“Y si algún día alguien me pregunta qué es un tesoro, probablemente no hablaré de oro, hablaré de mi tío Chabelito"



 



ALGO VALIOSO QUE NO ES DE ORO

 

Celeste Giselle Quintero Plata

 

Dicen que lo valioso se reconoce por su precio, que aquello que brilla, que cuesta mucho dinero o que se guarda con cuidado es lo que merece ser llamado tesoro, pero con el tiempo he aprendido que existen cosas mucho más valiosas que el oro, aunque no brillen y aunque nadie pueda ponerles un precio, a veces, incluso, tienen nombre. El mío se llamaba José Isabel Perez Calvillo, para nosotros siempre fue el tío Chabelito.

No llevaba nuestra misma sangre, pero durante tantos años estuvo presente en nuestra familia que sería difícil explicar nuestra historia sin mencionar la suya, porque hay personas que no necesitan compartir un apellido contigo para convertirse en parte de tu familia, algunas llegan a nuestras vidas sin pedir permiso y, cuando nos damos cuenta, ya ocupan un lugar que nadie más podría ocupar.

Mi tío Chabelo era originario de León, Guanajuato, llegó a Sinaloa siendo un niño, dejando atrás las tierras donde había nacido porque allá las oportunidades eran pocas y quería encontrar una manera de salir adelante, dejó sus raíces, sus recuerdos y seguramente muchas cosas que quería, para comenzar una vida nueva en un lugar distinto, aquí conoció a mi bisabuela en un ranchito que se llama Higueras de Baila, se hicieron muy buenos amigos y quizá él nunca imaginó que aquel encuentro terminaría convirtiéndolo en una pieza tan importante de nuestra familia.

Pasaron los años, mis abuelos crecieron, tuvieron a sus hijos y la vida siguió avanzando, mientras todos crecíamos, también lo hacía él, el niño que alguna vez llegó a Sinaloa se convirtió poco a poco en un hombre mayor, mis bisabuelos fallecieron y el se mudo con mis abuelos a Guasave y cuido de mis tíos y de mi mamá, así pasaron los años.

Y entonces llegué yo, cuando nací, mi tío Chabelo ya era un hombre grande, pero su edad nunca pareció ser un impedimento para quererme, dicen que me enseñó a caminar, aunque me le caí un par de veces jajaja, también me enseñó a hablar, yo no recuerdo muchos de esos momentos, porque era demasiado pequeña, pero hay recuerdos que uno no necesita tener completos para saber que sucedieron, a veces basta con escuchar a quienes estuvieron ahí para imaginarse cómo fueron.

Todas las mañanas salíamos a barrer, era algo sencillo, tal vez para cualquier otra persona no significa nada, una escoba, una mañana cualquiera, un pedazo de tierra y dos personas haciendo lo mismo de siempre, pero ahora pienso que quizá ahí estaba la verdadera riqueza, en esas pequeñas cosas que parecían no tener importancia. Mi tío siempre llevaba consigo una cobija azul, una cobija que conservó con cariño durante muchos años, tal vez para alguien más era solamente una cobija vieja, para él, seguramente significaba mucho más.

Y eso me hace pensar en cómo funcionan los recuerdos, las cosas que amamos no siempre son importantes por lo que son, sino por todo aquello que representan, una cobija puede guardar una vida entera, una escoba puede recordar una infancia, una mañana puede convertirse en un recuerdo que permanece durante años y una persona puede convertirse en familia sin compartir una sola gota de nuestra sangre.

El 13 de marzo de 2012, mi tío Chabelo se fue de este mundo y aunque han pasado los años, hay ausencias que no aprenden a hacerse pequeñas, pues uno continúa con su vida, crece, cambia, aprende, conoce personas nuevas, vive momentos que aquella persona ya no puede ver.

Pero hay días en los que un recuerdo aparece de repente y parece que el tiempo nunca pasó, yo todavía lo extraño, lo extrañamos todos y a veces pienso que quizá no sabemos valorar a las personas mientras están con nosotros porque creemos, ingenuamente, que siempre habrá un mañana, pensamos que podremos agradecer después, abrazar después, decir “te quiero” después, sentarnos a platicar después, hasta que un día ese “después” deja de existir.

Y entonces comprendemos que muchas de las cosas que creíamos pequeñas eran, en realidad, las más grandes, tal vez por eso hoy entiendo que mi tío Chabelo fue algo valioso que ni siquiera era de oro, porque no necesitó ser de mi sangre para enseñarme a caminar, no necesitó llevar mi apellido para formar parte de mi historia, no necesitó ser mi familiar biológico para convertirse en mi tío, fue familia porque estuvo, porque cuidó, porque trabajó, porque compartió sus mañanas conmigo, porque dejó una parte de sí mismo en nuestra casa y, sin saberlo, también dejó una parte de sí mismo en cada uno de nosotros.

Quizá eso es lo que realmente significa ser valioso, no cuánto cuestas, no cuánto tienes, no de dónde vienes, ni siquiera qué apellido llevas, tal vez ser valioso significa dejar una huella tan profunda que, incluso después de que te hayas ido, alguien pueda mirar una cobija azul, recordar unas mañanas barriendo o escuchar tu nombre y sentir que, por un instante, vuelves a estar aquí.

Y si algún día alguien me pregunta qué es un tesoro, probablemente no hablaré de oro, hablaré de mi tío Chabelito. Porque hay personas que pasan por nuestra vida y se van y hay otras que, aunque se vayan de este mundo, se quedan viviendo en nuestros recuerdos.

Él fue de esas personas y ahora entiendo que quizá nunca tuvimos algo tan valioso como él, algo que ni siquiera era de oro.

Comentarios

Anónimo dijo…
Muy emotivo su texto compañera Quintero, hay personas que dejan una huella para siempre en nuestras vidas, su tío es de esas personas de las que siempre estarán. Le mando una felicitación desde Los Mochis.

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