“Recuerdo perfectamente la tarde en que llegaron. Era un verano ardiente. Cayó una tromba inesperada. Yo estaba sentado en la terraza con una taza de té.  Me tocó verlos cuando llegaron..."



 



CREO QUE MI VECINO ES UN REPTILIANO

 

Marité Ibarra

 

Recuerdo perfectamente la tarde en que llegaron. Era un verano ardiente. Ese día había llovido muchísimo, cayó una tromba inesperada. Para todos fue una bendición, pues después de tantos meses de sequía, esta lluvia fue un regalo divino.

Todo estaba mojado; el pavimento, algunas calles inundadas, pero en medio de esa tormenta ellos aparecieron. Llegó un gran camión de mudanzas, después llegó otro y otro más. Traían muchas cosas. Yo estaba sentado en la terraza con una taza de té, observando el panorama de las calles y la débil llovizna que aún quedaba de esa tormenta. Me tocó verlos cuando llegaron a nuestro residencial. Aquella casa apenas se había desocupado cuando, de pronto, esa familia ya se estaba instalando ahí.

La familia bajó del primer camión. Eran tres; los padres y un hijo como de la edad de mi hija. Todos eran enormes, muy altos y corpulentos, incluida la mujer. Mi primera impresión fue que se ejercitaban mucho, eso me llamó la atención.

Me levanté de mi silla y me recargué en la pared, para observar mejor. Vi cómo los hombres de la mudanza bajaban todo. Me di cuenta de que tenían buen gusto, ya que sus muebles eran muy elegantes y de calidad. Eso me agradó. Tendríamos unos vecinos acordes a nuestro nivel.

Después bajé para decirle a mi esposa y a mi hija que habían llegado nuevos vecinos, que sería buena idea ir a darles a dar la bienvenida. Ellas dijeron que sí, que sería un buen gesto de recibimiento. Cuando la lluvia terminó, decidimos ir a conocer a esos nuevos vecinos. Mi esposa había preparado un delicioso pan de elote, que era su especialidad, como muestra de hospitalidad.

Los tres llegamos a la puerta de su casa y tocamos el timbre. Se tardaron en abrir, pero cuando lo hicieron, los tres miembros de la familia salieron a ver quiénes éramos. Yo me presenté amigablemente. Les dije mi nombre y el de mi esposa e hija. Les comenté que vivíamos enseguida de su casa y que yo había visto cuando llegaron. Ellos, por su parte, llevaban puestas chaquetas como si estuviéramos en pleno invierno. Es cierto que el clima se había refrescado un poco por la lluvia, pero no tanto como para traer ese tipo de ropa. Pensé que eran un tanto excéntricos.

Cuando nos presentamos, ellos también lo hicieron, pero de manera fría y reservada. Solo dijeron que eran la familia Tai. No dijeron nada más de ellos. Por mi parte, traté de hacer algunas bromillas para relajar el ambiente, pero como que no las entendieron. Se me hicieron un poco antisociales.

Me di cuenta que estaban instalando una preciosa lámpara, carísima de hecho. Traían taladros, tornillos y herramientas para fijarla. Sin embargo, no vi ninguna escalera y el techo estaba demasiado alto. Me ofrecí a ayudar, pero ellos se negaron. Agradecieron el regalo del pan y dijeron que estaban muy ocupados.

Entendimos el punto. Se acababan de mudar, así que era mejor retirarnos. Lo que sí comprobé fue que sus muebles realmente eran de primera. Fueron poco amigables, aun así, quería saber más de ellos.

Mi esposa e hija dijeron que eran muy serios, pero que era normal porque no conocían a nadie. Mi mujer dijo que sería bueno invitarlos a cenar y conocerlos más. Dijo que, aunque los tres eran muy altos y fuertes, tenían elegancia para vestir y para seleccionar sus muebles. Mi hija, por su parte, se mostró indiferente, pero dijo que el muchacho de la familia Tai tenía bonito color de ojos.

Transcurrieron los días. Yo, de vez en cuando, salía a la terraza para observar cómo iban en su acomodo, pero siempre las cortinas estaban cerradas. No lograba ver nada. Tenía curiosidad por saber cómo se veía la lámpara y cómo habían acomodado sus muebles. También quería saber en qué trabajaba él y a qué universidad iba su hijo.

Recordé la propuesta de mi esposa y decidí que era momento de hacer la invitación a cenar. Le comenté a mi mujer. Ella dijo que estaba bien y que hablaría con la servidumbre para preparar un gran banquete. Le dije que lo hiciera elegante. Quería que supieran que yo también tenía buen gusto. Ella solamente sonrió y me aseguró que todo estaría bien, que no me preocupara.

Cuando llegó el momento de invitarlos, fui personalmente a su casa. Toqué el timbre y salió el vecino. Le sonreí amablemente. Él, muy serio, me preguntó qué se me ofrecía. Le dije que mi familia y yo los invitábamos a cenar el próximo sábado. Él se quedó pensativo. Después salió el hijo y dijo que sí aceptaban la invitación. El papá se le quedó viendo desconcertado y el muchacho le dijo:

—Relájate papá. Todo va a salir bien.

Después justificó la actitud de su padre, diciendo que era muy penoso y que no le gustaba estar en casas ajenas.

Yo les dije que los esperaba a las ocho de la noche en mi casa.

Esa noche nos esforzamos mi esposa y yo en todo, hasta en los pequeños detalles. Le dije a mi hija que se arreglara bien para la cena. Ella un tanto molesta, dijo que lo haría.

Cuando llegó la hora sonó el timbre. Eran exactamente las ocho en punto. Fueron muy puntuales, eso me pareció excelente. Personalmente les abrí la puerta y los hice pasar. Traté de ser muy amable porque, después yo esperaba ir a su casa y observar de cerca todo lo que tenían. Por su parte, ellos fueron muy propios, muy rectos en su forma de sentarse y en su manera de expresarse.

Como casi no hablaban, mi familia tomó la iniciativa. Mi hija le preguntó el nombre al joven Tai y se lo llevó al jardín. Mientras tanto, mi esposa y yo nos quedamos con el matrimonio. Mi mujer se sentó cerca de la señora Tai y comenzó a platicar con ella. Yo me acerqué al vecino para hablar de sus negocios y preguntarle cómo había llegado a nuestro residencial.

Él mencionó que le gustó la zona y la ubicación y que, sin dudarlo compró la casa. Aunque tenía otras propiedades en distintos sectores de la ciudad, decidió vivir allí. Le pregunté a qué se dedicaba y me dijo solamente que tenía algunas actividades comerciales, pero nunca me dijo de qué. Sobre mi duda de su apellido, me explicó que eran descendientes directos de vietnamitas, ahí creí entender el tono bronceado de su piel. Como lo vi un tanto incómodo, decidí ya no preguntarle más. Confié en que mi esposa e hija me darían más información sobre ellos.

Llegado el momento de la cena, todos nos sentamos en el comedor, a media luz. Mi hija pareció llevarse bien con el hijo Tai y mi esposa con la señora Tai. Yo no tuve muchos avances con el señor, pero con lo que me dijo me bastó.

La servidumbre sirvió la comida de tres tiempos. Me dio la impresión que los Tai se esforzaban por comer adecuadamente. Comían muy despacio, más de lo normal diría yo, y en completo silencio. Mi hija puso música suave para hacer más llevadera la cena, porque los silencios eran realmente incómodos. Cuando por fin terminamos de cenar, ocurrió algo extraño. Los tres se miraron al mismo tiempo de una manera diferente. Una especia de señal silenciosa que no logré comprender. De repente, el papá dijo que ya se retirarían.

Mi esposa y mi hija les pidieron que se quedaran un poco más, pero ellos se negaron, incluso el hijo. Después agradecieron la cena y se fueron. Nunca nos dijeron si les había gustado los platillos servidos. Yo me sentí ofendido porque fueron demasiado fríos e indiferentes, sobre todo el señor Tai.

Después mi familia y yo nos sentamos en la sala para platicar de ellos. Mi hija me dijo que el hijo estudiaba finanzas en una universidad privada, pero nunca le dijo en cuál. Me contó que era muy callado, aunque no tanto como sus padres. Según ella, simplemente eran muy tímidos.

Mi esposa mencionó que la señora Tai era escritora, que siempre estaba escribiendo cosas, historias y cuentos. Se inclinaba por la ciencia ficción y le fascinaban los extraterrestres, pero que nunca había publicado nada, que eran solo textos para ella. Eso a mi mujer le pareció encantador. En cuanto a su esposo, solo dijo que tenía algunos negocios en el extranjero y que su hijo estudiaba en una universidad. También para ellas había sido difícil obtener más información.

Yo me sentí disgustado con las actitudes de esa familia. Me parecían muy raros y engreídos. Y comencé a criticarlos. Aproveché el momento y les pregunté si no habían visto cómo los tres se habían mirado simultáneamente después de terminar de cenar. Me pareció ver que tenían una especie de código o algo parecido y que, de repente, decidieron marcharse. Pero ellas me dijeron que no vieron nada, que quizá eran figuraciones mías. No sé por qué, pero algo comenzó a molestarme de ellos.

Los días siguieron su curso y yo tuve que viajar al extranjero debido a la expansión de mis negocios. Mi hija y esposa se quedaron, no desearon acompañarme en esta ocasión. Veinte días después regresé, emocionado por el éxito que había tenido y por lo bien que me había ido. Ellas me recibieron en casa. Yo apenas comenzaba a hablarles del viaje cuando mi hija me interrumpió. Me dijo que tenía que salir, que iría a comer con el joven Tai. Todavía estaba procesando aquella información cuando mi esposa me dijo que ella iría a la casa de los Tai porque había quedado de platicar con la señora sobre unos textos que recién había escrito. Eso me tomó de sorpresa. ¿En qué momento mi familia se había acercado tanto a esos vecinos?

Le reclamé a mi esposa por qué no me había dicho nada durante las llamadas que tuvimos. No sabía que se habían acercado a los Tai. Ella me respondió que, como yo estaba molesto con ellos, decidió no decirme nada hasta que regresara.

Ahora resultaba que mi hija era muy amiga del hijo de esa familia y mi mujer de la esposa. Sentía que me había perdido en esa transición. Así me quedé solo, recién llegado del extranjero, con tantas cosas que quería decirles. Me sentí abandonado, pero, a la vez, estaba muy intrigado. ¿Qué había sucedido realmente cuando yo no estaba?

Mi hija era muy sociable y mi esposa una ávida lectora de novelas. Probablemente se habían acercado de alguna manera, pero ¿cómo?

Esperé sentado en la sala hasta que las dos regresaron. Primero llegó mi hija, muy contenta. Le ordené que se sentara y me explicara cómo había comenzado a salir con ese joven. Ella me dijo que simplemente habían coincidido en una plaza comercial, habían platicado y después acordaron en salir. Le pregunté si era la primera vez. Ella me dijo que no. Era la cuarta vez que salían. ¡La cuarta vez! Y no me había dicho nada. Me respondió que me relajara, que no fuera tan exagerado. Esas palabras no eran propias de ella.

Comenzaba a molestarme cuando, en ese momento, llegó mi esposa con unas hojas en las manos. Le dije que se sentara. También quería platicar con ella. De mala gana, se sentó. Le pedí explicaciones de cómo se había relacionado con la señora Tai y de por qué incluso ya había ido sola a su casa. Ella me dijo que me relajara. ¡Otra vez esa palabra! Primero el muchacho Tai, después mi hija y ahora mi esposa. Siguió diciendo que sabía que me iba a enojar porque sentía que me caían mal.

—¡Por supuesto que me caen mal! ¡Son unos raros y engreídos!­ — Les dije.

Las dos, casi al mismo tiempo, me dijeron que les diera otra oportunidad. Eso me enfureció aún más. Las dos, también molestas, se fueron a sus respectivas recámaras. Me fui detrás de mi esposa. Ella me dijo que ya me tranquilizara, que estaba exagerando las cosas, que los Tai habían resultado ser unas personas muy agradables. Después se sentó en el sofá para comenzar a leer las hojas que traía. Me acerqué a mi mujer y se las arrebaté. Se incomodó y me dijo que se las devolviera. Le pregunté qué eran. Me respondió que era el primer capítulo de una novela en la que estaba trabajando su amiga escritora.

—¿Amiga? —le dije con ironía.

Comencé a leer las primeras líneas, pero no logré comprender nada, quizá porque todavía estaba furioso.

Mi esposa me dijo que era una novela de romance entre un alienígena y una humana.

—¡Pero qué tontería es esa! —protesté inmediatamente.

Mi mujer me quitó las hojas y se salió del cuarto muy enojada. Incluso me llamó ignorante. Yo me quedé solo y me tiré a la cama. Sin pensarlo, me quedé dormido unos instantes. Cuando desperté, me di cuenta que estaba solo. Mi esposa y mi hija se habían ido de nuevo. Le pregunté por ellas a la señora de la limpieza y me dijo que se habían ido con los vecinos nuevos.

De nuevo me molesté. Se me debió notar en el semblante, porque la trabajadora me dijo:

–Señor, relájese. Ahorita vienen.

¡Otra vez la misma cantaleta! Eso me encendió otra vez. Me subí apresuradamente a la terraza para tratar de ver o escuchar algo, pero las cortinas seguían igual. ¡No podía ver nada!

Estaba desesperado. Iba a ir a buscar a mis mujeres a la casa de los Tai, cuando recordé que en la azotea había una ventana donde podía observar mejor mis alrededores. Subí sin pensarlo. Al llegar ahí, moví algunas cosas para tener acceso directo a la ventana y desde ahí me asomé a la casa de los Tai. Entonces pude verlo. El vecino estaba asoleándose sobre una enorme piedra. De hecho, había tres grandes rocas. Se veían pesadas y porosas. ¿Asoleándose en pleno verano?

El vecino estaba completamente quieto encima la piedra, boca arriba, dejando que el sol le diera de lleno. Posaba semidesnudo, solo llevaba unos lentes. ¡Qué extraño!, pensé. Y como había tres piedras, pensé que quizá había una para cada quién.

Yo lo estaba viendo cuando, repentinamente, se quitó los lentes y miró hacia la ventana de la azotea de mi casa, precisamente donde estaba yo. Me asusté y reaccioné de inmediato. Me agaché para que no me viera. Cuando volví a levantarme para observar, el señor Tai ya no estaba.

Rápidamente bajé de la azotea y salí de mi casa a buscar a mi esposa e hija. Llegué a la puerta de los vecinos y toqué el timbre varias veces. Salió mi esposa. Llevaba una sonrisa, pero cuando me vio, se le borró. Le ordené que salieran las dos de inmediato. Vi que mi hija bajó por las escaleras, me imaginé que estaba en uno de los cuartos. Solo yendo yo, pude sacarlas de allí.

Cuando llegamos a la casa, les dije que no me sentía nada cómodo con esos vecinos. También les comenté lo que había visto en la azotea, que el señor Tai parecía una iguana asoleándose de esa manera. Ellas también estaban muy molestas, me dijeron que yo era un paranoico y un grosero.

Les advertí que ya no fueran a esa casa. No me gustaba esa confianza que habían desarrollado en tan poco tiempo. Volví a repetirles que eran muy extraños y que no los quería cerca de ellas. Mi esposa me dijo que no podía prohibirles tener amistad con los vecinos. Seguía insistiendo en que eran personas agradables y que yo era el raro.

Después de esa acalorada conversación, cada quien siguió con sus actividades dentro de nuestra casa. Yo subí nuevamente a la recámara. Ahí estaba mi esposa leyendo esas ridículas hojas, pero no le dije nada para no seguir discutiendo. Poco después se quedó dormida. Aproveché el momento para quitarle las hojas y leerlas. Leí todo, de principio a fin. Ahora sí pude comprender de qué se trataba esa novela y sentí un escalofrío horrible cuando terminé.

El primer capítulo de esa historia trataba de una familia que había llegado a una nueva ciudad. Pero esa familia eran unos extraterrestres, precisamente unos lagartos disfrazados de humanos. Y pronto conocían a unos vecinos ridículamente amigables que tenían una hermosa hija, muy sociable y agradable, la cual había sido elegida para el apareamiento y la reproducción del hijo.

¡Quedé en shock al leer esto! En ese preciso momento recordé una antigua conversación que había tenido en un bar con un desconocido que me había hablado sobre ese tipo de extraterrestres. Los llamó: reptilianos. Según él, eran seres parecidos a reptiles o serpientes que tomaban apariencia de humanoides para camuflarse. Podían estar o aparecer en cualquier lugar. ¡Incluso podían llegar a ser nuestros vecinos!

Entré en pánico. Aquella novela comenzaba exactamente igual que cuando conocimos a esa rara familia. Estaba muy bien escrita y detallada. Todo encajaba. Nosotros éramos los vecinos ridículamente amigables y querían a mi hija para que su hijo se apareara con ella. Comencé a tener pensamientos perturbadores.

De inmediato comencé a buscar información sobre los reptilianos. Nunca pensé que llegaría a hacerlo, pues consideré loca a esa persona del bar que me habló de ellos. Ahora todo cobraba sentido. Las chaquetas en pleno verano, el señor Tai asoleándose, las tres piedras, la forma en la que se habían mirado durante la cena, las cortinas siempre cerradas, la lámpara sin escaleras y su forma rara de ser. Eso podría tolerarlo. Pero que quisieran a mi hija para aparearse con el hijo de ellos, ¡eso no lo iba a permitir!

No sabía qué hacer. Podía reclamarle a mi esposa, prohibirles completamente el trato con ellos o incluso mudarme. Pero mi hija pronto saldría de la universidad. Traté de tranquilizarme y de pensar bien las cosas. Ya no quería discutir con mi esposa. Primero tenía que pensar bien antes de actuar.

Estaba sentado en el sillón, agachado y con las manos sobre la cabeza, cuando mi esposa despertó. Me preguntó si estaba bien. Le dije que estaba preocupado. Comenzaba a hablarle de lo peligrosos que podían ser los Tai, pero ella me interrumpió y me dijo algo que, en ese momento, me pareció mucho más alarmante de lo que ella imaginaba.

Me comentó que había notado que, al hijo de los Tai, al parecer, le gustaba nuestra hija. Me dijo que el muchacho era un excelente partido. Era hijo único, demasiado rico y, sobre todo, la trataba bien. Además, a los padres también les gustaba nuestra niña. Me contó que, cuando yo no estaba, la señora Tai las había visitado e invitado a ir de compras, y ellas aceptaron. Por allá en una de las plazas comerciales, se encontraron con el hijo. Luego se fueron a comer juntos y el muchacho las acompañó por el resto de la tarde. Ellas dejaron a los chicos conversar, mientras la señora Tai y mi esposa comenzaron a hablar de libros y novelas. Las dos habían hecho muy buena química, y hasta se hicieron amigas, que la literatura las había unido. También hablaron de la riqueza del señor Tai y de que todo lo que tenían —dinero, inmuebles, negocios y propiedades— y absolutamente todo les sería heredado a su amado hijo.

En ese momento le dije que eso no sería posible. Le pregunté si ya había leído la novela de su “amiga”. Ella dijo que sí, que estaba muy interesante. Le pregunté que si no notaba algo raro en lo que escribió. Mi esposa me respondió que ya sabía a lo que me refería. Que las similitudes que había encontrado en la historia, según ella, eran pura fantasía. Como a la señora Tai le gustaba mucho la ciencia ficción, simplemente se había inspirado en nosotros para crear una novela.

A mi esposa le pareció algo inofensivo y hasta gracioso. Me dijo que su amiga tenía talento y creatividad para escribir. Traté de convencerla de que aquello no estaba bien. Le platiqué lo del señor del bar y los reptilianos, pero ella me dijo que era un inculto si creía en esas cosas. Intenté razonar con ella, pero por más traté, no pude. Me di cuenta de que no contaría con mi mujer. Ella seguía obsesionada con los Tai y sus riquezas.

Decidí hablar con mi hija sobre el joven. Cuando llegué a su recámara, antes de tocar la puerta, la escuché hablando con alguien. Creí que estaba en el celular, pero la voz se escuchaba dentro de su cuarto. Así que pegué mi oído a la puerta y pude reconocer claramente la voz del hijo Tai. Inmediatamente abrí y los vi a los dos muy juntitos, sentados en la cama.

¡Me molesté muchísimo! No me explicaba cómo había llegado hasta allí si nunca había escuchado el timbre. De inmediato le ordené al joven que se fuera, le dije claramente que no lo quería cerca de mi hija. Mientras tanto, mi hija trataba de controlarme. Ahí mismo a ella le prohibí tajantemente que volviera a encerrarse con cualquier chico en nuestra casa. Por tanto alboroto, mi esposa llegó a la escena del escándalo y preguntó qué había pasado.

Le platiqué todo lo sucedido. Ella abrazó a nuestra hija y le preguntó que si ya eran novios. Ella dijo que sí. En ese preciso instante exploté. A las dos les advertí que no quería ningún tipo de relación con los Tai, y que yo no aprobaba ese noviazgo. Mi hija comenzó a llorar, y ella y mi esposa se encerraron en el cuarto para platicar sobre lo sucedido.

Yo no entendía como el joven Tai había llegado hasta la habitación de mi hija. No obstante, estaba decidido a investigarlo. Revisé las cámaras y pude ver que no había entrado por la puerta principal. No entendía cómo había entrado, si mi casa tenía alta seguridad. Pero nadie contaba con que tenía varias cámaras ocultas. Me metí a revisarlas, y no vi nada fuera de lo normal. Por ningún lado pude ver cómo había llegado a la recámara de mi hija. Investigué en la cámara posterior y solo vi a una iguana acechando la ventana del cuarto de ella. Y de repente ya no estaba.

Miré cuadro por cuadro las grabaciones y nunca pude ver cómo había entrado ni tampoco cómo había salido. Eso me hizo pensar que todavía estaba dentro de la casa. Me puse muy nervioso por lo que estaba sucediendo, pero tenía que encontrar una explicación. Así que comencé a buscar en cada habitación, debajo de las camas, en los clósets y en cada recoveco de la casa. Revisé todo, pero no encontré nada.

Cuando regresaba a la habitación de mi hija para preguntarle exactamente cómo había aparecido el joven Tai en su cuarto, la vi de nuevo. Era la iguana, la misma que había visto en los videos.  Pero ahora estaba dentro de mi casa y cerca de la recámara de mi hija.

Entonces comprendí que algo no andaba bien. ¿Cómo había entrado aquel animal a mi casa? Intenté atraparlo por todos los medios. Le pedí ayuda a la señora de la limpieza y, en medio del alboroto, tiramos varias cosas. Ella gritaba constantemente y, por todo ese bullicio, mi esposa y mi hija salieron de sus habitaciones apresuradamente. Al ver lo que estaba pasando, las dos se subieron a los sillones y también comenzaron a gritar.

Aquel reptil era muy hábil y escurridizo. Parecía que estaba jugando conmigo, como si supiera perfectamente que yo quería atraparlo. Después de varios intentos, finalmente logré alcanzarlo y con mucho esfuerzo pude aplastarlo con el pie. Le remolí la cabeza con todas mis fuerzas. No supe de dónde me salió tanta energía.  Nunca en mi vida había matado a ningún animal.

Fue entonces cuando escuchamos que alguien entraba a la casa. Eran los Tai.

No habían tocado el timbre ni habían avisado que venían. Simplemente aparecieron en nuestra sala, desesperados, buscando a su hijo.

El señor Tai miró hacia todos lados y después clavó los ojos en mí.

Mi esposa, mi hija y la señora de la limpieza comenzaron a llorar por todo lo que acababa de pasar. Yo todavía estaba tratando de recuperar el aliento. Miré al animal muerto en el piso, lo recogí y, sin pensarlo, se lo aventé al señor Tai.

Él lo recogió inmediatamente. La señora Tai comenzó a gritar desconsoladamente al verlo. Por un instante surgió un silencio aterrador.

Yo esperaba que me reclamaran, que me preguntaran qué había sucedido, pero no lo hicieron. El señor Tai solamente sostuvo al animal entre sus manos y lo miró fijamente.

Después dirigió la mirada hacia mí.

—No debió hacerlo —dijo.

No entendí exactamente a qué se refería. Después se fueron de nuestra casa sin decir nada más. La señora Tai no paraba de llorar.

Todos nos quedamos callados. Extrañamente nadie dijo nada. La señora de la limpieza recogió el desorden y limpió la sangre que había quedado en el piso. Mi esposa y mi hija se fueron, cada una a su cuarto. Yo me quedé solo, pensando en todo lo ocurrido.

A la mañana siguiente, la familia Tai ya no estaba en su casa. Se mudaron repentinamente. De la noche a la mañana desaparecieron. Eso fue sumamente extraño.

Pasaron algunas semanas y todo comenzaba a volver a la normalidad. Mi hija, poco a poco, volvía a dirigirme la palabra. Pero de los Tai ya no se habló en la casa.

En una ocasión, estaba buscando un medicamento que necesitaba cuando encontré, en el último cajón del buró de la recámara, el segundo capítulo de la novela de la señora Tai. De nuevo, un horrible escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿En qué momento había aparecido esto aquí?

Comencé a leerla rápidamente. Ahí leí que el joven de la familia reptiliana había muerto inesperadamente. Narraba, tal cual, lo acontecido aquel día, cuando sorprendí al hijo Tai dentro de la recámara de mi hija.

La novela describía claramente cómo había ingresado al cuarto de la hija de esa familia ridículamente amigable y cómo el padre de la misma había terminado con la vida de su hijo.

Mientras leía, sentía un miedo espantoso. Pero lo peor estaba por venir. Al acercarme al final del segundo capítulo, la historia decía que, aunque había muerto el hijo, pronto renacería en un nuevo descendiente. Un heredero de linaje reptiliano puro. Una descendencia real que continuaría con su labor aquí, en la Tierra.

Al leer eso, perdí fuerza en las piernas y me desplomé sobre la alfombra. El misterio de los Tai seguía vigente.

Pero ¿qué significaba eso de un linaje reptiliano puro? ¿Acaso mi mujer era…?

Yo seguía tirado en el piso, con las hojas entre las manos, tratando de entender lo que acababa de leer, cuando de repente, mi esposa entró a la recámara y me dijo:

Nuestra hija está embarazada.

Sentí que el corazón se me detenía. No pude responder.

Después, mi esposa se agachó junto a mí y me dijo al oído:

—Ella estará bien. Será la futura reina.

Luego sentí cómo una lengua afilada rozaba mi oreja. Me aparté de inmediato y la miré.

Ella solo sonrió. Se levantó y salió de la habitación.

Comentarios

Marité gracias por este excelente relato. Es una muy bien lograda pieza literaria, muy atinada en el tema tan presente em ciertos círculos esotéricos, ciencistas y casi intelectuales; y mucho más, cómo no, en los ámbitos literarios.
Me recordó, inevitablemente el cuento Vlad, de Carlos Fuentes, diría yo que cojean y galopan con el mismo pie.
Saludos, gracias y felicitaciones
José Manuel Frías Sarmiento
Marité Ibarra dijo…
Buenas tardes!!! Profe Frías pensé que no le había gustado mi texto, dónde sólo tenía una idea pero cuando me puse a escribir este fue el resultado, después fluyó por sí sólo.
Gracias por sus palabras, la verdad son un aliciente para seguir escribiendo historias, usted es el principal impulsor y por lo tanto sus comentarios son muy importantes.
Tengo otras historias que compartir, después lo haré...
Le agradezco mucho este espacio literario...
Le mando un fuerte abrazo!!!
Marité por supuesto que me agrada tu literatura, sólo que aunque pocos apoyen lo que hacemos, hay momentos en que llegan muchos textos y tengo que darle su espacio a todos, por eso es que me tardé con tu texto: además que me pediste lis publicara con mayor espacio entre ellos.
Saludos y felicitaciones
Anónimo dijo…
Mucha imaginación compañera Ibarra, la felicito por esta gran narrativa. De nuevo nos lleva línea por línea en su relato, eso, dicen los que saben de escribir que es muy bueno y es preludio de la aparición de una buena escritora. Me intrigaron los Tai desde el inicio. Siga deleitándonos con esa indiciaria narrativa. Le mando un abrazo desde Los Mochis.
Marité Ibarra dijo…
Gracias profe Frias, considero que su reconocimiento es muy importante para todos los escritores del Blog. Y sí le dije que primero publicara a nuestros compañeros antes que a mí y le agradezco mi espacio también.

Profe Adán gracias por su comentario, le agradezco mucho que me haya leído. Y esa familia Tai sí que eran sospechosos.
Uno hace lo que puede con las historias, a veces me que he quedado a medio camino hasta que vuelvo a escribir de nuevo lo que se me ocurre.
Profe Adán gracias por su opinión y de igual forma le mando un fuerte abrazo!!!

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