“La mayoría de las cosas hermosas de nuestra vida no parecen hermosas mientras están ocurriendo. Solo después. Cuando ya no podemos regresar"




 

CARTA MERECEDORA DE UN GALARDÓN (O tal vez no)

 

—Celso Gilberto Guzmán Félix

A quien encuentre esta carta:

No sé quién eres.

Y, siendo completamente sincero, tampoco sé quién soy yo.

Quizá ésa sea la razón por la que decidí escribirte.

Hay algo extraño en escribirle a alguien que quizá nunca llegará a leer estas palabras. Es como lanzar una botella al océano sin saber si existe alguien al otro lado del horizonte. Sin embargo, quizá escribir nunca haya consistido realmente en esperar una respuesta. Tal vez escribir sea simplemente una manera de demostrar que estuvimos aquí.

Porque un día desapareceremos.

Tú.

Yo.

Todos.

Y me parece curioso que pasemos tanto tiempo intentando construir algo sobre una existencia que, al final, está destinada a terminar. Estudiamos, trabajamos, amamos, discutimos, hacemos planes, compramos cosas que algún día pertenecerán a otra persona y dejamos fotografías de momentos que, con el tiempo, perderán incluso el rostro de quienes aparecen en ellas.

Y aun así, seguimos.

Quizá eso sea lo más admirable de nosotros.

Seguimos.

Aunque sabemos.

Sabemos que las personas que amamos pueden marcharse. Sabemos que nuestros sueños pueden fracasar. Sabemos que algunas heridas nunca desaparecen por completo. Sabemos que el tiempo no negocia, que la juventud no regresa y que ninguna cantidad de dinero puede comprar una sola tarde de nuestra infancia.

Lo sabemos.

Y, sin embargo, mañana volveremos a levantarnos.

¿Qué clase de criatura hace eso?

Quizá una criatura absurda.

Quizá una criatura maravillosa.

Quizá ambas.

A veces pienso que el ser humano es una contradicción caminando. Queremos libertad, pero construimos jaulas. Queremos ser recordados, pero olvidamos a quienes existieron antes de nosotros. Queremos vivir para siempre, pero desperdiciamos horas enteras mirando el reloj. Buscamos respuestas para comprender nuestra existencia y, cuando encontramos una, inmediatamente inventamos otra pregunta.

Somos capaces de mirar las estrellas y preguntarnos qué hay más allá del universo, pero muchas veces somos incapaces de preguntarle a la persona que tenemos enfrente:

“¿Estás bien?”

Tal vez nuestra tragedia no sea no comprender el universo.

Tal vez sea no comprendernos a nosotros mismos.

Y quizá por eso escribo.

Porque tengo miedo de olvidar.

No solamente de olvidar a otros.

Tengo miedo de olvidarme de mí.

De olvidar quién fui antes de convertirme en quien se supone que debía ser.

Porque crecer es una experiencia extraña. Cuando somos niños creemos que crecer significa obtener respuestas. Después descubrimos que crecer consiste, en gran medida, en aprender a convivir con las preguntas.

Cuando era más joven pensaba que los adultos sabían lo que estaban haciendo.

Qué ingenuidad tan hermosa.

Ahora sospecho que muchos adultos simplemente aprendieron a caminar con seguridad mientras continúan preguntándose hacia dónde van.

Y eso no me parece algo triste.

Me parece humano.

Quizá nadie tenga realmente un mapa.

Quizá la vida nunca tuvo instrucciones.

Quizá nacimos sin manual porque la existencia no es un problema que deba resolverse, sino una experiencia que debe atravesarse.

Hay días en los que la vida parece extraordinaria.

Una conversación inesperada.

Una canción que aparece exactamente cuando la necesitábamos.

Una tarde en la que el viento parece detenerse.

Una persona que sonríe.

Un abrazo.

El olor de la lluvia.

El primer sorbo de una bebida después de tener sed.

Una risa que nos hace olvidar durante algunos segundos que tenemos problemas.

Son cosas insignificantes.

Y, sin embargo, quizá sean las cosas más importantes que poseemos.

Porque algún día descubriremos que la felicidad rara vez llegó anunciándose con trompetas.

No entró vestida de oro.

No pidió permiso.

Simplemente estuvo allí.

En una tarde cualquiera.

En una persona cualquiera.

En un momento que no supimos valorar hasta que se convirtió en recuerdo.

Y entonces comprendemos algo terrible:

La mayoría de las cosas hermosas de nuestra vida no parecen hermosas mientras están ocurriendo.

Solo después.

Cuando ya no podemos regresar.

Quizá la nostalgia sea precisamente eso: el reconocimiento tardío de la felicidad.

Por eso tengo miedo del futuro.

No porque necesariamente vaya a ser malo.

Sino porque sé que algún día miraré hacia atrás y extrañaré incluso los días que hoy considero difíciles.

Extrañaré problemas que ahora deseo que desaparezcan.

Extrañaré lugares que actualmente considero comunes.

Extrañaré personas que todavía puedo abrazar.

Y probablemente extrañaré incluso esta versión de mí mismo que todavía no sé si me gusta.

Qué cruel es el tiempo.

Nunca nos permite comprender completamente un momento mientras lo estamos viviendo.

Primero nos lo entrega.

Después nos lo quita.

Y finalmente nos permite entender cuánto significaba.

Quizá por eso deberíamos aprender a mirar un poco más.

A escuchar un poco más.

A quedarnos cinco minutos adicionales.

A decir “te quiero” sin esperar una ocasión especial.

A pedir perdón antes de que el orgullo se convierta en distancia.

A abrazar sin motivo.

A contemplar el cielo aunque no esté sucediendo nada.

Porque quizá ese sea el secreto que nadie nos enseñó:

No necesitamos que ocurra algo extraordinario para que la vida tenga significado.

El significado puede estar precisamente en lo ordinario.

En existir.

En coincidir.

En haber conocido a alguien durante unos años, unos meses, unas semanas o incluso unos minutos.

Porque la duración de un encuentro no determina su importancia.

Hay personas que pasan décadas a nuestro lado y jamás nos conocen realmente.

Y existen otras que permanecen tan poco tiempo que, aun después de muchos años, seguimos escuchando su voz dentro de nuestra memoria.

Qué extraño es el corazón humano.

Puede conservar una mirada durante décadas.

Puede olvidar una fecha importante.

Puede recordar una frase pronunciada hace diez años y olvidar qué desayunó ayer.

Somos seres hechos de memoria.

Pero también de olvido.

Y quizá por eso buscamos dejar huellas.

Un libro.

Una fotografía.

Una canción.

Un hijo.

Una enseñanza.

Una historia.

Una carta.

Cualquier cosa que diga:

“Yo estuve aquí.”

No porque creamos realmente que podremos vencer a la muerte.

Sino porque queremos negociar con ella.

Queremos decirle:

“Puedes llevarte mi cuerpo, pero no todo lo que hice.”

Y quizá sea una ilusión.

Quizá después de nuestra muerte no quede absolutamente nada.

Quizá nadie pronuncie nuestro nombre dentro de cien años.

Quizá nuestras fotografías terminen en una caja desconocida.

Quizá nuestros objetos sean tirados a la basura.

Quizá nuestras historias desaparezcan.

Y, aun así, no creo que eso vuelva inútil nuestra existencia.

Una estrella no deja de ser hermosa porque algún día deje de existir.

Una canción no pierde su belleza porque termine.

Un atardecer no es menos real porque dure unos minutos.

Tal vez nosotros tampoco necesitamos durar eternamente para haber significado algo.

Quizá la existencia no se mide por cuánto permanece.

Quizá se mide por cuánto fue vivida.

Por eso, si algún día lees esta carta y yo ya no estoy, no quiero que pienses en mí con tristeza.

Piensa en mí como se piensa en una estrella fugaz.

No porque haya durado mucho.

Sino porque ocurrió.

Y durante un instante alguien levantó la mirada.

Eso debería bastar.

Quizá mi mayor deseo no sea ser recordado.

Quizá sea haber sido real.

Haber amado realmente.

Haber sufrido realmente.

Haber reído hasta que doliera el estómago.

Haber llorado cuando no pude contenerlo.

Haber cometido errores.

Haber pedido perdón.

Haber cambiado.

Haber tenido miedo y, aun así, haber continuado.

Haber mirado el mundo y haber pensado, aunque fuera una sola vez:

“Qué extraño y maravilloso es estar vivo.”

Porque al final, quizá eso sea todo lo que tenemos.

Este instante.

Este pequeño fragmento de eternidad que llamamos presente.

Y mientras escribo estas últimas palabras, comprendo algo que me habría gustado saber mucho antes:

No necesitamos descubrir por qué existe el universo para justificar nuestra existencia.

No necesitamos encontrar una misión escrita en las estrellas.

No necesitamos convertirnos en personas extraordinarias.

A veces basta con ser capaces de vivir.

De estar aquí.

De mirar.

De sentir.

De equivocarnos.

De volver a intentarlo.

De amar sabiendo que podemos perder.

Porque quizá la valentía no consiste en creer que todo saldrá bien.

Quizá consiste en continuar incluso cuando sabemos que algún día todo terminará.

Y si eso es cierto, entonces hay algo extraordinariamente hermoso en nosotros.

Somos mortales.

Lo sabemos.

Y aun así hacemos planes para mañana.

Compramos semillas aunque sabemos que quizá nunca veremos el árbol completamente crecido.

Construimos casas que probablemente habitaremos durante una pequeña fracción de la historia.

Escribimos libros que esperamos que alguien lea después de nuestra muerte.

Tenemos hijos.

Plantamos árboles.

Contamos historias.

Amamos.

Qué absurda y maravillosa forma de rebelarse contra el tiempo.

Quizá vivir sea eso:

Una pequeña rebelión.

Una manera silenciosa de decirle al universo:

“Sé que algún día desapareceré.

Pero mientras esté aquí,

voy a mirar.”

Y quizá, al final, eso sea suficiente.

Si alguien encuentra esta carta después de mí, no le pido que me recuerde.

Le pido algo mucho más difícil.

Que recuerde que también él va a morir.

Y que, precisamente por eso, tiene la obligación de vivir.

No perfectamente.

No heroicamente.

No como esperan los demás.

Simplemente vivir.

Porque la vida no nos promete sentido.

No nos promete justicia.

No nos promete finales felices.

Solo nos entrega tiempo.

Y el tiempo, una vez entregado, jamás vuelve.

Así que, si todavía estás aquí:

Mira a tu alrededor.

Hay alguien que quizá deberías abrazar.

Hay una palabra que quizá deberías decir.

Hay un sueño que quizá deberías intentar.

Hay una herida que quizá deberías comenzar a cerrar.

Hay un miedo que quizá deberías enfrentar.

Y hay una vida que, aunque imperfecta, sigue siendo tuya.

No esperes a perderla para descubrir que era extraordinaria.

No esperes al último capítulo para comenzar a leerla.

No esperes a que llegue la muerte para darte cuenta de que estabas vivo.

Porque quizá la verdadera tragedia de la existencia no sea morir.

Quizá sea llegar al final y descubrir que nunca nos atrevimos a comenzar.


Con afecto,

Alguien que todavía está aprendiendo a existir.

 

 

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