Semana Nacional de Juegos Tradicionales Mexicanos
“Ese caluroso medio día de viernes... Vi reunidas a un montón de niñas encantadas por volver a salir a jugar"
ALMAS LLENAS
Mia Estefanía
Beltrán Beltrán
Pocas veces quiero volver a mi niñez, me lo tengo
prohibido pues jamás quiero salir de ahí.
La mañana del viernes se me antojaba simple, ir a la
universidad, tomar clases, jugar en clase del maestro Frías, esperar que
lleguen a la salida por mí, ir a casa, arreglarme por la tarde para el
cumpleaños de mi abuela… ¿Jugar?
¿Qué tenía que ver mi mañana con jugar? No lo tenía
bien claro. Días antes nos habían hablado de la Semana Nacional De Juegos
Tradicionales Mexicanos, pero con la misma emoción que escuché a todas mis
compañeras decir ¡Sí, deberíamos traer juegos y reunirnos a jugar!, en el fondo
pensé: Será otra mañana normal de viernes.
¿A qué estaba bien equivocada...?
La mañana durante la clase del maestro Frías la
explanada de mi universidad se llenó de risas, nos declarábamos la guerra unas
a otras jugando al stop, las muchachas corrían de un lado a otro evitando ser
quemadas con una pelota, en otro extremo alumnado de otros salones bajaba para
meterse a saltar la cuerda, jugaban al balero, al trompo, al avioncito, al
elástico, a ponerle la cola al burro.
De vez en cuando alguna persona mayor o trabajadores
de la universidad, se acercaban a dónde estábamos para decir que en sus tiempos
lo que nosotros jugábamos se jugaba diferente.
Por momentos yo me quedaba en mi lugar para poder ver
a las demás, nadie parecía querer dejar de jugar, todo el mundo reía, faltaban
lugares en los juegos pues nos peleábamos por jugar al mismo tiempo, se sentía
en el ambiente una ligereza que no sabía que extrañaba hasta que la sentí.
¡Ahhhh! cuánto
desee volver a esos recreos en la escuela donde ni siquiera nos importaba
merendar; 30 minutos debían alcanzarnos para jugar una ronda de todos los
juegos que se nos ocurrieran. Por supuesto que siempre teníamos hambre al
regresar al aula de clases, volvíamos despeinados, de cachetes colorados y con
las rodillas raspadas pues nunca faltaba quien jugando se caía o el par de
compañeros que chocaban uno con otro mientras iban corriendo… pero no
importaba, éramos felices, aunque tuviéramos que comernos nuestro juguito y
nuestras galletitas en un rincón para que la maestra no nos regañara.
Ni siquiera había pasado media clase para cuando
nosotras ya estábamos todas chapeteadas de las mejillas, poco a poco las
personas que no eran de nuestro grupo fueron regresando a sus salones, por ahí
alguien dijo que nos fuéramos a la cafetería a jugar lotería…. Pero por mucho
calor que tuviera yo aún quería jugar avioncito, aún no me había recorrido
todos los juegos L
En la cafetería jugamos lotería un buen rato, la
directora de la Unidad Culiacán, la maestra Mayra; estuvo un par de rondas con
nosotras viendo que hacíamos, ¡Hasta las cartas de la lotería dio!, de vez en
cuando se escuchaba que peleaban el chorro, cuatro esquinas, la llena y el
centrito, no bastaban las rondas para ganar todas.
Antes de irnos a casa nos comimos una rica torta de
cochinita que nos compró la directora Mayra con su respectiva coca bien helada que
el maestro Frías nos regaló.
Mientras merendábamos la señora de la cafetería nos
dijo que como cambiamos cuando estábamos jugando y cuando estábamos comiendo, pues
mientras comíamos no se escuchaba ni un solo pío.
Entre broma y risas la línea entre la adultez y la
niñez terminó de desdibujarse.
Ese caluroso medio día de viernes no vi en aquella mesa
sentadas junto a mí a las mismas chicas con las que comparto clases todos los
días.
Vi reunidas a un montón de niñas encantadas por volver
a salir a jugar.
No importaba ni el calor, ni la hora de salida, nadie
parecía preocupada por llegar a su trabajo, ni por entregas, parecíamos
sentirnos libres, más niñas, más felices.
Estábamos presentes.
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