“No sé en qué momento Culiacán dejó de ser la ciudad donde nací y se convirtió en una parte de mí"
CULIACÁN, LA CIUDAD QUE ME VIO CRECER
Miryan Sinnai López Cabrera
No sé en
qué momento Culiacán dejó de ser la ciudad donde nací y se convirtió en una
parte de mí.
Tal vez fue
mientras iba creciendo y aprendía a reconocer sus calles sin tener que
preguntar dónde estaba. O cuando empecé a saber qué camión tomar, qué lugares
quedaban cerca de mi casa y cuáles estaban “hasta el otro lado”. Tal vez fue en
esas tardes en las que salía con mi familia, en los domingos de ir a comer, en
las vueltas al centro o simplemente en esos días normales que en ese momento no
parecían importantes, pero que ahora forman parte de mis recuerdos.
Porque creo
que así conocemos realmente una ciudad.
No por
saber cuándo fue fundada.
No por
conocer todos sus monumentos.
La
conocemos por las pequeñas cosas que hacemos en ella.
Yo conozco
Culiacán desde mis recuerdos de niña. Desde ir a la escuela, jugar, salir con
mi familia y ver cómo poco a poco las calles que antes me parecían enormes se
fueron haciendo conocidas. Cuando eres pequeña, una ciudad parece muchísimo más
grande de lo que realmente es. Cualquier trayecto se siente largo y cualquier
lugar nuevo parece una aventura.
Y luego
creces.
Y un día te
das cuenta de que ya conoces esos caminos de memoria.
Culiacán
también tiene una forma muy particular de hacerte saber que estás en casa.
Primero
está el calor infernal.
Ese calor
que no necesita presentación porque llega antes que cualquier otra cosa. Uno
puede salir de la casa a esperar el camión muy temprano pensando que todavía
está fresco y unos minutos después ya está preguntándose por qué decidió salir.
Aquí aprendimos a buscar la sombra, a tomar agua helada y a agradecer cualquier
lugar donde haya aire acondicionado.
El calor es
parte de Culiacán, aunque muchas veces nos quejemos de él.
Y hablando
de camiones, creo que muchas personas que hemos estudiado o trabajado en
Culiacán tenemos alguna historia relacionada con ellos, esperar uno que tardó
demasiado, correr porque ya viene, verlo pasar sin detenerse o terminar tomando
otro porque el que necesitábamos nunca llegó. Son cosas que en el momento
pueden desesperar bastante, pero con el tiempo también se vuelven parte de la
rutina y hasta de los recuerdos.
Y también
está la manera de hablar.
El “arre”,
el “plebe”, el “compa”, el “en caliente”. Las palabras que para nosotros son
tan normales que ni siquiera pensamos en ellas, pero que cuando alguien de
fuera las escucha inmediatamente sabe que está hablando con un culichi.
También
está esa manera de manejar que todos conocemos y que probablemente nadie quiere
admitir que forma parte de nuestra identidad.
Aquí parece
que todos tenemos prisa.
El semáforo
apenas cambia y ya alguien está pitando.
Alguien va
tarde.
Alguien
quiere llegar rápido.
Alguien se
pasó de carril.
Y otro está
intentando estacionarse mientras todos esperan detrás de él.
A veces
pienso que Culiacán nos enseñó a movernos así, siempre de un lado para otro,
siempre buscando llegar a algún lugar.
Pero no
todo en Culiacán es correr.
También
están las tardes que parecen no terminar.
Las salidas
con amigos.
Las Coffee
dates.
Las plazas.
Las vueltas
sin tener realmente un plan.
Los “vamos
a dar una vuelta” que terminan siendo varias horas afuera.
Y están
esos lugares que quizá para alguien más no significan demasiado, pero que para
nosotros tienen recuerdos.
El centro.
La
Catedral.
El malecón.
Las plazas.
El Parque
Las Riberas.
El Puente
Negro.
Lugares que
hemos visto tantas veces que a veces dejamos de observarlos, hasta que pasa
algo que nos hace recordarlos de otra manera.
Creo que
eso también es crecer en una ciudad.
Ver cómo
cambia mientras uno cambia con ella.
Hay lugares por los que ahora paso y que antes
significaban otra cosa para mí, algunas calles que antes veía desde el asiento
de atrás de un carro y que ahora conozco porque me ha tocado recorrerlas sola,
otras que relaciono con alguna etapa, con alguna persona o con algún momento
que ya pasó.
Creo que eso es algo curioso de crecer, porque uno
cambia y la ciudad también, entonces llega un momento en el que ya no sabes si
el lugar se siente diferente porque realmente cambió o porque tú ya no eres la
misma persona que lo veía antes.
Hay lugares que recuerdo de una manera y que ahora se
ven completamente distintos, negocios que ya no están, espacios que fueron
reemplazados por otras cosas y lugares nuevos que ahora forman parte de la
ciudad.
Y sí da
un poquito de nostalgia.
Porque
uno quisiera que algunas cosas se quedaran como estaban, pero también es bonito
saber que mientras Culiacán cambia, nosotros vamos haciendo nuevos recuerdos en
los lugares que van apareciendo.
Conforme
uno crece empieza a darse cuenta de problemas que cuando era niño ni siquiera
entendía, la inseguridad, el miedo de salir algunos días, las noticias que
hacen que una familia prefiera que uno se quede en casa, todas esas cosas
también forman parte de nuestra realidad y sería raro hablar de la ciudad como
si no existieran.
Conforme
creces empiezas a entender más y más.
Y sería
mentira decir que Culiacán solamente tiene cosas bonitas.
También
hemos vivido momentos difíciles. Hay días en los que salir de casa genera
preocupación, en los que una noticia cambia los planes y en los que simplemente
se desea llegar bien a casa.
Pero creo
que Culiacán no debería resumirse únicamente en eso.
Porque
Culiacán también es la señora que abre su negocio desde temprano.
Es el señor
que vende afuera de una escuela.
Es la
familia que se reúne los domingos.
Es la
comida que se comparte.
Son los
amigos que se conocen desde la escuela y todavía siguen juntos años después.
Es la gente
que, aunque tenga un día pesado, todavía encuentra un motivo para hacer un
chiste.
Es la
música que sale de alguna casa.
Es ir por
algo de comer y terminar platicando durante horas.
Es ese
“¿qué vamos a hacer?” que casi siempre termina en un “pues vamos a ver”.
Y también
está la comida, porque sería imposible hablar de Culiacán sin hablar de comer.
Aquí
siempre parece haber una razón para ir por un sushito, unos tacos, a por un
cafecito, a los raspados, los mariscos o cualquier cosa que se nos antoje. Y si
alguien dice “vamos a comer algo”, difícilmente alguien responde que no.
La comida
también tiene esa capacidad de guardar recuerdos.
Hay comidas
que recuerdan a la infancia.
Lugares que
recuerdan a la familia.
Restaurantes
que recuerdan a los amigos.
Y comidas
que simplemente saben a Culiacán porque las hemos comido tantas veces que ya
forman parte de nuestra vida.
Quizá eso
es lo que más me gusta de pensar en mi ciudad.
Que no
solamente está hecha de edificios, calles y lugares.
Está hecha
de recuerdos.
De
personas.
De momentos
que probablemente nunca volverán a repetirse exactamente igual.
No podemos
pedirle a Culiacán que se quede exactamente igual cuando nosotros tampoco somos
los mismos.
Tal vez por
eso hoy, en su aniversario, no quiero hablar de Culiacán como si fuera una
ciudad perfecta.
¡No lo es!
Tiene
problemas, tiene cosas que mejorar y tiene heridas que todavía forman parte de
nuestra realidad.
Pero
también tiene una historia que seguimos construyendo quienes vivimos aquí.
Yo no sé
cómo será Culiacán dentro de otros años.
No sé
cuántas calles cambiarán, cuántos lugares desaparecerán o qué nuevos espacios
tendremos para reunirnos.
Pero sí sé
que, cuando piense en mi infancia, en mi adolescencia y en estos años de mi
vida, una parte de esos recuerdos va a estar aquí.
En sus
calles.
En su
calorón.
En sus
tardes.
En las
vueltas con la familia.
En los días
de escuela.
En las
salidas con amigos.
En las
prisas.
En las
risas.
En los
momentos buenos y también en los difíciles.
Porque
Culiacán no solamente es el lugar donde vivo.
Es el lugar
donde estoy aprendiendo a vivir.
Y quizá eso
es lo que significa crecer en una ciudad: que un día dejas de verla solamente
como un lugar y empiezas a reconocer en ella pedacitos de tu propia historia.
Feliz
aniversario, Culiacán.
Espero
seguir conociéndote mientras yo también sigo creciendo y cambiando.
Y aunque
algún día conozca otros lugares, probablemente siempre habrá algo que me haga
pensar: “Esto no es Culiacán”.
Porque uno
puede irse de una ciudad, pero hay ciudades que, de alguna manera, se quedan
viviendo contigo.
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