Conferencia del Dr. Jorge Gastélum Escalante

“Cada respuesta parecía abrir una puerta y, detrás de ella, aparecían nuevas dudas"



 



NOS HIZO MIRAR LAS COSAS DE OTRA MANERA

 

Mederik Aguilar Rubio

 

Aquel día, el salón estaba lleno de voces, pero nadie parecía tener mucho que decir. Era la mañana del sábado 24 de octubre en la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa (UPES). Mis compañeros conversaban entre ellos; algunos miraban hacia la puerta y otros parecían esperar a que algo sucediera. Yo también sentía curiosidad. Me preguntaba quién vendría, cómo sería aquella persona y qué tendría para compartirnos. No imaginaba que, al terminar la mañana, estaría reflexionando no solo sobre el futuro de la educación, sino también sobre mis propias decisiones y las experiencias que habían ayudado a formar mi manera de pensar.

Mientras esperábamos, entró el profesor José Manuel Frías. Lo conocía desde hacía algunos años y le guardaba un aprecio especial. Hay personas cuyas palabras no se quedan en el momento en que las escuchamos, sino que nos acompañan después y nos llevan a cuestionarnos cosas que antes no habíamos considerado. Para mí, el profesor Frías tiene esa capacidad: su manera de compartir ideas despierta mi curiosidad y me invita a mirar más allá de lo evidente. Por eso, cuando comenzó a hablarnos de su buen amigo, el doctor Jorge Gastélum Escalante, presté atención. El profesor nos preguntó si sabíamos quién era. Nadie respondió y un silencio invadió el aula. Después de aquel silencio, comenzó a explicarnos quién era su amigo y por qué tendríamos la oportunidad de conocerlo. Nos habló de la gran oportunidad que teníamos frente a nosotros. También nos invitó a pensar en preguntas que pudiéramos hacerle. Aunque había curiosidad, también estaban presentes los nervios. No siempre resulta fácil participar frente a alguien a quien todavía no conocemos, especialmente cuando no sabemos qué esperar de una conversación. Soy alguien que suele escuchar y observar. No porque no tuviera nada que decir, sino porque muchas veces necesito detenerme a mirar lo que sucede antes de intervenir. En las palabras de los demás y en la forma en que se desarrolla una situación suelo encontrar detalles que me ayudan a comprenderla mejor.

Poco después, al fin llegó aquel momento: el doctor Gastélum llegó acompañado de Luis Enrique Alcántar Valenzuela, quien permaneció durante la conferencia. El profesor Frías y mi compañero Francisco los recibieron cordialmente. El doctor abrió su computadora y dirigió la mirada hacia nosotros, esa mirada de análisis que generaba inquietud entre nosotros. La expectativa de la espera estaba a punto de convertirse en una experiencia compartida, aunque todavía no sabíamos cuántas preguntas surgirían durante las siguientes horas. Todos estábamos ansiosos e impactados por estar a punto de iniciar.

La conferencia duró alrededor de tres horas y giró en torno a la inteligencia artificial. El doctor nos explicó qué es, cuáles son sus antecedentes, qué herramientas existen y cómo había sido su propia experiencia al utilizarlas. Nos pareció bastante interesante, pero, sobre todo, nos invitó a pensar en sus posibles consecuencias: qué trabajos podrían desaparecer, cuáles podrían transformarse y qué nuevas ocupaciones podrían surgir. Conforme avanzaba la explicación, el tema dejó de parecerme lejano. Ya no pensaba solamente en programas capaces de responder preguntas o realizar tareas. Comencé a preguntarme cómo esos avances transformarían la sociedad y, especialmente, la profesión que algún día quiero ejercer. Una pregunta empezó a ocupar cada vez más espacio en mi mente: ¿cómo será la educación cuando yo esté frente a mi propio grupo? Pensaba en los niños que algún día tendré como alumnos y en las herramientas que posiblemente utilizarán para aprender. Me preguntaba qué significaría enseñar en un mundo donde una inteligencia artificial puede explicar un tema, responder una duda y generar información en cuestión de segundos. ¿Bastará con enseñarles a utilizarla? ¿Cómo podré ayudarlos a construir sus propias ideas y a no conformarse con la primera respuesta que encuentren? ¿Qué necesitarán de mí como maestra? Las preguntas se acumulaban y yo intentaba encontrarles un orden. Llegó un momento en que pensar tanto, incluso me provocó dolor de cabeza, de lo abrumada que me sentía. No era aburrimiento ni falta de interés; al contrario, estaba intentando imaginar un futuro que todavía no conozco y que, de alguna manera, también me corresponde ayudar a construir. Cada respuesta parecía abrir una puerta y, detrás de ella, aparecían nuevas dudas. 

Mientras escuchaba, también observaba cómo se desarrollaba la clase. El silencio inicial fue dando paso a una participación más espontánea. Mis compañeros comenzaron a plantear preguntas y la conversación adquirió otro ritmo. Poco a poco, dejamos de ser únicamente quienes recibían información y nos convertimos en participantes de una reflexión colectiva. Ese cambio me hizo pensar en la importancia de crear espacios donde podamos preguntar sin sentir que debemos tener todas las respuestas. A veces, la inseguridad nos hace guardar una duda, pero escuchar a alguien más formularla puede ayudarnos a reconocer que también necesitamos resolverla.

Aquella mañana, las preguntas no interrumpían el aprendizaje: lo impulsaban. Además de hablar sobre inteligencia artificial, el doctor nos recomendó varios libros. Uno de los títulos que más despertó mi curiosidad fue 10 razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Me hizo pensar en el lugar que ocupa la tecnología en nuestra vida y en lo fácil que puede ser acostumbrarnos a utilizarla sin detenernos a cuestionar sus efectos. Conocimos parte de su trabajo como escritor y a la persona que es hoy en día. Tuvimos la fortuna de presenciar una demostración de algunos de sus libros y de una obra que todavía no ha sido publicada; además, presentó dos cuentos. Aquella parte de la conferencia me permitió acercarme a otra dimensión de su trabajo: la de alguien que no solamente investiga y comparte conocimientos, sino que también encuentra en la escritura una manera de transmitir ideas. El doctor explicó incluso algunos detalles relacionados con la escritura y la ortografía, entre ellos, el uso de las comillas inglesas. Aunque podía parecer un detalle pequeño frente a las grandes preguntas sobre el futuro, me recordó que aprender también consiste en prestar atención a aquello que solemos pasar por alto. La manera en que expresamos una idea importa cuando queremos que los demás puedan comprenderla.

Uno de los momentos que más me marcaron ocurrió cuando el doctor compartió una historia sobre unos árboles. De un momento a otro, el aula se tornó silenciosa; cada uno de nosotros estaba atento a aquel cuento que había aprendido de su abuelo y que transmitía una enseñanza. Mientras lo escuchaba, comencé a pensar en mis propias decisiones y en mi manera de interpretar lo que me sucede. La historia me llevó también a recordar mis experiencias dentro de las aulas cuando era más pequeña. Por un momento, dejé de pensar en lo que la tecnología podría cambiar y volví la mirada hacia una etapa de mi vida que contribuyó a formar la persona que soy. Con los años, nuestra forma de entender las cosas cambia. Cuando somos niños, vivimos experiencias sin comprender necesariamente todo lo que significan. Después crecemos, tomamos decisiones y comenzamos a mirar el pasado desde una perspectiva distinta. Algunas cosas que en su momento parecían pequeñas adquieren otro sentido cuando las recordamos desde quienes somos ahora. Eso fue lo que me llevó a reflexionar. Me pregunté cuánto de mi manera de pensar se había construido a partir de lo que he vivido, cómo han influido mis experiencias en las decisiones que tomo y qué puedo aprender de aquella pequeña niña que alguna vez fui. No encontré respuestas inmediatas, pero entendí que mirar hacia atrás también puede ayudarnos a comprender el presente de una manera distinta. Había algo especial en el hecho de que aquella enseñanza hubiera llegado al doctor a través de su abuelo y que, tiempo después, él la compartiera con nosotros. Una historia transmitida entre generaciones había encontrado un nuevo lugar en nuestro salón de clases. Mientras hablábamos de una tecnología capaz de producir información en segundos, escuchábamos una narración que nos invitaba a detenernos y reflexionar. Ese contraste me pareció significativo. La tecnología puede ofrecernos nuevas maneras de acceder al conocimiento, pero una historia también puede llevarnos a lugares que no esperábamos: a nuestros recuerdos, a nuestras dudas y a esas experiencias cuyo significado comprendemos mejor con el paso del tiempo.

En mi caso, el cuento me hizo reconocer que aprender no consiste únicamente en recibir información nueva, sino también en revisar lo que creemos saber sobre nosotros mismos. Pensé, además, en mi propia formación. Las aulas no son únicamente espacios donde recibimos conocimientos; son lugares en los que vivimos experiencias, construimos ideas y aprendemos a relacionarnos con el mundo. Como alumna, no siempre pude reconocer de inmediato lo que cada experiencia significaba para mí. Ahora, al prepararme para ser docente, comienzo a comprender que aquello que vivimos durante nuestra formación puede acompañarnos mucho después de haber dejado un salón. Por eso, aquella historia tuvo un significado especial. No fue simplemente un cuento con una enseñanza, sino una oportunidad para relacionar lo que estaba escuchando con mi propia vida. Me hizo pensar en la importancia de cuestionar mis ideas y en la responsabilidad que tendré cuando me encuentre frente a mis futuros alumnos. Cada uno llegará al aula con experiencias y conocimientos que influyen en su manera de ver el mundo de manera distinta, aunque yo todavía no las conozca.

Al terminar la conferencia, comprendí que aquellas tres horas habían reunido mucho más que información sobre inteligencia artificial. Habíamos escuchado explicaciones, conocido parte del trabajo del doctor, pensado en libros y escritura, formulado preguntas y compartido momentos de reflexión. Lo que comenzó con incertidumbre, miedo y la expectativa de conocer a una persona terminó convirtiéndose en una experiencia que me hizo mirar tanto hacia el futuro como hacia mi pasado. También me quedé pensando en el profesor Frías y en el valor de acercarnos a personas que pueden ampliar nuestra manera de comprender las cosas. Aprecio que nos haya brindado la oportunidad de conocer al doctor y escuchar sus experiencias. A veces, las personas que valoramos nos acercan a nuevas ideas y nos permiten descubrir perspectivas que quizá no habríamos encontrado por nuestra propia cuenta.

Para mí, esa también fue una parte importante de aquella mañana. No sé exactamente cómo serán las aulas dentro de algunos años ni hasta dónde llegará la inteligencia artificial. Pero ahora sé que prepararme para ese futuro no significa únicamente aprender a utilizar nuevas herramientas. También implica mantener la curiosidad, estar dispuesta a aprender de las personas y las experiencias que encuentre en el camino. Llegué al salón preguntándome qué aprendería durante aquella conferencia. Al salir, mis preguntas eran distintas. Ya no pensaba solamente en lo que la tecnología podría cambiar, sino también en lo que mis propias experiencias habían aportado a mi manera de pensar y en la maestra que quiero llegar a ser. Quizá esa sea la enseñanza que más deseo conservar de aquel sábado: no puedo saber exactamente qué encontraré en las aulas del futuro, pero sí puedo decidir con qué disposición llegaré a ellas: con curiosidad para seguir aprendiendo, humildad para cuestionarme y sensibilidad para reconocer las historias que cada alumno lleva consigo.

Finalmente, la conferencia terminó y mis compañeros y yo nos quedamos con una sensación de gratitud por haber vivido una experiencia que nos dejó mucho en qué pensar. Nos llevamos algo más que nuevos conocimientos: un momento que, sin esperarlo, nos hizo mirar las cosas de otra manera.

 

Comentarios

Anónimo dijo…
Excelente relato, me transmitió mucho!!

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