“Y así él regresó a su casa, con un gran dolor en el pecho y con los ojos llorosos"
RETIRADA
Marité Ibarra
Él babeaba por ella. Ella poseía un encanto especial,
quizá artístico. Por eso de la nada, ella simplemente le sonreía con ojos
llenos de ilusión, con un campo visual más amplio y complejo.
Él no podía dejar de mirarla. Ella cantaba en la
colina extendiendo sus brazos, y él le regalaba flores recién cortadas.
¡Juventud rebosante! ¡Los mejores momentos para experimentar el amor!
Ella le tiraba besos por la ventana, mientras él
perseguía como loco el autobús en su vieja bicicleta azul. El viento soplaba y
ella le decía adiós con su delicada mano, cuando se alejaba cada vez más.
Aunque sonreía, la tristeza de sus ojos llorosos, delataban su realidad. Había
dolor, desconsuelo y ruptura. A los dos les quedaba algo claro; ella se iba y
él se quedaba.
Así pasó el tiempo. Unos años, ocho o probablemente
más. El tiempo siempre avanza, es unidireccional.
Ella ahora retrataba la vida, los paisajes, las
personas y sus cotidianidades. Los perros y los gatos solitarios o vagabundos,
siempre eran parte de su galería. Personas mayores y tristes, sentadas y
abandonadas en parques. Sentimientos de hastío, de nostalgia, de emociones
vividas, de llanto acumulado y sonrisas fingidas, eran detectadas por el lente
de su cámara. Tenía un don especial para eso, por qué también se identificaba
con esos sentimientos. Ojos ermitaños, esquivos, ella buscaba una mirada, un
parpadeo tímido. Unas manos cálidas, dedos deformes, formas e imperfecciones
que hacen que las diferencias sean únicas y humanas, esas eran sus principales
búsquedas. Siempre viajando, capturando la esencia de la vida, las emociones
impresas en papel.
Él, por su parte, creció más. Se hizo fuerte, rudo
pero un tanto gruñón, aun siendo joven. La vida lo había sacudido. Sufrió mucho
después de esa separación. Experimentó lo que la gente dice; el que se queda
sufre más. Pero el tiempo avanzó y creyó haberla olvidado, sí, eso pensó. Por
fin la había superado y siguió con su vida. Él se estableció en ese lugar. No
le interesó la aventura como a ella, el deseo de superación, el dejar un simple
pueblucho. Pero para él ese era su lugar, ahí estaban sus raíces, ¿para qué
irse?
Ella caminando con una nostalgia que no quería
reconocer, recorrió calles conocidas, con su cámara en las manos y sus
constantes flashes. Emocionada por volver al lugar que la vio crecer. Tomando
fotos estaba, cuando sin querer, lo vio en un taller. Se llevó un susto
momentáneo, pues no esperaba verlo, él ya era un simple recuerdo olvidado,
posiblemente era considerado como un amor de temporada.
Sólo hacía un recorrido cotidiano, pero él apareció
sin ser invocado en su pensamiento. Lo reconoció de inmediato. Sintió raro el
corazón, un poquito inquieto y entusiasmado. Y sin que ella pudiera notarlo,
después de observarlo detenidamente, sus fuerzas la impulsaron hacia él de
manera discreta y prudente.
No podía dejar de observarlo a través del lente de su
cámara. En ese momento se hizo su principal modelo, su mejor inspiración, un
hombre trabajando en un contexto tan coloquial, con brazos fuertes y un poco de
barba. Alguien haciendo lo de todos los días, con un rostro serio y cansado,
pero tan familiar. Había historia detrás de esas capturas. De pronto se
encendió algo que había estado olvidado en ella, la pasión de haber amado por primera
vez. Esa complicidad única que hubo entre dos personas. Comenzó a recordar
cuánto lo había amado.
Él seguía trabajando, concentrado en lo que hacía, con
grasa en las manos y en la cara. Lo vio cargando un motor, eso la sorprendió.
Con su cuerpo engrasado y absorto, no se percataba de lo que pasaba a su
alrededor. Todo era normal, carros que iban y venían, el calor azotaba conforme
pasaban las horas, la radio de la estación sonando bajo, las motos pasaban
recio y las bicicletas eran pedaleadas por los niños, el señor de los raspados
parado en aquella esquina, así era el diario vivir de una mañana más en aquel
lugar.
Mientras tanto ella seguía mirándolo. Realizaba varias
tomas de ese hombre y del taller con su cámara. Lo acercaba para verlo mejor,
eso hacía, hasta que fue descubierta por un trabajador del taller, el cual le
gritó, desde la otra acera, que dejara de tomar fotos. Él hombre fotografiado
entonces se distrajo de su trabajo, despertó de su concentración y al girar su
cabeza para atrás, como un instinto propio del ser humano… ahí fue cuando la
vio. Después de tantos años, ¡ella por fin había regresado!
Él no supo cómo reaccionar, se quedó paralizado y
avergonzado por estar sucio. Todo fue tan inesperado, quién lo hubiera
imaginado, era un día normal, casual, simple, uno de tantos que transcurrían
sin novedad alguna, pero repentinamente, dejó de ser ordinario.
Por su parte, ella avergonzada y roja por haber sido
descubierta tomando fotos sin permiso, con su delgada mano y una voz tímida le
dijo:
–Hola! Y avanzó para saludarlo personalmente. Ya había
sido evidenciada, ahora tenía que cruzar la calle y saludarlo como es la
costumbre local.
Él no sonrió, deseaba ser devorado por alguna fuerza
extraña que lo hiciera desaparecer. Pero eso, no sucedió. No tuvo opción, tuvo
que enfrentarla así, de esa manera, en esas circunstancias. Ni siquiera la mano
le pudo dar, aunque ya se la había limpiado un poco con la estopa, pero sentía
pena. Solamente le pudo decir:
–¿Qué tal te va...? Y así comenzó una breve conversación.
Unos tres o cuatro minutos exagerando.
Ambos se sintieron incómodos, la conversación no
fluía. Hubo poco contacto visual, la tensión era fuerte. Había tanto que
preguntar, tanto que saber, pero esto avanzaba a marcha forzada. Sus compañeros
del taller presenciaron esa escena tan embarazosa, nunca habían visto al jefe
así, titubeando tanto. Ellos aún eran unos mocosos que no entendían la
trayectoria y el impacto de un amor pasado, sin embargo, estaban curiosos y
pensativos.
–¿Quién será esa mujer? Pensaban los entrometidos y
mirones trabajadores. Algo completamente opuesto a su maestro mecánico; una
mujer refinada y culta, además de hermosa, y con personalidad nata.
Así fue su reencuentro, breve pero intenso. Pasaron
los días, él se sentía inseguro y temeroso pues desde ese día, seguía pensando
más en ella, recordando sus mejores momentos vividos, lo que los había unido en
aquellos años. Quería verla una vez más, pero no en las condiciones en que lo
vio en ese primer encuentro embarazoso.
A su vez, ella comenzó a buscar una excusa para
regresar hacia él, pues también se había encendido la chispa de sus recuerdos.
Después de pensarlo tanto, volvió con el pretexto de enseñarle las fotos que
había tomado ese día en el taller. Como él la esperaba en su interior, evitaba
trabajar y ensuciarse, de hecho, decidió sólo revisar los trabajos de sus
subordinados, no meterles mano a los motores de los automóviles.
Cuando por fin ella apareció, él la recibió de manera
distinta. Su lenguaje corporal ya era diferente. Él la pasó a la oficina y ahí
estuvieron por un gran rato. Ese fue el inicio de las frecuentes visitas de
ella. Y a él se le veía muy entusiasmado por su presencia, se le veía sonriente
y distraído.
No obstante, a los trabajadores no les gustó la intromisión
de la fotógrafa, aunque era muy bonita y carismática, comenzaron a verla con
malos ojos.
Pasaron las semanas, ella seguía en ese pueblucho,
permaneciendo cerca de él. Guardaba esperanzas. Hasta que un día no resistió
más, tomó la iniciativa para dar el siguiente paso. Siempre fue franca y
decidida, así que, después de verse en varias ocasiones, le dijo con un tono de
voz impositiva:
–¡Vámonos! ¡Dejemos todo y comencemos una nueva vida
juntos! Olvídate de lo que hay aquí y retomemos nuestro amor de juventud.
Podemos ser felices todavía.
Él se quedó indeciso y desubicado con esa repentina
propuesta. Le atraía mucho la idea de irse con su primer amor. Él en verdad la
había amado, la había extrañado durante años, pero, ¿dejar todo? ¿Cómo podría
explicárselo a una mujer que lo esperaba todos los días en su casa? Una buena
mujer que también lo amaba y le era incondicional.
Él constantemente pensaba, ¿se puede amar a dos
mujeres al mismo tiempo? No. Siempre se ama más a una que a la otra, y él tenía
clara su respuesta. Pero, además, ¿cómo podría abandonar a un pequeñito que lo
abrazaba con ternura cuando él llegaba del trabajo, y le decía tiernamente
“papá”?
El día y la hora ya estaban fijados. Tenía que ser
así, o él llegaba o ella se iba para siempre. Pero el amor se trata de
sincronización, de armonía, de orden, de paz.
El tiempo pasó rápidamente y la fecha llegó. Él seguía
aún con esa gran indecisión. Sus compañeros que ya sabían lo que pasaba,
estaban terriblemente preocupados. Su gran jefe, ya les había dado claras
instrucciones de qué hacer para que el taller siguiera funcionando sin él.
Tenía todo listo para su partida. Hizo llamadas, pagó
deudas, y dejó todos los pendientes a su mejor trabajador, al de confianza, con
el cual se estaría comunicando regularmente. Compró una maleta y ropa nueva, la
cual estaba en el taller. Todo en lo encubierto, en lo secreto, en la
clandestinidad, mientras su vida familiar, marchaba con total normalidad. Sin
ninguna sospecha de lo que estaba pasando en realidad.
Pero él aún no estaba completamente convencido.
Deseaba tanto estar con su amor idealizado, con lo que tanto soñó y ahora
estaba tan cerca de alcanzarlo. Ya
estaba listo, tenía todo preparado, pero una hora antes, estaba extremadamente
nervioso, daba vueltas y vueltas dentro la oficina, hasta que, por fin se sentó
en el sofá y con las manos en su cabeza, intentaba convencerse de qué era lo
que debía hacer. Porqué le estaba costando tanto decidirse; ¿acaso pensaba en
el amor sincero de su mujer? ¿o en la inocencia de un hijo abandonado por su
padre? Su conciencia lo estaba atormentando cruelmente.
De repente alzó la vista, y vio a sus trabajadores,
todos tristes y serios, con la radio apagada. Desde que ella había aparecido,
la alegría en el taller se había esfumado.
Así que comenzó a sopesar el peso de su gran decisión, y después de casi
llegar al borde de la locura y la desesperanza, y otra vez con el corazón roto,
llegó a la siguiente resolución: Sacrificar la integridad y no sólo la propia,
sino la de los demás, ¿realmente vale la pena? Y entonces pensó: “Hay veces en
que las victorias no se celebran con aplausos, sino con la conciencia
tranquila. A veces es mejor retirarse a tiempo, aunque duela demasiado”.
Y así él regresó a su casa, con un gran dolor en el
pecho y con los ojos llorosos, pero su leal esposa y su hijito lo recibieron
con una gran sonrisa y una deliciosa cena.

Comentarios
Profe yo no sé nada de talleres, sólo he estado en uno, con el profe Frías, me falta mucho aún por aprender.
Muchas gracias por su comentario y por sus palabras, como siempre muy motivadoras.
Y por cierto, mis canciones favoritas de José María Napoleón son, a mis 30 años y Porque Te Quiero Andaré, amo esas canciones...
Saludos hasta los Mochis!!!