“Deseo tanto volverla a ver, pasé tres meses con ella, pero ni siquiera sé pronunciar correctamente su nombre. ¡Qué patético soy!"
Tsumugi Motoyoshi
Marité Ibarra
Moto, Moto, Moto… así era conocida, como la maestra
Moto. ¿Su nombre? Para qué decirlo; era tan
difícil de pronunciar que mejor lo omito. Además, podrían ubicarla fácilmente.
Bueno la verdad es que no lo creo…
Ella llegó a la escuela primaria de mi hijo para
cubrir una licencia por gravidez, a sexto grado (así le dicen cuando una
maestra está a punto de parir y llega otra en su lugar). Mi único hijo pronto
saldría de aquella escuela para irse a secundaria. Al llegar, la maestra Moto
pronto convocó a una reunión de padres para tratar lo relacionado a la clausura
y graduación. Yo, al ser padre soltero, asistí obviamente. Me interesaban esos
temas a tratar y, además, quería conocer y presentarme con la nueva maestra de
mi hijo.
Y así ocurrió. La directora nos presentó a la maestra
interina: esa mujer de ojos rasgados, pequeña de estatura, delgadita y
amarillenta como la leche bronca. Después de que la directora nos dejara solos
con ella, la nueva maestra escribió su extraño nombre en el pizarrón, pero nos
dijo que solo la llamáramos maestra Moto. Nos comentó que era hija de padre
japonés y madre mexicana. Extraña mezcla, pensé, pero desde un inicio ella se
me hizo llamativa, quizá por ser diferente, sólo eso.
La maestra pasó lista y ubicó a cada padre o madre de
familia con su respectivo hijo (a). Sin embargo, se me hizo extraño sentir sus
miradas tan invasivas. De pronto me sentí intimidado, aunque me convencí de que
sólo eran figuraciones mías.
Nos explicó todo lo que tenía pensado para la
graduación de los niños; de las cooperaciones, de las fotografías, del probable
viaje de excursión y otras cosas por el estilo. Las demás madres de familia,
que, por cierto, ya nos conocíamos desde siempre, estuvimos de acuerdo.
Decidimos trabajar en conjunto con la maestra mientras ella estuviera presente.
A esa mujer se le veía la chispa, el carisma y, aunque
era pequeña, tenía carácter. Se imponía fácilmente sin que nos diéramos cuenta.
Así pasaron los días, sin ninguna novedad, hasta que, de
repente, en el grupo de WhatsApp del salón de mi hijo, la maestra Moto solicitó
ayuda para arreglar la chapa de la puerta que se había dañado. Yo, como único
cerrajero del pueblo, con mi negocio en mi propia casa y, además, viviendo
detrás de la escuela, no tuve más remedio que ofrecerme.
Ese día llegué a la hora de salida, cuando los niños y
madres se estaban retirando con sus hijos. Pronto me quedé solo con la maestra
Moto en el salón. Revisé la chapa y descubrí que tenía que reemplazarla
completamente. Eso llevaría su tiempo; ir a comprarla, quitar la vieja y
colocar la nueva. Le dije a la maestra que mejor iría el fin de semana.
Mientras tanto, compraría el repuesto. Era jueves, así que no tendría que
esperar mucho.
Ella agradeció con una sonrisa centellante y
cautivadora. He de confesar que me sentía nervioso con su presencia. Me
intimidaba con facilidad y me hacía sudar visiblemente. Sin darme cuenta,
comenzó a cuestionarme sobre mi vida personal y terminé contándole toda mi
historia en unos cuántos minutos.
Moto no es que fuera muy bonita, en realidad. Sin
embargo, era interesante; al menos para mí lo era. Y ella percibía que yo me
ponía nervioso con su presencia.
En esa ocasión me dijo que me había visto afuera de mi
casa y que supo que era cerrajero, pero no sabía que era padre de familia de
uno de los alumnos de su grupo. Ahí me di cuenta, o supuse, que yo le había
llamado la atención. La conversación siguió su curso. Obtuvo mucha información
sobre mí en muy poco tiempo. Eso tenía ella; sabía cómo introducirse y dominaba
con facilidad cualquier tipo de conversaciones.
Quedamos que el fin de semana arreglaría la chapa de
su puerta y que ella iría exclusivamente a abrir la escuela para que yo pudiera
trabajar. Y así sucedió.
Yo no había dejado de pensar en la maestra Moto. No sé
por qué, pero sentía una rara sensación dentro de mí, una mezcla de emoción y
nerviosismo. Comencé a pensar que quizá yo tampoco le era indiferente a esa
japonesa.
El sábado me arreglé un poco más para ir a la escuela.
Mi papá se dio cuenta de eso y solo sonrió. Mi hijo se la llevaba jugando en el
celular, así que no le dio importancia. Tres hombres viviendo en la misma casa,
ya nos conocíamos muy bien.
Llegué a la escuela y esperé a Moto diez minutos. Ella
llegó apresurada y disculpándose. Venía recién bañada y olorosa a mujer. Cuando
la vi, me puse más nervioso de lo normal. Por más que quería disimularlo, no
podía.
Decidí concentrarme solamente en el trabajo, pero se
me hacía muy difícil porque Moto se me acercaba, se me repegaba, se agachaba
cerca de mí dizque tratando de ayudarme, pero sólo me distraía muchísimo. Llegó
el momento en que empecé a sonrojarme y a sentirme muy incómodo con su
presencia, pues interpreté aquellos acercamientos como señales de coqueteo
descarado. Y yo sin poder responder a sus encantos femeninos. ¡Cómo podría
hacerlo, si era la maestra de mi querido y único hijo! No. Eso no estaba bien
de mi parte.
Como pude, logré arreglar la chapa. La probamos más de
una vez y ella quedó muy complacida con el trabajo. Me preguntó cuánto era por
la reparación. Yo le dije que nada, que si era para la mejora de la escuela no
cobraba esos trabajos. Ella se sintió muy conmovida y dijo que estaba en deuda
conmigo.
Cuando terminé, le dije que me retiraba, pero ella me
dijo que la esperara. Le daba miedo quedarse sola en la escuela y quería que le
hiciera compañía. Así que me quedé dos horas platicando con la maestra. No
sentí el tiempo, pues ya me sentía más relajado, después de que dejara de
moverse tanto cerca de mí.
Así transcurrió la mañana y salimos siendo amigos.
Ella también me contó historias de sus antiguos trabajos y de cómo había
llegado hasta aquí. Yo sólo la escuché pacientemente. De hecho, me agradó mucho
haber conversado con ella en ese momento.
Después de ese incidente seguimos conversando por
mensajes. Todos los días nos comunicábamos. Al principio era lo básico; los
buenos días y mensajes de cordialidad. Luego las conversaciones se hicieron más
personales, más íntimas. Me sentía emocionado con la maestra Moto. Después de
tanto tiempo sin tener una ilusión como esa, yo estaba radiante.
Mi padre sabía lo que pasaba. Solo me decía que
tuviera precaución, pues las maestras suelen dejar corazones rotos
irreparables. Yo lo entendía, pero mis sentimientos hacia ella pronto ya eran
incontrolables.
Todos los días dejaba y recogía a mi hijo, solo para
verla. Nuestras miradas se conectaban de inmediato e intercambiábamos mensajes
de amor sublime, un lenguaje propio de dos enamorados. Estábamos tan cerca del
punto de ebullición, que sentía que iba a explotar. Ella ya me atraía demasiado
¡era una locura! Aquella maestra se había metido bien dentro de mí.
La tensión entre ambos ya era cuestión de tiempo, así
que tomé la iniciativa. Había llegado el momento…
Un día, cuando mi papá fue a sus citas médicas,
preparé todo para invitar a Moto a desayunar durante la hora de recreo. Quería
aprovechar esos minutos para estar juntos sin complicaciones. Le escribí y la
invité. Me dijo que trataría de ir, buscaría la manera de vernos. La ubicación
de mi casa favorecía las cosas, ya que había una puerta trasera que daba a la
calle que ella debía cruzar y, ¡listo! Solo eran unos cuántos pasos para
llegar. Y así fue. Ella llegó siete minutos después de iniciada la hora de recreo,
porque conseguir las llaves del portón trasero no había sido tan fácil.
Le ofrecí apresuradamente el desayuno que había
preparado, pero ella me dijo que ya había desayunado. Entonces comprendí que
aquella visita tenía otro propósito, los dos lo sabíamos, y así sin ningún
filtro, me dijo que aprovecháramos el tiempo de la mejor manera. Yo entendí de
inmediato su mensaje.
Lo que ocurrió después cambió
nuestra relación para siempre. Nos dejamos llevar por la atracción que había
ido creciendo entre nosotros y compartimos un momento íntimo que ninguno de los
dos olvidaría.
Sin pensarlo, la tomé de la
cintura y la besé por primera vez. Ella respondió agarrándome la nuca y
deslizando sus manos ávidas sobre mi cuerpo, de inmediato me quitó la camisa.
En el sexo cada quien hace lo que le apetece y nosotros hicimos lo que nos
apeteció sin reparo alguno. Estábamos escribiendo nuestra propia novela, entre
la desnudez de dos cuerpos ansiosos por conocerse.
Fue una experiencia totalmente
distinta. Había incursionado a un terreno completamente desconocido para mí.
Quedé paralizado de amor. Los interludios pasionales estaban llenos de
sentimientos reales y carnales. Moto era una mujer única y auténtica en el
amor, y como hombre yo tenía que estar a la altura.
Pasaron los minutos. Estábamos cambiándonos cuando
escuchamos el timbre de la hora de entrada, el recreo había terminado. Tuvimos
que despedirnos apresuradamente, no sin antes darnos un gran beso, como si
nunca hubiéramos besado a nadie. Era momento de exploración principiante.
Así comenzó nuestro romance. Un romance que se
consumaba durante la hora de recreo de cada día. Se convirtió en una rutina
erótica con Moto. Sabía que era amor de temporada, de unas cuantas semanas más,
pero, ¿quién no desarrolla sentimientos por alguien a quien besa y se entrega
en lo más noble y tierno de la desnudez y el amor?
El amor es un arte, un lenguaje, un intercambio de
fluidos y sentimientos. Fueron las mañanas más bellas en la existencia de un
hombre solitario y abandonado como yo.
Así comencé a amar a Moto, aun cuando no debería.
Nuestra relación no tenía bases sólidas, sólo éramos dos cuerpos que se
entrelazaban de 10:30 a 11:00 am. Cosas chuscas sucedían, experimentábamos de
todo a la vez. En realidad, yo era la paloma y Moto era el gavilán, tal como
dice la canción. Ella me enseñó mucho sobre el amor y sus diferentes facetas.
En aquel cuarto se impregnó su aroma y su perfume; su
esencia de mujer japonesa quedó atrapada en las cortinas. Cada objeto me
recuerda a ella y a nuestros encuentros matinales. La lámpara capturó esos
momentos de máximo esplendor y las sábanas eran partícipes del éxtasis que
emanaba en ese lapso de tiempo, bajo el sonido de la radio de mi padre, que
sabía perfectamente lo que ocurría. El viejo se encerraba en su cuarto a la
hora en que llegaba Moto y subía el volumen de su vieja bocina. Ese señor que
repetidamente me decía que me alejara de la maestra. Sabía que iba a salir
lastimado. Y ¡cuánta razón tenía!
Yo sabía que, tarde o
temprano, Moto se iría. Ella misma decía que tenía demasiados secretos, que era
ave de paso, que todo era una simulación, que tenía mucho que hacer. Me contó
que viajaba muy seguido a Japón con su padre, que él tenía un negocio y tratos
bien establecidos por allá. Era un japonés respetado, pero, según ella, también
era necesario permanecer en México por diversas cosas que yo desconozco. México
era un refugio para la familia. También era hija única y tenía grandes
responsabilidades familiares impuestas por su padre. Había algo en la manera en
que hablaba de él que nunca terminé de comprender.
Moto tenía un tatuaje que le
abarcaba toda la espalda. Un tatuaje con flores, dragones y guerreros. Cuando
le pregunté sobre su significado, ella me dijo que eran símbolos referentes a
la naturaleza y a la mitología nipona. Después agregó algo que llamó
especialmente mi atención. Dijo que pertenecía a la cultura yakuza, símbolo de
lealtad, fuerza y capacidad para superar adversidades.
—¿Yakuza?
—le pregunté—. ¿Qué es eso?
Ella se quedó callada mientras se vestía. No respondió
mi pregunta y se marchó.
Pero yo me quedé con la duda, así que me puse a
investigar y me di cuenta de que Moto hablaba de una mafia, de la mafia
japonesa. ¿Acaso Moto pertenecía a esa organización delictiva? No lo sabía. Ella
era todo un misterio vestida de maestra, me surgieron muchas preguntas.
Quería saber más de
ella, pero también comenzaba a comprender que quizá yo solo era su pasatiempo
de las mañanas. Aunque, a veces, su mirada era tierna y pacífica. Por momentos
creía que simplemente era una maestra común y que a lo mejor comenzaba a sentir
algo por mí.
No obstante, Moto
no era nada común en esta vida. Era ágil, con grandes reflejos y parecía estar
siempre alerta. Era una mujer experimentada, transitada por las calles de la
vida; un remolino con ojos rasgados pero profundos. Una mujer de la que yo
apenas conocía una pequeña parte. ¿Con quién me había metido en realidad?
¿Quién me hacía feliz en esos momentos de recreo? ¿Una yakuza disfrazada de
maestra?
Pronto el tiempo transcurrió y la graduación de mi
hijo llegó. El evento realmente fue hermoso, un momento especial y emotivo.
Todo tenía cierto tinte japonés, algo de Moto. Las madres de familia estaban
muy felices y agradecidas por lo que ella había hecho. También fuimos a la
excursión a las montañas. Fue muy interesante y creativo lo que había preparado
para los niños. Hubo sorpresas inolvidables.
Al regresar del viaje, llegó la despedida. Dijo que
pronto viajaría a Japón y que probablemente se quedaría allá un tiempo
prolongado. Eso me rompió el corazón. Creía estar preparado para su partida,
listo para el final de nuestra relación, pero me di cuenta de que no lo estaba.
Sentí una grieta en mi corazón, el cual ya amaba a
Moto en silencio. Yo también me despedí y le agradecí, como lo haría cualquier
padre con la maestra de su hijo, que lo cuidó durante tres meses. De esa forma,
cada quien tomó su camino. Ese día ella cerró ciclos y cumplió compromisos.
Concluyó sus pendientes y se fue...
Yo quería saber de ella. No quería perder contacto,
pero inmediatamente cambió de teléfono. No sabía dónde buscarla, no tenía nada
de información. Nunca supe dónde vivía, sólo fue sexo japonés, y yo acepté eso
desde un principio.
Ahora la extraño tanto. Todos los días la recuerdo. Mi
hijo habla de ella. Platica sobre las cosas que les decía, de historias que les
llegó a contar, de samuráis, de guerreros valientes, de peleas callejeras, del
sumo, de la comida, del monte Fuji, de los kimonos. Gracias a ella desarrolló
interés por la cultura japonesa, de hecho, quiere conocer Japón. Y yo también
quisiera ir a buscarla, pero eso es imposible. ¿Qué haría alguien como yo hasta
allá, en ese país tan lejano?
En estos momentos mi corazón
arde, estoy de duelo. Mi papá mira mi tristeza y él también sufre. No debí
ilusionarme con Moto. Pero a veces, uno conoce a las personas equivocadas,
cuando se está más vulnerable o quizá, listo para amar a alguien y dejar atrás
la soledad, aunque sea por un momento. A veces todavía pienso en aquella mujer
y me pregunto quién era realmente. Quizá nunca lo sabré.
Solo quedan los recuerdos, las experiencias y los
aprendizajes. Deseo tanto volverla a ver, pasé tres meses con ella, pero ni
siquiera sé pronunciar correctamente su nombre.
¡Qué patético soy!

Comentarios
Le agradezco mucho este espacio.
Un gran saludo para todos!!
Saludos Marité!!!
Bueno, te agradezco nuevamente. Te mando un gran saludo!!!
Te felicito. es un excelente relato, con todas "agravantes" de un buen cuento
Saludos, Mtro. José Manuel frías Sarmiento
Le mando un fuerte abrazo!!!