“El viaje por la memoria llega a su fin. Ahora que ya casi me voy, la cantina se despide de mí con El novillo despuntado que del corral se salió"
Confidencias
en Las Palmas
María
Madrid Zazueta
Yo quería
ir a Los Arcos, por allá por la Xicoténcatl, por el rumbo de Las Quintas; pero
una sensación extraña me llevó a Las Palmas. Allá me fui, sin saber qué me iba
a encontrar.
Puesto
que la parte de la palapa estaba cerrada, me asomé por la ventana y en primer
plano, aquí a lo corto, estaba nada más y nada menos que Tere Guerra. Yo me
dije: «¡Ah caray, pues aquí debe ser de gente pudiente!». Pero ya entrando,
sentí el verdadero sabor de cantina: el olor a viejas sillas, las mesas
escasamente llenas con unos platillos repletos de ricos mariscos y en otras de
cortes de carne. Mi atención se centró en especial en los hielos chocando
contra los vasos y botellas de cristal de diferentes marcas; de inmediato sentí
ese aire de confidencias que solo se respira por estos rincones de Culiacán, mi
bella ciudad.
Justo en
ese momento se despedía la Diputada, dejando tras de sí un halo de formalidad
que se desvaneció en cuanto cruzó la puerta. Yo quería esa mesa de la ventana.
Su mesa. Y esa me dieron. Fue en ese aire donde capté los primeros acordes de
las guitarras. ¡Cómo me acordé de mi padre y de todos mis tíos!
Me
acomodé en la silla de madera y le pedí al mesero que me abriera toda la
ventana. Quería sentir el ‘chipi-chipi’ de estas épocas del año, esa llovizna
ligera que en Culiacán no enfría el cuerpo, pero sí hace deambular la memoria.
Las primeras gotas salpicaban el cemento de la banqueta; otras estallaban en el
vidrio. El mesero dejó dos vasos con whisky a un par de caballeros que ya
llevaban algunas Coronas claras en la mesa contigua, una estampa que de
inmediato me despertó las ganas de una Bohemia oscura. Me quedé pensando en el
lugar vacío que acababa de dejar la política, y en que ahora estaba yo en su lugar.
¡Ah, qué recanijas son las vueltas de la vida! También pensaba en cómo los
hilos invisibles de la tarde me habían arrastrado hasta ahí, contemplando la
lluvia mientras el mesero se venía acercando.
Pedí una Bohemia oscura. El
mesero me vio y me preguntó:
—¿Le traigo un tarro?
—Con mucho gusto, le agradezco hasta dos —le respondí.
Al sentir
el contenido del vaso, me vino de golpe el tiempo de cuando me tocaba acompañar
a mi madre a la cantina a buscar a mi padre. Aquel lugar estaba a escasas tres
cuadras, justo en la conocida carretera a Sanalona, por los rumbos de la
Hidalgo, donde ahora se levanta una clínica de salud. ¡Qué contradicciones nos
regala la vida! Donde primero se consagraban los tomadores como mi padre, hoy
es donde la gente va a curarse. Menos mi padre, que hace más de dos décadas que
murió.
En otro
tiempo, cuando ya fui mayor, mi padre me invitó a «pistear». Escuchamos los dos
solos la melancólica canción de La tumba de Villa, y yo casi creía ver a
esas avecillas que iban a llorar sobre la tumba abandonada del General, sin un
clavel, sin flor ninguna, bajo el cielo de Parral, allá en Chihuahua.
Ese mismo
Parral fue donde mi tío Luis encontró el amor en la tía Mimí. Y allá también
fue mi tío Felipe Ángel a despejar la cabeza. Él llevaba ese nombre en honor al
Jefe de Artillería de los Dorados de Villa con su División del Norte, en la que
mi abuelo Antonio Madrid participó. Mi tío se fue dejando tres hijas aquí, pero
volvió dispuesto a poblar Culiacán: trajo al mundo doce hijos más, hombres y
mujeres revueltos, con la ayuda de mi tía Cleofitas. Quince en total.
Mientras
le daba un trago a la cerveza, recordé que ya estuve en la tierra y en el museo
de mi General, allá en Durango donde él nació.
Y mi Durango, el del Valle de Topia, tierra donde nacieron y se criaron
mis abuelos paternos. También recordé las pláticas de mi padre, cuando me
contaba aquellas anécdotas que mi abuelo le transmitió sobre Villa. Como esa de
cuando el General se sentó de pura broma en la silla presidencial junto a
Zapata, o lo mucho que le gustaba saborear las malteadas de fresa. A diferencia
de los de la «bola», Villa era abstemio. Por eso, para mí, tiene tanto sentido
la letra de esa canción que se acaba de terminar en la cantina.
Ya
escuché pasar a Las palomas que andan volando, en voz de Las Dos
Rosas; ellas, a dos guitarras, siguen ahora con la Zenaida ingrata.
En eso el mesero me trae un tarro más, y que le suelto un billetón de
quinientos para que me las dejara puestas en el YouTube. Ya estoy en ese estado
etílico en el que bien podría decir: «borrachita estoy», aquí en Las Palmas.
Tomo con
la mano izquierda la cuchara para agarrar un pedazo de pescado zarandeado; lo
hago así, con la izquierda, para que trabaje el otro hemisferio del cerebro,
como me decía la psicóloga del psiquiátrico en esa aventura que jamás quisiera
repetir. Y es que también es toda una aventura haber llegado hasta aquí. Como
todas las cosas que salen de improviso, este momento es el puro resultado de
dudar a dónde ir a comer en un lugar que no conozco.
Me entran
unas ganas tremendas de llorar con la voz de las dos guitarras tocando La
canción del albañil, porque ahí viene ya El carbonero, la canción
que retrata el que fue, por mucho tiempo, el trabajo de mi apá. Con esos
acordes vuelvo a sentir quién fue mi padre y el profundo amor que le tuvo a mi
abuela María. Y recordando el carbón, se me viene a la mente la pizca de
algodón —el famoso oro blanco—, a la que solían irse tantos hombres de pueblos
como Alcoyonqui, Sanalona y Carboneras. Viajaban a trabajar allá más arriba, en
las que fueron o todavía son las tierras de los Saracho, ahí pegado a su rancho
El Toro.
El viaje
por la memoria llega a su fin. Ahora que ya casi me voy, la cantina se despide
de mí con El novillo despuntado que del corral se salió. Son Los
García de Parral que, a puro pulso de guitarra, tololoche, acordeón y
saxofón, le ponen música a mi retirada. Qué cosa con Culiacán: entré aquí
buscando comida en un rumbo desconocido y termino yéndome con el pecho lleno de
mis abuelos, los revolucionarios, los campos de algodón y el recuerdo vivo de
mi apá. Y justo antes de disponerme a salir, Los García hacen sonar El
hijo desobediente, canción que me hace repasar cuando en una etapa me
rebelé en contra de mi amado padre. Le doy el último trago a mi Bohemia,
dejando que la música se mezcle con el 'chipi-chipi' que sigue cayendo allá
afuera, dándole un cierre perfecto a esta tarde de cervezas, pescado y
recuerdos que ni yo misma esperaba encontrar.

Comentarios
Una pequeña joya literaria.
¡Gracias, Gracias, Gracias!
Cuando pasa eso, puede ser muy bonito o a su vez traumático, revivir cosas pasadas a través del tiempo. Los recuerdos siempre están latentes...
Mucho gusto leerte, como siempre
Te mando un gran abrazo y un enorme saludos!!!
Saludos.