“Cuentan que en esas arenas hubo un reino, y que ese reino tuvo un rey cuyo nombre se perdió con los vientos cálidos"
ARENA BAJO LA ALFOMBRA
Por: Ian Báez
Palazuelos
Los desiertos son la prueba de que el universo también
barre bajo la alfombra: lo que no puede conservar, lo entierra. Pero cuando una
civilización entera desaparece bajo las dunas, ¿realmente pierde algo el mundo?
¿O simplemente se traga la evidencia de que alguna vez estuvimos aquí?
Primero yace
el silencio. No es solo ausencia de sonido: el tiempo y la voz han dormido bajo
el calor durante tantos siglos que ya no sienten la necesidad de ser
escuchados. Cada grano de arena guarda la historia de algo que sostuvo una
forma, un propósito, quizá incluso un nombre. Montañas molidas a polvo, ríos
que ya no cargan agua, ciudades tragadas por la boca paciente del destino. El
desierto no está vacío: está plagado de finales.
Cuentan que en
esas arenas hubo un reino, y que ese reino tuvo un rey cuyo nombre se perdió
con los vientos cálidos. El rey estaba convencido de que cada grano de arena
guardaba la memoria de alguien que había vivido. Si lograba contarlos todos,
sabría cuántas almas había dado a luz el universo.
Convocó a
diecisiete mil matemáticos y los envió al desierto con una sola orden: contar.
Los astrólogos habían calculado que la cifra final sería un número para el que
ningún idioma tenía nombre, y que terminaba, sin que nadie supiera por qué, en
un uno solitario.
Pasaron
cuarenta años. Un día, el último matemático regresó al palacio con un único
grano de arena entre los dedos, el cual estaba húmedo.
—No se puede
contar —dijo—. Pero descubrí algo peor que la muerte: el universo puede
perderlo todo sin darse cuenta de que algo se perdió.
El rey le
pidió que explicara qué había dentro del grano.
—Los restos de
una montaña —respondió el hombre—. Y esa montaña ya había sido algo más antes.
Entonces el
rey entendió que su reino, por grande que fuera, solo era un eslabón de esa
cadena: un punto indistinguible en un paisaje que jamás aprendería su nombre. Y
entendió, quizá, de dónde venía el uno. Era el grano que el matemático
sostenía.
Furioso,
ordenó ejecutarlo al mediodía. Pero cuando llegó la hora, la plaza estaba
vacía. El reino entero había abandonado su religión, que prometía que nada se
pierde y que un dios guarda la memoria de cada alma. El sacerdote fue el
primero en irse, porque había comprendido algo: la eternidad no es una
biblioteca inmensa donde se conservan todas las historias contadas, sino un
desierto donde, tarde o temprano, hasta la biblioteca se convierte en arena.
Esa es la
historia que conozco, la que alguna vez escuché por ahí, y a día de hoy no dejo
de pensar en el grano húmedo; la arena no se moja sola, y si hay agua en un
grano, ¿qué mas habrá bajo el desierto?
Tal vez, y solo tal vez, la ausencia de algo no es prueba de que no exista. Una
superficie estéril dice muy poco de lo que sobrevive bajo ella. Que uno de los
paisajes que más asociamos con la muerte esconda uno de los elementos
esenciales de la vida es, por lo menos, curioso.
Sucede lo
mismo dentro del complejo sistema de cableado que es la mente. Todos tenemos
desiertos: recuerdos que enterramos porque recordarlos sería volver a
sentirlos, sueños abandonados hace tanto tiempo que confundimos sus tumbas con
accidentes del paisaje. A veces nos definimos como “vacíos”, aunque quizá solo
desconocemos nuestras profundidades.
Pero hay algo
más inquietante que eso. Imagina estar en medio de un desierto inmenso. Sin
caminos, sin huellas, sin monumentos que aseguren que otro ser humano existió
alguna vez. El horizonte se extiende en todas direcciones, indiferente a tu
presencia. Entiendes lo pequeño que eres. No exactamente insignificante. Solo
temporal.
La arena no
recuerda tu nombre, ni lo hará. El viento no se interesa por tus
arrepentimientos. La tierra seguirá girando mucho después de que todos los que
te conocieron se hayan vuelto recuerdo, y mucho después de que esos recuerdos
también hayan desaparecido.
El matemático
tenía razón: el universo puede perderlo todo sin darse cuenta. Pero tal vez eso
sea una revelación terrible y liberadora a la vez: el universo no nos debe
memoria. Somos nosotros quienes tenemos que recordar. Somos quienes ponemos
nombre a las cosas, escribimos poemas a los muertos, levantamos casas contra el
viento y nos amamos sabiendo que todo lo que amamos es temporal.
El desierto no
necesita significar nada. Somos nosotros quienes le damos un significado.
Y por eso
seguimos buscando bajo la arena. No soportamos que algo tan vasto pueda existir
sin un secreto esperándonos en el centro. Queremos que haya algo debajo: una
verdad, un dios dormido bajo las dunas.
¿Será por eso que nunca miramos hacia donde no hay arena?
Porque existe
otro desierto, y es blanco. Allá, en el fondo del mundo, casi nunca llueve,
casi nunca nieva, y aun así lo llamamos hielo, como si el hielo no fuera
también una forma de sed. Un continente entero de silencio congelado, quieto,
casi tan quieto que el viento helado no hace ningún sonido al pasar por los
huecos de las montañas.
Ahí el tiempo
hace otra cosa, no hay casi nada enterrado bajo el hielo, este más bien,
guarda. Cada nevada que cae se queda donde cayó, y la siguiente la cubre sin
borrarla, capa sobre capa, durante cientos de miles de años. Dentro del hielo
hay burbujas de aire de cuando nadie existía para respirarlo. Los científicos
las perforan y las abren como cartas sin remitente o destinatario, o mensajes
crípticos. Es el aliento de un mundo que no conocía lo que es ser recordado.
Y sin embargo,
el hielo no recuerda por amor. No elige qué conservar. Guarda el aire igual que
guardaría un grito: sin entenderlo.
Más abajo
todavía, a casi cuatro kilómetros de la superficie, bajo todo ese peso de
tiempo blanco, hay lagos. Agua líquida, tibia por el calor de la tierra, que
lleva millones de años sin ver el sol ni oír el viento ni conocer un solo
nombre. Nadie la puso ahí para que la encontráramos. Nadie la escondió. Está,
simplemente, como están las cosas que no necesitan testigos.
Me gusta
pensar que eso fue lo que el rey nunca supo: que el olvido no es la única
manera que tiene el tiempo de tratar lo que cubre. La arena entierra; el hielo
guarda. Pero ninguno de los dos lo hace por nosotros.
Supongo que el
mayor secreto del desierto no es lo que esconde, sino lo que revela: que la
arena borra las historias, pero no todo lo que hay debajo es historia. Que el
vacío puede ser un disfraz de la abundancia. Que hay cosas que no necesitan ser
recordadas para existir.
Quizá no
buscamos descubrir qué hay bajo el desierto, sino si algo escondido bajo tanto
vacío puede seguir valiendo la pena.
Y creo que sí.
Porque en
algún lugar, bajo la arena, el agua sigue moviéndose en la oscuridad.
Y no sabe que
alguien la busca.

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