“Mírame, mundo: en lodo me he lavado, / mi túnica es lacia, pero el pecho es flor; / del mismo fango del que he tropezado / surgí con alas de resplandor"
Del fango al firmamento
Por: Ian Báez
Palazuelos
Y he de aquel,
ufano, que en el fango en vano
busca laureles, trono y redención;
su paso incierto, torpe, malsano,
sólo destila sombra y corrupción.
Yo fui también
soberbio y delirante,
creí tener del sol la potestad;
quise escalar los cielos, arrogante,
y hallé en el polvo mi verdad.
El mundo es
charca, turbia, cenagosa,
la flor más pura nace entre el hedor;
más aún del cieno brota alguna rosa,
que en su martirio exhala su fulgor.
Caí, lo juro, en
garras del abismo,
probé del lodo el áspero sabor;
y entre el rencor, miré al hondo mí mismo,
reflejo triste de un soñador.
La multitud me vio
desde la orilla,
ríe del hombre que al barro volvió;
mas no comprende que la arcilla brilla
cuando la hiere el rayo que cayó.
¡Oh vida cruel!
¡Oh tránsito sin tregua!
Tu fuego quema, pero forja el ser;
que solo el alma que en su herida ruega
aprende al fin lo que es renacer.
Yo fui soberbio,
sí, de lengua y alma,
mi verbo hería como tajo atroz;
y hoy que el dolor me impuso nueva calma,
mi voz, que hiere, ora y canta a Dios.
Mírame, mundo: en
lodo me he lavado,
mi túnica es lacia, pero el pecho es flor;
del mismo fango del que he tropezado
surgí con alas de resplandor.
El viento pasa, el
trueno se derrumba,
la gloria muere, el oro es ilusión;
solo el que sufre y ama, aun en la tumba,
reina en la sombra con su corazón.
Yo soy el loco que
besó su herida,
el penitente de su propio error;
mi cruz no pesa: ¡me sostiene en vida!
mi llaga arde, mas no de dolor.
Que si en el lodo
hundido me condeno,
que sea erguido, altivo, sin temblor;
pues hasta el fango, al verme, torna en seno,
y en su negrura brota resplandor.
¡Oh fango noble,
matriz del sacrificio!
¡Oh suelo amargo, madre del fervor!
sin ti no hay gloria, ni verdad, ni juicio,
ni un hombre digno del nombre “valor”.
Caiga el sepulcro,
tiemble la montaña,
retumbe el trueno, ruja el vendaval;
yo he de reírme, libre, sin guadaña,
pues ya he vencido al bien y al mal.
Y cuando muera, si
el sol me abandona,
que en mi epitafio grabe el trovador:
“Fue barro un día, más su fe era loma;
y del fango alzó su corazón.”

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