“Se me metió al oído, en una noche que había llovido mucho. Ahí vivió calientito por tres largos días, hasta que ya no soporté tanto dolor"


 



LA MUERTE DEL GRAN CABALLO

 

Marité Ibarra  

 

Era todo un gran caballo, con patas largas y afiladas. Era arrogante y se paseaba altivamente por esos senderos estrechos y sinuosos. Se creía el dueño del lugar; no permitía siquiera que otras criaturas pisaran su territorio. Además, era un caballo muy malo, abusaba de su poder y causaba mucho daño.

Finalmente, le dieron muerte. Lo mató un doctor, ahogándolo. Recibió su merecido por todo el dolor que causó. Después de que el médico lo ahogara, le arrancaron las patas y luego lo despedazaron. Así tenía que morir, pues no había otra manera de sacarlo de donde vivía, ya que era un lugar de difícil acceso. Este soberbio caballo vivió muy poco porque, si seguía con vida, habría hecho más daño y hubiera causado más dolor.

El caballo al que me refiero era un animalito de la luz que se me metió al oído, en una noche que había llovido mucho. Ahí vivió calientito por tres largos días, hasta que ya no soporté tanto dolor.

Parece mentira que un animalito tan pequeño dentro de mi oído se asemejara a ese gran caballo de enormes patas, paseándose engreídamente por mi conducto auditivo, moviendo el martillo, sentándose en el yunque y estribo, y alimentándose de mi valiosa cerrilla.

Era un desgraciado, pues no quería salir, ya que se encontraba muy a gusto, a una temperatura muy agradable y con muchas comodidades. Pero causó un tremendo dolor en esa parte tan delicada y sensible que es el oído. Finalmente, salí triunfante y se le dio la merecida muerte a ese caballo arrogante.   

Comentarios

La vida, estimada Marité, nos depara sorpresas y circunstancias que, a veces, no alcanzamos a comprender, como ésta que nos cuentas en tu relato de un caballo que entró en tu oído como Juan entra por su casa.
Sería interesante conocer los pormenores del incidente, porque el oído es una parte muy sensible del cuerpo y un caballo con esas patas afiladas, debió de molestar desde el principio.
Saludos y felicitaciones por tus relatos, siempre con su toque literario.
Eres una de las más prolíficas y creativas colaboradoras de este Blog, que por su edad, ya debiera de estar en la Primaria
Tu amigo, José Manuel Frías Sarimiento
Marité Ibarra dijo…
Profesor Frías, tener un animalito o un insecto en el oído, es similar a tener un dinosaurio ahí, en ese lugar tan sensible. Además del dolor que causa es sumamente incómodo. Todos los sonidos se agrandan, se intensifican. Y a veces no sé salen solos, se tienen que sacar a pedazos.
Muchas gracias por publicar este texto tan viejito y por su valioso comentario.
Saludos profesor!!!

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