“Recuerdo perfectamente la tarde en que llegaron. Era un verano ardiente. Cayó una tromba inesperada. Yo estaba sentado en la terraza con una taza de té. Me tocó verlos cuando llegaron..."
CREO QUE MI VECINO ES UN REPTILIANO
Marité Ibarra
Recuerdo
perfectamente la tarde en que llegaron. Era un verano ardiente. Ese día había
llovido muchísimo, cayó una tromba inesperada. Para todos fue una bendición,
pues después de tantos meses de sequía, esta lluvia fue un regalo divino.
Todo estaba mojado;
el pavimento, algunas calles inundadas, pero en medio de esa tormenta ellos
aparecieron. Llegó un gran camión de mudanzas, después llegó otro y otro más.
Traían muchas cosas. Yo estaba sentado en la terraza con una taza de té,
observando el panorama de las calles y la débil llovizna que aún quedaba de esa
tormenta. Me tocó verlos cuando llegaron a nuestro residencial. Aquella casa
apenas se había desocupado cuando, de pronto, esa familia ya se estaba
instalando ahí.
La familia bajó del
primer camión. Eran tres; los padres y un hijo como de la edad de mi hija.
Todos eran enormes, muy altos y corpulentos, incluida la mujer. Mi primera
impresión fue que se ejercitaban mucho, eso me llamó la atención.
Me levanté de mi
silla y me recargué en la pared, para observar mejor. Vi cómo los hombres de la
mudanza bajaban todo. Me di cuenta de que tenían buen gusto, ya que sus muebles
eran muy elegantes y de calidad. Eso me agradó. Tendríamos unos vecinos acordes
a nuestro nivel.
Después bajé para
decirle a mi esposa y a mi hija que habían llegado nuevos vecinos, que sería
buena idea ir a darles a dar la bienvenida. Ellas dijeron que sí, que sería un
buen gesto de recibimiento. Cuando la lluvia terminó, decidimos ir a conocer a
esos nuevos vecinos. Mi esposa había preparado un delicioso pan de elote, que
era su especialidad, como muestra de hospitalidad.
Los tres llegamos a
la puerta de su casa y tocamos el timbre. Se tardaron en abrir, pero cuando lo
hicieron, los tres miembros de la familia salieron a ver quiénes éramos. Yo me
presenté amigablemente. Les dije mi nombre y el de mi esposa e hija. Les
comenté que vivíamos enseguida de su casa y que yo había visto cuando llegaron.
Ellos, por su parte, llevaban puestas chaquetas como si estuviéramos en pleno
invierno. Es cierto que el clima se había refrescado un poco por la lluvia,
pero no tanto como para traer ese tipo de ropa. Pensé que eran un tanto
excéntricos.
Cuando nos
presentamos, ellos también lo hicieron, pero de manera fría y reservada. Solo
dijeron que eran la familia Tai. No dijeron nada más de ellos. Por mi parte,
traté de hacer algunas bromillas para relajar el ambiente, pero como que no las
entendieron. Se me hicieron un poco antisociales.
Me di cuenta que
estaban instalando una preciosa lámpara, carísima de hecho. Traían taladros,
tornillos y herramientas para fijarla. Sin embargo, no vi ninguna escalera y el
techo estaba demasiado alto. Me ofrecí a ayudar, pero ellos se negaron.
Agradecieron el regalo del pan y dijeron que estaban muy ocupados.
Entendimos el
punto. Se acababan de mudar, así que era mejor retirarnos. Lo que sí comprobé
fue que sus muebles realmente eran de primera. Fueron poco amigables, aun así,
quería saber más de ellos.
Mi esposa e hija
dijeron que eran muy serios, pero que era normal porque no conocían a nadie. Mi
mujer dijo que sería bueno invitarlos a cenar y conocerlos más. Dijo que,
aunque los tres eran muy altos y fuertes, tenían elegancia para vestir y para
seleccionar sus muebles. Mi hija, por su parte, se mostró indiferente, pero dijo
que el muchacho de la familia Tai tenía bonito color de ojos.
Transcurrieron los
días. Yo, de vez en cuando, salía a la terraza para observar cómo iban en su
acomodo, pero siempre las cortinas estaban cerradas. No lograba ver nada. Tenía
curiosidad por saber cómo se veía la lámpara y cómo habían acomodado sus
muebles. También quería saber en qué trabajaba él y a qué universidad iba su
hijo.
Recordé
la propuesta de mi esposa y decidí que era momento de hacer la invitación a
cenar. Le comenté a mi mujer. Ella dijo que estaba bien y que hablaría con la
servidumbre para preparar un gran banquete. Le dije que lo hiciera elegante.
Quería que supieran que yo también tenía buen gusto. Ella solamente sonrió y me
aseguró que todo estaría bien, que no me preocupara.
Cuando llegó el
momento de invitarlos, fui personalmente a su casa. Toqué el timbre y salió el
vecino. Le sonreí amablemente. Él, muy serio, me preguntó qué se me ofrecía. Le
dije que mi familia y yo los invitábamos a cenar el próximo sábado. Él se quedó
pensativo. Después salió el hijo y dijo que sí aceptaban la invitación. El papá
se le quedó viendo desconcertado y el muchacho le dijo:
—Relájate papá.
Todo va a salir bien.
Después justificó
la actitud de su padre, diciendo que era muy penoso y que no le gustaba estar
en casas ajenas.
Yo les dije que los
esperaba a las ocho de la noche en mi casa.
Esa noche nos
esforzamos mi esposa y yo en todo, hasta en los pequeños detalles. Le dije a mi
hija que se arreglara bien para la cena. Ella un tanto molesta, dijo que lo
haría.
Cuando llegó la
hora sonó el timbre. Eran exactamente las ocho en punto. Fueron muy puntuales,
eso me pareció excelente. Personalmente les abrí la puerta y los hice pasar.
Traté de ser muy amable porque, después yo esperaba ir a su casa y observar de
cerca todo lo que tenían. Por su parte, ellos fueron muy propios, muy rectos en
su forma de sentarse y en su manera de expresarse.
Como casi no
hablaban, mi familia tomó la iniciativa. Mi hija le preguntó el nombre al joven
Tai y se lo llevó al jardín. Mientras tanto, mi esposa y yo nos quedamos con el
matrimonio. Mi mujer se sentó cerca de la señora Tai y comenzó a platicar con
ella. Yo me acerqué al vecino para hablar de sus negocios y preguntarle cómo
había llegado a nuestro residencial.
Él mencionó que le
gustó la zona y la ubicación y que, sin dudarlo compró la casa. Aunque tenía
otras propiedades en distintos sectores de la ciudad, decidió vivir allí. Le
pregunté a qué se dedicaba y me dijo solamente que tenía algunas actividades
comerciales, pero nunca me dijo de qué. Sobre mi duda de su apellido, me
explicó que eran descendientes directos de vietnamitas, ahí creí entender el
tono bronceado de su piel. Como lo vi un tanto incómodo, decidí ya no
preguntarle más. Confié en que mi esposa e hija me darían más información sobre
ellos.
Llegado el momento
de la cena, todos nos sentamos en el comedor, a media luz. Mi hija pareció
llevarse bien con el hijo Tai y mi esposa con la señora Tai. Yo no tuve muchos
avances con el señor, pero con lo que me dijo me bastó.
La servidumbre
sirvió la comida de tres tiempos. Me dio la impresión que los Tai se esforzaban
por comer adecuadamente. Comían muy despacio, más de lo normal diría yo, y en
completo silencio. Mi hija puso música suave para hacer más llevadera la cena,
porque los silencios eran realmente incómodos. Cuando por fin terminamos de
cenar, ocurrió algo extraño. Los tres se miraron al mismo tiempo de una manera
diferente. Una especia de señal silenciosa que no logré comprender. De repente,
el papá dijo que ya se retirarían.
Mi esposa y mi hija
les pidieron que se quedaran un poco más, pero ellos se negaron, incluso el
hijo. Después agradecieron la cena y se fueron. Nunca nos dijeron si les había
gustado los platillos servidos. Yo me sentí ofendido porque fueron demasiado
fríos e indiferentes, sobre todo el señor Tai.
Después mi familia
y yo nos sentamos en la sala para platicar de ellos. Mi hija me dijo que el
hijo estudiaba finanzas en una universidad privada, pero nunca le dijo en cuál.
Me contó que era muy callado, aunque no tanto como sus padres. Según ella,
simplemente eran muy tímidos.
Mi esposa mencionó
que la señora Tai era escritora, que siempre estaba escribiendo cosas,
historias y cuentos. Se inclinaba por la ciencia ficción y le fascinaban los
extraterrestres, pero que nunca había publicado nada, que eran solo textos para
ella. Eso a mi mujer le pareció encantador. En cuanto a su esposo, solo dijo
que tenía algunos negocios en el extranjero y que su hijo estudiaba en una
universidad. También para ellas había sido difícil obtener más información.
Yo me sentí
disgustado con las actitudes de esa familia. Me parecían muy raros y engreídos.
Y comencé a criticarlos. Aproveché el momento y les pregunté si no habían visto
cómo los tres se habían mirado simultáneamente después de terminar de cenar. Me
pareció ver que tenían una especie de código o algo parecido y que, de repente,
decidieron marcharse. Pero ellas me dijeron que no vieron nada, que quizá eran
figuraciones mías. No sé por qué, pero algo comenzó a molestarme de ellos.
Los días siguieron
su curso y yo tuve que viajar al extranjero debido a la expansión de mis
negocios. Mi hija y esposa se quedaron, no desearon acompañarme en esta
ocasión. Veinte días después regresé, emocionado por el éxito que había tenido
y por lo bien que me había ido. Ellas me recibieron en casa. Yo apenas
comenzaba a hablarles del viaje cuando mi hija me interrumpió. Me dijo que
tenía que salir, que iría a comer con el joven Tai. Todavía estaba procesando
aquella información cuando mi esposa me dijo que ella iría a la casa de los Tai
porque había quedado de platicar con la señora sobre unos textos que recién
había escrito. Eso me tomó de sorpresa. ¿En qué momento mi familia se había
acercado tanto a esos vecinos?
Le reclamé a mi
esposa por qué no me había dicho nada durante las llamadas que tuvimos. No
sabía que se habían acercado a los Tai. Ella me respondió que, como yo estaba
molesto con ellos, decidió no decirme nada hasta que regresara.
Ahora resultaba que
mi hija era muy amiga del hijo de esa familia y mi mujer de la esposa. Sentía
que me había perdido en esa transición. Así me quedé solo, recién llegado del
extranjero, con tantas cosas que quería decirles. Me sentí abandonado, pero, a
la vez, estaba muy intrigado. ¿Qué había sucedido realmente cuando yo no
estaba?
Mi hija era muy
sociable y mi esposa una ávida lectora de novelas. Probablemente se habían
acercado de alguna manera, pero ¿cómo?
Esperé sentado en
la sala hasta que las dos regresaron. Primero llegó mi hija, muy contenta. Le
ordené que se sentara y me explicara cómo había comenzado a salir con ese
joven. Ella me dijo que simplemente habían coincidido en una plaza comercial,
habían platicado y después acordaron en salir. Le pregunté si era la primera
vez. Ella me dijo que no. Era la cuarta vez que salían. ¡La cuarta vez! Y no me
había dicho nada. Me respondió que me relajara, que no fuera tan exagerado.
Esas palabras no eran propias de ella.
Comenzaba a
molestarme cuando, en ese momento, llegó mi esposa con unas hojas en las manos.
Le dije que se sentara. También quería platicar con ella. De mala gana, se
sentó. Le pedí explicaciones de cómo se había relacionado con la señora Tai y
de por qué incluso ya había ido sola a su casa. Ella me dijo que me relajara.
¡Otra vez esa palabra! Primero el muchacho Tai, después mi hija y ahora mi
esposa. Siguió diciendo que sabía que me iba a enojar porque sentía que me
caían mal.
—¡Por supuesto que
me caen mal! ¡Son unos raros y engreídos! — Les dije.
Las dos, casi al mismo
tiempo, me dijeron que les diera otra oportunidad. Eso me enfureció aún más.
Las dos, también molestas, se fueron a sus respectivas recámaras. Me fui detrás
de mi esposa. Ella me dijo que ya me tranquilizara, que estaba exagerando las
cosas, que los Tai habían resultado ser unas personas muy agradables. Después
se sentó en el sofá para comenzar a leer las hojas que traía. Me acerqué a mi
mujer y se las arrebaté. Se incomodó y me dijo que se las devolviera. Le
pregunté qué eran. Me respondió que era el primer capítulo de una novela en la
que estaba trabajando su amiga escritora.
—¿Amiga? —le dije
con ironía.
Comencé a leer las
primeras líneas, pero no logré comprender nada, quizá porque todavía estaba
furioso.
Mi esposa me dijo
que era una novela de romance entre un alienígena y una humana.
—¡Pero qué tontería
es esa! —protesté inmediatamente.
Mi mujer me quitó
las hojas y se salió del cuarto muy enojada. Incluso me llamó ignorante. Yo me
quedé solo y me tiré a la cama. Sin pensarlo, me quedé dormido unos instantes.
Cuando desperté, me di cuenta que estaba solo. Mi esposa y mi hija se habían
ido de nuevo. Le pregunté por ellas a la señora de la limpieza y me dijo que se
habían ido con los vecinos nuevos.
De nuevo me
molesté. Se me debió notar en el semblante, porque la trabajadora me dijo:
–Señor, relájese.
Ahorita vienen.
¡Otra vez la misma
cantaleta! Eso me encendió otra vez. Me subí apresuradamente a la terraza para
tratar de ver o escuchar algo, pero las cortinas seguían igual. ¡No podía ver
nada!
Estaba desesperado.
Iba a ir a buscar a mis mujeres a la casa de los Tai, cuando recordé que en la
azotea había una ventana donde podía observar mejor mis alrededores. Subí sin
pensarlo. Al llegar ahí, moví algunas cosas para tener acceso directo a la ventana
y desde ahí me asomé a la casa de los Tai. Entonces pude verlo. El vecino
estaba asoleándose sobre una enorme piedra. De hecho, había tres grandes rocas.
Se veían pesadas y porosas. ¿Asoleándose en pleno verano?
El vecino estaba
completamente quieto encima la piedra, boca arriba, dejando que el sol le diera
de lleno. Posaba semidesnudo, solo llevaba unos lentes. ¡Qué extraño!, pensé. Y
como había tres piedras, pensé que quizá había una para cada quién.
Yo lo estaba viendo
cuando, repentinamente, se quitó los lentes y miró hacia la ventana de la
azotea de mi casa, precisamente donde estaba yo. Me asusté y reaccioné de
inmediato. Me agaché para que no me viera. Cuando volví a levantarme para
observar, el señor Tai ya no estaba.
Rápidamente bajé de
la azotea y salí de mi casa a buscar a mi esposa e hija. Llegué a la puerta de
los vecinos y toqué el timbre varias veces. Salió mi esposa. Llevaba una
sonrisa, pero cuando me vio, se le borró. Le ordené que salieran las dos de
inmediato. Vi que mi hija bajó por las escaleras, me imaginé que estaba en uno
de los cuartos. Solo yendo yo, pude sacarlas de allí.
Cuando llegamos a
la casa, les dije que no me sentía nada cómodo con esos vecinos. También les
comenté lo que había visto en la azotea, que el señor Tai parecía una iguana
asoleándose de esa manera. Ellas también estaban muy molestas, me dijeron que
yo era un paranoico y un grosero.
Les advertí que ya
no fueran a esa casa. No me gustaba esa confianza que habían desarrollado en
tan poco tiempo. Volví a repetirles que eran muy extraños y que no los quería
cerca de ellas. Mi esposa me dijo que no podía prohibirles tener amistad con
los vecinos. Seguía insistiendo en que eran personas agradables y que yo era el
raro.
Después de esa
acalorada conversación, cada quien siguió con sus actividades dentro de nuestra
casa. Yo subí nuevamente a la recámara. Ahí estaba mi esposa leyendo esas
ridículas hojas, pero no le dije nada para no seguir discutiendo. Poco después
se quedó dormida. Aproveché el momento para quitarle las hojas y leerlas. Leí
todo, de principio a fin. Ahora sí pude comprender de qué se trataba esa novela
y sentí un escalofrío horrible cuando terminé.
El primer capítulo
de esa historia trataba de una familia que había llegado a una nueva ciudad.
Pero esa familia eran unos extraterrestres, precisamente unos lagartos
disfrazados de humanos. Y pronto conocían a unos vecinos ridículamente
amigables que tenían una hermosa hija, muy sociable y agradable, la cual había
sido elegida para el apareamiento y la reproducción del hijo.
¡Quedé en shock al
leer esto! En ese preciso momento recordé una antigua conversación que había
tenido en un bar con un desconocido que me había hablado sobre ese tipo de
extraterrestres. Los llamó: reptilianos. Según él, eran seres parecidos a
reptiles o serpientes que tomaban apariencia de humanoides para camuflarse.
Podían estar o aparecer en cualquier lugar. ¡Incluso podían llegar a ser
nuestros vecinos!
Entré en pánico.
Aquella novela comenzaba exactamente igual que cuando conocimos a esa rara
familia. Estaba muy bien escrita y detallada. Todo encajaba. Nosotros éramos
los vecinos ridículamente amigables y querían a mi hija para que su hijo se
apareara con ella. Comencé a tener pensamientos perturbadores.
De inmediato
comencé a buscar información sobre los reptilianos. Nunca pensé que llegaría a
hacerlo, pues consideré loca a esa persona del bar que me habló de ellos. Ahora
todo cobraba sentido. Las chaquetas en pleno verano, el señor Tai asoleándose,
las tres piedras, la forma en la que se habían mirado durante la cena, las
cortinas siempre cerradas, la lámpara sin escaleras y su forma rara de ser. Eso
podría tolerarlo. Pero que quisieran a mi hija para aparearse con el hijo de
ellos, ¡eso no lo iba a permitir!
No sabía qué hacer.
Podía reclamarle a mi esposa, prohibirles completamente el trato con ellos o
incluso mudarme. Pero mi hija pronto saldría de la universidad. Traté de
tranquilizarme y de pensar bien las cosas. Ya no quería discutir con mi esposa.
Primero tenía que pensar bien antes de actuar.
Estaba sentado en
el sillón, agachado y con las manos sobre la cabeza, cuando mi esposa despertó.
Me preguntó si estaba bien. Le dije que estaba preocupado. Comenzaba a hablarle
de lo peligrosos que podían ser los Tai, pero ella me interrumpió y me dijo
algo que, en ese momento, me pareció mucho más alarmante de lo que ella
imaginaba.
Me comentó que
había notado que, al hijo de los Tai, al parecer, le gustaba nuestra hija. Me
dijo que el muchacho era un excelente partido. Era hijo único, demasiado rico
y, sobre todo, la trataba bien. Además, a los padres también les gustaba
nuestra niña. Me contó que, cuando yo no estaba, la señora Tai las había
visitado e invitado a ir de compras, y ellas aceptaron. Por allá en una de las
plazas comerciales, se encontraron con el hijo. Luego se fueron a comer juntos
y el muchacho las acompañó por el resto de la tarde. Ellas dejaron a los chicos
conversar, mientras la señora Tai y mi esposa comenzaron a hablar de libros y
novelas. Las dos habían hecho muy buena química, y hasta se hicieron amigas,
que la literatura las había unido. También hablaron de la riqueza del señor Tai
y de que todo lo que tenían —dinero, inmuebles, negocios y propiedades— y
absolutamente todo les sería heredado a su amado hijo.
En ese momento le
dije que eso no sería posible. Le pregunté si ya había leído la novela de su
“amiga”. Ella dijo que sí, que estaba muy interesante. Le pregunté que si no
notaba algo raro en lo que escribió. Mi esposa me respondió que ya sabía a lo
que me refería. Que las similitudes que había encontrado en la historia, según
ella, eran pura fantasía. Como a la señora Tai le gustaba mucho la ciencia
ficción, simplemente se había inspirado en nosotros para crear una novela.
A mi esposa le
pareció algo inofensivo y hasta gracioso. Me dijo que su amiga tenía talento y
creatividad para escribir. Traté de convencerla de que aquello no estaba bien.
Le platiqué lo del señor del bar y los reptilianos, pero ella me dijo que era
un inculto si creía en esas cosas. Intenté razonar con ella, pero por más
traté, no pude. Me di cuenta de que no contaría con mi mujer. Ella seguía
obsesionada con los Tai y sus riquezas.
Decidí hablar con
mi hija sobre el joven. Cuando llegué a su recámara, antes de tocar la puerta,
la escuché hablando con alguien. Creí que estaba en el celular, pero la voz se
escuchaba dentro de su cuarto. Así que pegué mi oído a la puerta y pude
reconocer claramente la voz del hijo Tai. Inmediatamente abrí y los vi a los
dos muy juntitos, sentados en la cama.
¡Me molesté
muchísimo! No me explicaba cómo había llegado hasta allí si nunca había
escuchado el timbre. De inmediato le ordené al joven que se fuera, le dije
claramente que no lo quería cerca de mi hija. Mientras tanto, mi hija trataba
de controlarme. Ahí mismo a ella le prohibí tajantemente que volviera a
encerrarse con cualquier chico en nuestra casa. Por tanto alboroto, mi esposa
llegó a la escena del escándalo y preguntó qué había pasado.
Le platiqué todo lo
sucedido. Ella abrazó a nuestra hija y le preguntó que si ya eran novios. Ella
dijo que sí. En ese preciso instante exploté. A las dos les advertí que no
quería ningún tipo de relación con los Tai, y que yo no aprobaba ese noviazgo.
Mi hija comenzó a llorar, y ella y mi esposa se encerraron en el cuarto para
platicar sobre lo sucedido.
Yo no entendía como
el joven Tai había llegado hasta la habitación de mi hija. No obstante, estaba
decidido a investigarlo. Revisé las cámaras y pude ver que no había entrado por
la puerta principal. No entendía cómo había entrado, si mi casa tenía alta
seguridad. Pero nadie contaba con que tenía varias cámaras ocultas. Me metí a
revisarlas, y no vi nada fuera de lo normal. Por ningún lado pude ver cómo
había llegado a la recámara de mi hija. Investigué en la cámara posterior y
solo vi a una iguana acechando la ventana del cuarto de ella. Y de repente ya
no estaba.
Miré cuadro por
cuadro las grabaciones y nunca pude ver cómo había entrado ni tampoco cómo
había salido. Eso me hizo pensar que todavía estaba dentro de la casa. Me puse
muy nervioso por lo que estaba sucediendo, pero tenía que encontrar una
explicación. Así que comencé a buscar en cada habitación, debajo de las camas,
en los clósets y en cada recoveco de la casa. Revisé todo, pero no encontré
nada.
Cuando regresaba a
la habitación de mi hija para preguntarle exactamente cómo había aparecido el
joven Tai en su cuarto, la vi de nuevo. Era la iguana, la misma que había visto
en los videos. Pero ahora estaba dentro
de mi casa y cerca de la recámara de mi hija.
Entonces comprendí que algo no
andaba bien. ¿Cómo había entrado aquel animal a mi casa? Intenté atraparlo por
todos los medios. Le pedí ayuda a la señora de la limpieza y, en medio del
alboroto, tiramos varias cosas. Ella gritaba constantemente y, por todo ese
bullicio, mi esposa y mi hija salieron de sus habitaciones apresuradamente. Al
ver lo que estaba pasando, las dos se subieron a los sillones y también
comenzaron a gritar.
Aquel reptil era muy hábil y
escurridizo. Parecía que estaba jugando conmigo, como si supiera perfectamente
que yo quería atraparlo. Después de varios intentos, finalmente logré
alcanzarlo y con mucho esfuerzo pude aplastarlo con el pie. Le remolí la cabeza
con todas mis fuerzas. No supe de dónde me salió tanta energía. Nunca en mi vida había matado a ningún
animal.
Fue entonces cuando escuchamos que alguien entraba a la casa. Eran los
Tai.
No habían tocado el timbre ni habían avisado que venían. Simplemente
aparecieron en nuestra sala, desesperados, buscando a su hijo.
El señor Tai miró hacia todos lados y después clavó los ojos en mí.
Mi esposa, mi hija y la señora
de la limpieza comenzaron a llorar por todo lo que acababa de pasar. Yo todavía
estaba tratando de recuperar el aliento. Miré al animal muerto en el piso, lo
recogí y, sin pensarlo, se lo aventé al señor Tai.
Él lo recogió inmediatamente.
La señora Tai comenzó a gritar desconsoladamente al verlo. Por un instante
surgió un silencio aterrador.
Yo esperaba que me reclamaran,
que me preguntaran qué había sucedido, pero no lo hicieron. El señor Tai
solamente sostuvo al animal entre sus manos y lo miró fijamente.
Después dirigió la mirada hacia mí.
—No debió hacerlo —dijo.
No entendí exactamente a qué
se refería. Después se fueron de nuestra casa sin decir nada más. La señora Tai
no paraba de llorar.
Todos nos quedamos callados.
Extrañamente nadie dijo nada. La señora de la limpieza recogió el desorden y
limpió la sangre que había quedado en el piso. Mi esposa y mi hija se fueron,
cada una a su cuarto. Yo me quedé solo, pensando en todo lo ocurrido.
A la mañana siguiente, la
familia Tai ya no estaba en su casa. Se mudaron repentinamente. De la noche a
la mañana desaparecieron. Eso fue sumamente extraño.
Pasaron algunas semanas y todo
comenzaba a volver a la normalidad. Mi hija, poco a poco, volvía a dirigirme la
palabra. Pero de los Tai ya no se habló en la casa.
En una ocasión, estaba
buscando un medicamento que necesitaba cuando encontré, en el último cajón del
buró de la recámara, el segundo capítulo de la novela de la señora Tai. De
nuevo, un horrible escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿En qué momento había
aparecido esto aquí?
Comencé a leerla rápidamente.
Ahí leí que el joven de la familia reptiliana había muerto inesperadamente.
Narraba, tal cual, lo acontecido aquel día, cuando sorprendí al hijo Tai dentro
de la recámara de mi hija.
La novela describía claramente
cómo había ingresado al cuarto de la hija de esa familia ridículamente amigable
y cómo el padre de la misma había terminado con la vida de su hijo.
Mientras leía, sentía un miedo
espantoso. Pero lo peor estaba por venir. Al acercarme al final del segundo
capítulo, la historia decía que, aunque había muerto el hijo, pronto renacería
en un nuevo descendiente. Un heredero de linaje reptiliano puro. Una
descendencia real que continuaría con su labor aquí, en la Tierra.
Al leer eso, perdí fuerza en
las piernas y me desplomé sobre la alfombra. El misterio de los Tai seguía
vigente.
Pero ¿qué significaba eso de
un linaje reptiliano puro? ¿Acaso mi mujer era…?
Yo seguía tirado en el piso,
con las hojas entre las manos, tratando de entender lo que acababa de leer,
cuando de repente, mi esposa entró a la recámara y me dijo:
—Nuestra hija está embarazada.
Sentí que el corazón se me detenía. No pude responder.
Después, mi esposa se agachó junto a mí y me dijo al oído:
—Ella estará bien. Será la
futura reina.
Luego sentí cómo una lengua
afilada rozaba mi oreja. Me aparté de inmediato y la miré.
Ella solo sonrió. Se levantó y
salió de la habitación.

Comentarios
Me recordó, inevitablemente el cuento Vlad, de Carlos Fuentes, diría yo que cojean y galopan con el mismo pie.
Saludos, gracias y felicitaciones
José Manuel Frías Sarmiento
Gracias por sus palabras, la verdad son un aliciente para seguir escribiendo historias, usted es el principal impulsor y por lo tanto sus comentarios son muy importantes.
Tengo otras historias que compartir, después lo haré...
Le agradezco mucho este espacio literario...
Le mando un fuerte abrazo!!!
Saludos y felicitaciones
Profe Adán gracias por su comentario, le agradezco mucho que me haya leído. Y esa familia Tai sí que eran sospechosos.
Uno hace lo que puede con las historias, a veces me que he quedado a medio camino hasta que vuelvo a escribir de nuevo lo que se me ocurre.
Profe Adán gracias por su opinión y de igual forma le mando un fuerte abrazo!!!