condenado a
permanecer siendo lo que ha sido. Se construye a través de sus elecciones, de
sus actos y de aquello que decide hacer con las circunstancias que le han
tocado. Él no nació necesariamente con todos aquellos versos dentro de sí; tuvo
que elegir leer, recordar, practicar, comprender y volver una y otra vez sobre
las palabras. Su conocimiento era, en cierta medida, el resultado de una
libertad ejercida con disciplina.
Quizá por eso su presencia tenía algo
de revelación. No porque estuviera por encima de quienes lo escuchábamos, sino
porque mostraba hasta dónde puede llegar una persona cuando decide entregarse a
aquello que ama. Había en su manera de declamar una suerte de oficio cultivado
durante años: la paciencia de quien ha conversado tantas veces con las palabras
que ya no necesita perseguirlas. Y aunque la poesía suele asociarse con la
inspiración, aquel momento recordaba que también existe una labor silenciosa
detrás de cada verso que parece surgir sin esfuerzo.
Esto me llevó a pensar en nosotros,
los estudiantes, y en la manera en que a veces nos relacionamos con el
aprendizaje. Con frecuencia buscamos terminar una actividad, cumplir con una lectura
o reunir información suficiente para responder un examen. Aprendemos para
demostrar que sabemos, pero pocas veces nos preguntamos qué hacemos con aquello
que hemos aprendido. ¿De qué sirve conocer las palabras si nunca nos detenemos
a escuchar lo que pueden despertar en nosotros? ¿De qué sirve leer tantos
libros si ninguno consigue modificar, aunque sea ligeramente, nuestra manera de
comprender la existencia?
Por supuesto, no todos estamos
llamados a convertirnos en poetas ni necesitamos memorizar poemas enteros para
demostrar que hemos aprendido. Sin embargo, aquella experiencia permitió
reconocer que existe una diferencia entre pasar por el conocimiento y permitir
que el conocimiento pase por nosotros. Lo primero puede cumplirse por
obligación; lo segundo exige tiempo, voluntad y una disposición genuina para
dejarnos afectar por aquello que descubrimos.
También comprendí que la memoria,
lejos de ser una simple herramienta para almacenar información, puede
convertirse en un espacio donde las ideas adquieren permanencia. En una época
en la que podemos encontrar casi cualquier texto en cuestión de segundos,
escuchar a alguien declamarlo sin recurrir a una página nos recuerda el valor
de la apropiación intelectual. La tecnología puede ofrecernos las palabras,
pero somos nosotros quienes debemos decidir qué lugar ocuparán en nuestra vida.
Al terminar la clase, la poesía ya no
me parecía solamente un género literario que se estudia en los libros. Se había
convertido en una muestra de lo que una persona puede construir mediante su
relación constante con el lenguaje. Él demostraba que las palabras, cuando se
trabajan y se comprenden, dejan de ser elementos ajenos y comienzan a formar
parte de nuestra manera de pensar, sentir y expresarnos.
Quizá esa sea una de las lecciones más
importantes que puede ofrecernos un Taller de Redacción: no basta con abrir un
libro; también hay que estar dispuestos a abrirnos nosotros mismos. Porque leer
es encontrarse con otras conciencias, con experiencias que no nos pertenecen y
con preguntas que, sin embargo, terminan siendo nuestras.
Tal vez aprender consista precisamente
en eso: dejar de mirar el conocimiento como una obligación que debemos cumplir
y comenzar a reconocerlo como una posibilidad de convertirnos en alguien
distinto. No necesariamente alguien mejor ante los ojos de los demás, sino
alguien capaz de comprender un poco más el mundo y de cuestionar, con mayor
honestidad, el lugar que ocupa en él. Al fin y al cabo, no elegimos todas las
circunstancias que nos rodean, pero sí podemos decidir qué hacer con aquello
que llega a nuestras manos; incluso con un libro, un verso o una palabra que,
sin saberlo, termina cambiándonos.
Aquel día, un hombre declamó un poema
de memoria. Nosotros escuchamos. Pero entre sus versos quedó una pregunta que
no figuraba en ningún libro de texto: ¿cuántas de las cosas que decimos
conocer han llegado, verdaderamente, a formar parte de nosotros?
Quizá la respuesta no se encuentre en
la cantidad de libros que hemos leído, sino en las palabras que todavía nos
acompañan cuando cerramos sus páginas. En esa voz que permanece después del
silencio, en el verso que vuelve a nuestra memoria cuando la vida nos obliga a
detenernos. Porque hay quienes leen poesía y quienes consiguen llevarla consigo
hasta convertirla en una forma de estar en el mundo.
Y en aquella clase, entre versos
pronunciados sin necesidad de papel y silencios que parecían guardar su propio
significado, conocimos a alguien que ha hecho de la palabra una presencia viva,
de la memoria un escenario y de la calle una posible fuente de poesía.
Gustavo Adolfo
Ochoa Sánchez: El Poeta urbano de Culiacán.

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