“Los hermanos aparecen cuando la vida golpea más fuerte, cuando todo parece derrumbarse y cuando uno siente que ya no puede más"
TRANQUILO, HERMANO, YA ESTOY AQUÍ…
Y VINE
PARA APOYARTE
Manuel Montes
Teníamos
años sin hablarnos como aquellos que se ven todos los días. Teníamos tiempo sin
saludarnos genuinamente como dos personas que se consideran hermanos. Sin
embargo, las cosas suceden por algo, y hoy me da alivio saber que pude estar
ahí para apoyarte cuando más lo necesitabas.
Durante
el tiempo que estuvimos inmersos cada quien en su propio mundo, hubo momentos
en los que sentí mucho tu ausencia. Yo tenía la costumbre de que, cuando no
había nada que hacer, simplemente llegar a tu casa como si también fuera la
mía. Extraño esos domingos asoleados donde, a la una de la tarde, el calor
hacía pesado el día y nosotros solo pendejeábamos debajo del almendro, hablando
de cualquier cosa y de nada al mismo tiempo, sin que nuestras conversaciones
tuvieran un propósito más allá de disfrutar la compañía del otro.
Eran
esos momentos los que me hacían sentir que, sin importar la adversidad que
pudiera llegar a mi vida, siempre tendría a alguien en quien apoyarme. Por eso,
cuando las cosas cambiaron y dejamos de estar presentes el uno para el otro, me
costó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Me derrumbaba porque estaba
acostumbrado a pensar que siempre estarías ahí.
El
tiempo pasó y me hizo comprender que el camino que seguíamos no tenía sentido.
Un camino donde el orgullo y el ego pesaban más que una relación construida
durante años entre dos personas que se querían como hermanos. Y lo más extraño
era que ni siquiera estaba en mi corazón seguir siendo así.
Entonces,
en un acto que para mí requirió más valentía de la que parece, decidí
contactarte. Tenía miedo de recibir una respuesta negativa, de encontrar una
puerta cerrada o de descubrir que ya era demasiado tarde. Pero aun así lo hice,
porque sentía que debía existir una forma de arreglar las cosas.
Esa
noche fue una de las mejores que he tenido en mucho tiempo. Pudimos
reconciliarnos, dejar atrás los problemas y recordar todas las historias que
habíamos vivido juntos. Cada recuerdo inundaba mi corazón y me hacía comprender
cuánto había extrañado nuestra amistad.
Cuando
todo parecía marchar de maravilla, el lunes 25 de mayo recibí esa llamada tuya.
Me
diste la noticia y tus palabras me rasgaron profundamente el alma. Me dolía
saber que te sentías así. Me dolía imaginar todo lo que estabas cargando por
dentro, se estaba cayendo a pedazos. En ese momento me era imposible estar
físicamente contigo, y daría cualquier cosa por haber podido abrazarte y
decirte cara a cara que no estabas solo.
Los
días siguientes fueron duros. Mientras continuaba con mis clases y mis
responsabilidades, no podía sentirme tranquilo sabiendo que tú estabas
atravesando una situación que nadie quisiera vivir. Intentaba seguir adelante
con normalidad, pero una parte de mí seguía pensando en ti.
Fue
difícil, pero ahí estuve.
Quizá
no de la forma perfecta. Quizá no con todas las respuestas. Pero estuve. Porque
los hermanos no aparecen únicamente para compartir las victorias, las fiestas o
los buenos momentos. Los hermanos aparecen cuando la vida golpea más fuerte,
cuando todo parece derrumbarse y cuando uno siente que ya no puede más.
Y por
eso quiero que recuerdes algo: no importa cuánto tiempo pase, cuántas
diferencias existan o cuántos caminos distintos tomemos. Si algún día vuelves a
sentir que el mundo pesa demasiado sobre tus hombros, quiero que escuches estas
palabras como si estuviera sentado a tu lado bajo aquel almendro de siempre:
Tranquilo,
hermano. Ya estoy aquí. Y vine para apoyarte.

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