"Yo asocié el taller con la idea de que a través de la expresión escrita uno puede soñar, imaginar, decretar, soltar, transmitir"
Gabriela Nathaly de la Rocha López
Mientras mi mente intentaba procesar todas aquellas palabras que decía mi nuevo profesor de Taller de Redacción Libre y Creativa, dentro de mí revoloteaban tantas cosas. Esa manera de citar autores, de recordar libros que alguna vez despertaron su interés, o quizá lo hacía por obligación, o simplemente por amor a un mundo hecho de letras, al final cumplía un solo objetivo, nutrir ese órgano del que tanto hablamos, pero del que tan poco conocemos, nuestro cerebro.
Desde que vi el nombre del taller, a mi mente llegó de inmediato la frase de mi tía la cejuda, Doña Frida Kahlo. Pies, ¿para qué los quiero si tengo alas para volar? Y quizá se pregunten por qué, pero yo asocié el taller con eso, con la idea de que a través de la expresión escrita uno puede soñar, imaginar, decretar, soltar, transmitir. Son tantas cosas. Y si lo vemos desde una visión global, solo el diez por ciento de la población escribe todos los días de forma consciente y creativa.
Y bien dijo mi tía Frida, tenemos alas para volar, imaginar, soñar, sentir.
Y aquí entro yo, la no tan cejuda pero sí bien intensa.
Yo no seré tan cejuda como mi tía Frida Kahlo, pero sí me defiendo. Soy una mujer aventurera, de esas que le entran a los retos, aunque tiemble poquito la voz. Me gusta sentirme útil, sentir que aporto, que hago, que muevo. Soy tóxica, lo admito, pero también tengo un corazonzote de melón que no me cabe en el pecho. Sí, soy enojona a veces, pero para que yo explote me tienen que sacar muchísimo de mis casillas. Y aunque en mi casa no me lo digan, yo sé que soy la oveja negra, la más alegre, la que quiere salir, la que se ríe fuerte, la que llora con películas, la que siente todo intensamente. Me encanta ser yo. Y si mi tía Frida, que estaba rota como ella misma lo decía, vivía sin dejar de hacer lo que la hacía feliz, así quiero vivir yo también.
Y bueno, también olvidé mencionar que el profesor alentaba a elegir un tema para nuestro texto. Una disculpa profesor, en ese momento tenía hambre y me traicionó mi subconsciente. En mi mente solo estaba el plato de pozole que me esperaba más tarde.
Hace una semana terminé de leer El color de las cosas invisibles. Cada vez que me sumergía en sus páginas, hacía gestos, me reía y hasta lloré un par de veces. Pero cada que aparecían esos episodios que la gente suele llamar cursis, me detenía y alegaba con mi pareja que por qué no podíamos tener una relación, así como en las novelas. Él solo me decía Ay, ya vas a empezar, quieres drama como la Rosa de Guadalupe. Yo resoplaba y le contestaba que, si leyera el libro, me entendería.
Qué padre sería poder volar y danzar entre
nubes de algodón. O también qué padre ser una medusa y flotar por el océano,
dando una buena descarga a quien se atreva a dañar mi tranquilidad. Qué padre
sería que todos fuéramos inmortales, que no sufriéramos por la pérdida de un
ser querido ni por ver sufrir a alguien que amamos.
A veces también me pregunto si es verdad eso
de que reencarnamos en otra vida. Me habría gustado ser una tortuga de esas que
viven muchos años y son sabias, como el maestro Oogway de Kung Fu Panda. O qué
padre sería hablar el lenguaje canino para platicar con mi hermoso Cirilo y
decirle que fue mi chaleco salvavidas en mi momento de fragilidad.
Quiero volar y volar, ver todos esos
lugares que solo en libros o películas aparecen. Sinceramente, quisiera estar
en el castillo de Hogwarts con mi amiguísimo Harry Potter y vivir en un mundo
de magia.
Cuánta razón tenía mi tía la cejuda.
Mientras la imaginación no muera, siempre podremos volar hacia el horizonte.
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