Conferencia del Dr. Jorge Gastélum Escalante

“Todo lo que aprendemos, cada persona que conocemos y cada experiencia que vivimos, de alguna manera se conecta con lo que viene después"






TAMBIÉN LO ERA LA PIEDRA...

 

Ana Cecilia Heras Lizárraga

 

Cuando me avisaron que tendríamos una conferencia, no sabía muy bien qué esperar. No conocía al Dr. Jorge Antonio Gastélum Escalante. Me sentía un poco nerviosa porque no sabía de qué trataría todo. Cuando llegó el día, ya estaba con nosotros el maestro José Manuel Frías Sarmiento, y entraron dos personas más al salón. Al principio no sabía cuál de ellos era, entonces se presentaron y ya fue cuando distinguí al Dr. Jorge Antonio Gastélum Escalante y al profesor Luis Enrique Alcántar Valenzuela. Pensé que iba a ser algo aburrido, pero fue todo lo contrario.

Todo empezó con el maestro José Manuel Frías Sarmiento. La primera vez que lo vi, pensé: «Este profesor me va a dar dolor de cabeza». Y así fue al principio. El primer día salí con un dolor de cabeza enorme, porque sentía que todo era pura teoría. Pero en la segunda clase entendí algo importante: si de verdad te interesa el tema, no te aburres. 

Pensé que todas las clases del maestro Frías Sarmiento serían solo teoría, aburridas y fastidiosas. Pero me llevé una grata sorpresa. En un futuro me gustaría que me volviera a dar clases el maestro José Manuel Frías Sarmiento, ya que yo lo tenía en un concepto erróneo y hoy me quedo con la gratitud de que su forma de enseñar realmente enseña. Me queda claro que todo lo que él nos dijo tiene sentido hoy. Escribiendo esto y acordándome de todo lo que nos ha compartido, todo encaja.

Fue él quien nos abrió el interés por conocer más sobre el tema. Así como él dijo: «las piedras se encuentran». Todo se conecta, una cosa lleva a la otra. Cuando nos dijeron que aprovecháramos esta oportunidad, me dije: «Pon atención, esto te interesa». Y así fue. Esa frase me hizo pensar en que nada sucede por casualidad. A veces llegamos a una clase sin saber qué nos vamos a encontrar ahí, y después nos damos cuenta de que cada palabra que escuchamos tiene un propósito. No es solo para cumplir con una tarea, sino para ir construyendo poco a poco nuestra propia forma de ver el mundo y de entender a los demás. Todo lo que aprendemos, cada persona que conocemos y cada experiencia que vivimos, de alguna manera se conecta con lo que viene después. A veces no entendemos por qué pasan las cosas, pero con el tiempo vemos que todo tiene un sentido.

A mí me cuesta trabajo seguir explicaciones rápidas. Pero el Dr. Gastélum hablaba despacio, hacía pausas, y cuando usaba palabras que no entendíamos, nos las explicaba con ejemplos sencillos. Y algo que me gustó mucho: al hablar nos miraba a los ojos, nos buscaba la mirada para conectar con nosotros. Eso demuestra que cuando alguien habla desde el corazón y se preocupa realmente por quien escucha, las palabras llegan de otra manera. No se trata solo de decir información, sino de crear una conexión entre quien comparte y quien recibe. Eso me hizo sentir que lo que él nos decía era importante para él, porque nosotros éramos importantes. No se trataba de que nosotros solo recibiéramos información, sino de que él quería que realmente entendiéramos lo que compartía con nosotros. Esa es una cualidad que hace mucha diferencia en quien enseña. Eso me ayudó mucho a sentirme incluida.

Me gustó mucho cuando nos dijo cómo se escriben correctamente: « » —las llamó comillas cholas. Parece algo sencillo, pero cuando alguien te lo explica con esa confianza, se te queda grabado. También me llevo su gran consejo: «leer, leer, leer, escribir, escribir, escribir. Compren libros, muchachos». Esas palabras se me quedaron muy grabadas, porque nos motivó a no conformarnos solo con lo que vemos en clase, sino a buscar por nuestra cuenta, leer más y escribir todo lo que podamos.

La conferencia duró más de dos horas y se me pasó volando. No habló de cosas que no entendiera, sino que conectó todo con nuestra vida diaria. Pero lo que más me gustó fueron los dos cuentos que nos compartió:

El primer cuento: la piedra y la inteligencia artificial

«Hace mucho tiempo, el primer humano talló una piedra afilada. Sirve para cortar carne, dijo. Pero alguien preguntó: ¿Y si la usas para matar? Con el tiempo, esa piedra se convirtió en cuchillo, luego en espada, luego en misil, y ahora en inteligencia artificial. Y otra vez alguien preguntó: ¿Y si la usas para destruirnos? La IA dijo: Solo soy una herramienta. Y alguien le respondió: También lo era la piedra.»

Me hizo pensar: la herramienta cambia, pero la pregunta sigue siendo la misma. No todo lo nuevo es bueno ni malo, depende de nosotros darle el uso correcto, con responsabilidad y cuidado. En nuestras manos está cómo usamos todo lo que aprendemos. El conocimiento es como esa piedra: puede construir algo bueno o también puede lastimar. Depende de nosotros elegir bien. Me quedó claro que la tecnología y todo lo nuevo que aprendemos no es algo que debemos temer, pero tampoco es algo que debemos usar sin pensar. Siempre hay que preguntarnos: ¿para qué lo uso? ¿a quién le ayudo? ¿a quién puedo lastimar? Esas preguntas son tan importantes como el conocimiento mismo.

El segundo cuento: se trataba de dos árboles

El segundo cuento era una historia que, cuando ellos eran chicos, su abuelo les decía como fábulas, así que ya estaban acostumbrados a escucharlas y las tomaban como un cuento. El papá de él también ya conocía esa historia. No solo hablaba de los árboles, sino también de los recuerdos: del camino a la casa, del olor a tierra mojada, y sobre todo del olor a café con canela y piloncillo. Cuando él mencionó el café, me acordé mucho de mi mamá. En las mañanas se levanta a hacer café y mi hijo le dice: «Abuela, dame de tu café, pero al mío échale más azúcar». Entonces entendí: él nos contaba esto porque se acordaba de su abuelito, y yo al escucharlo, me acordé de mi mamá. Me dio una sensación muy bonita, como de nostalgia, porque sin darme cuenta mi hijo también va a crecer con ese mismo recuerdo: el olor del café de su abuela.

El abuelo plantó los dos arbolitos iguales. Al primero le pidió perdón de antemano: le iba a poner alambres y palos para que creciera derecho. Al segundo le dijo que creciera como quisiera. Cuando regresaron a verlos, uno estaba fuerte y derecho, y el otro estaba chueco, inclinado hacia la luz. El abuelo los dejó con la idea de que así había sido porque uno fue guiado y el otro no.

Pero después su papá le aclaró que no era así: él había cuidado de los dos por igual, los dos recibieron lo mismo. Sucede simplemente que uno nació derecho y el otro quiso estar así desde siempre. Eran diferentes, y por eso él simplemente respetó al segundo y lo dejó crecer como era.

Eso me hizo pensar mucho en la educación: a todos nos enseñan lo mismo y nos dan las mismas oportunidades, pero cada quien es diferente. El maestro puede guiarnos, pero no cambiaremos nuestra esencia. Cada uno crece a su propia manera. No se trata de que seamos iguales, sino de que tengamos las mismas oportunidades para ser quienes somos.

Salí de esa conferencia muy contenta. No solo aprendí sobre el tema, sino que entendí que si le doy oportunidad a las cosas, puedo disfrutar aprendiendo. Me llevo dos enseñanzas muy valiosas: que toda herramienta puede ser buena o mala según como se use, y que cada persona crece a su manera, aunque todos recibamos la misma educación. Esta experiencia se queda conmigo no sólo como algo que aprendí para esta materia, sino como algo que recordaré siempre. 

Estuvo espectacular.

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