“La atracción estaba en otra cosa. Estaba en la Soledad que despedía con su solo avistamiento un embrujo exótico nunca jamás sentido en el pueblo"
EN MI PUEBLO TAMBIÉN HAY REALISMO MÁGICO
Por: Adán Lorenzo Apodaca Félix
El Charay
de mediados de los años setenta del siglo pasado, era matizado por una bonanza
económica sin precedente, se vivía bien, entre sus habitantes había mucho
circulante (así se le denominaba al dinero en monedas y en billetes), una
fuente de esa bonanza eran las “algodoniadas”, manera como se le llamaba a la
recolección del otrora llamado “oro blanco”. En esos tiempos, niños, jóvenes y
adultos del pueblo traían dinero en los bolsillos de los pantalones, con ese
respaldo económico, no quedaban en deseos las nieves, los raspados, los refrescos ni los “chocomiles” con pan, era el
auge pueblerino sin precedente.
En cien
años de soledad, la gran obra de Gabriel García Márquez los gitanos llegaban a Macondo cada año por el mes de
marzo, a Charay llegaban a finales del mes de junio, atraídos por la
recolección del algodón en la región, llegaban antes de que empezaran las
pizcas, arribaban en un carro grande en el que parecía que cabía todo,
barrotes, lonas, bocinas, palos, mecates, sillas, bancas,
rollos de películas, hamacas, sartenes y demás utensilios de cocina, se
presentaban a las oficinas de la
sindicatura municipal y ahí se les asignaba un solar baldío en el que podían
instalarse. Los lugares de instalación eran en algunas temporadas el centro
ceremonial indígena, conocido tradicionalmente como “la casita de la fiesta”,
en otras se les permitía ocupar un solar baldío a un lado de la casa de don Román Vázquez, otras ocasiones se
instalaban a un costado de la casa de don Abraham Ruiz y en otras, el local de
cine abandonado en el que había dado función por muchos años Liberato Valdez.
Una vez
ubicados, empezaba el movimiento de la casa aunque este era un carro grande,
atizar, cocinar, lavar ropa y tenderla en cercos de alambre de púas
improvisados como tendederos. De ese incipiente verano de 1974, deseo destacar
la presencia de una muchacha muy bonita que ese año fue la novedad de los
gitanos, era muy hermosa de la cara y
por lo que se podía advertir en la larga falda floreada de muy buenas formas de
la cintura para abajo, se corrió el rumor
muy rápido que se llamaba Soledad, fue la atracción masculina en todo el
pueblo, la Soledad vendía los boletos en
la taquilla del cine, improvisada ésta en una abertura de un costado del carro
grande, dispensaba una coqueta sonrisa al despachar los boletos, tenía una
preciosa cara de gitana como la que refiere en aquella canción el cantante
argentino Daniel Magal, tenía además, unos grandes ojazos negros como los de
Mara Flores, personaje principal en la novela la maestra gitana de la autora
española Lola Cabrillana. Estaba chula la Soledad pues, se pintaba pero no
tenía necesidad alguna, tenía el pelo negro ensortijado con un mechón que le
caía entre los ojos, ligeramente más cargado hacia el lado izquierdo, tenía
unos senos turgentes que parecían querer salirse de sus blusas con encajes y
también floreadas, estaba pues la Soledad para decirlo en buen lenguaje
sinaloense: “muy buena, muy buenota”. Tal era el consenso entre los hombres y
jóvenes del pueblo.
A los
clientes del cine, que eran muchos, importaban muy poco las películas de Santo
el enmascarado de plata y su eterno combate contra las momias de Guanajuato,
tampoco llamaban la atención los cientos de balazos que tiraban Mario y Fernando Almada en sus actuaciones
estelares, y algo sorprendente, las películas de las ficheras y las bellas de
noche poco les interesaban, la atracción
estaba en otra cosa. Estaba en la Soledad que despedía con su solo avistamiento
un embrujo exótico nunca jamás sentido en el pueblo.
Cada
noche se atiborraba la carpa de los húngaros, los que no alcanzaban a sentarse
en las bancas lo hacían en el suelo, el chiste era ir al cine, estar ahí, vivir
esa especie de embrujo existencial. En
años anteriores trabajaban solo seis días de la semana, descansaban uno, en esa
temporada, la de 1974, trabajaron los
siete días, se miraba en el pueblo a los hombres y jóvenes felices,
trabajando con gusto sus jornadas matutinas y esperar la tarde noche para ir al
cine, que curioso, no a ver películas sino a ver a la Soledad, porque la miraban todas las noches, cuando la Soledad
terminaba la venta de boletos que era pronto por la mucha demanda, cerraba la
taquilla y recorría los lugares con un cartón colgado de su cuello con una
correa, vendía chicles y cigarros entre los asistentes. Esa ansia por ir al
cine, claro que no pasó desapercibida para las mujeres del pueblo que
estallaron en una epidemia colectiva de celos. La causa era obvia y tenía nombre. Más de cinco
pronunciaron el nombre de la Soledad mientras dormían y por supuesto que se
corrió la voz de esos felices deslices
oníricos.
Una
mañana, las mujeres celosas del pueblo
se organizaron y fueron a hablar con el jefe de los gitanos y padre de
Soledad, éste las escuchó en sus peticiones, la principal era que se fueran
porque los hombres casados y los jóvenes se estaban volviendo locos todas las
noches y su hija era la causa, otra petición era que la quitaran de vender los
boletos, los cigarros y los chicles para que los hombres y jóvenes no la vieran,
una de la comitiva, loca de celos, llegó
hasta pedir que la encerraran por las noches. Don Antonio, que así se llamaba el señor, se lo platicó a
su hija Soledad y ella, sabedora de sus atributos y lo que estos provocaban, y
con una sonrisa picarona expresó lo que
la letra de aquel corrido llamado “La Entalladita” dice: “yo no tengo la
culpa de haber nacido bonita”. Sabedora
de lo que provocaba en los hombres, la Soledad mandó que al anunciar las
películas cada noche pusieran con Carlos y José el corrido de la Teodora que
era la famosa entalladita. Esa noche y
en las sucesivas hasta que se fueron a los meses se la ponían unas cuatro
veces, eso irritaba en demasía a las mujeres del pueblo.
La
presencia de la Soledad en el pueblo alteró la dinámica pueblerina, en los
hogares cada noche después de la función del cine era una batalla marital
constante, los hombres llegaban demandando atención sexual urgente a sus
mujeres, ellas, celosas se negaban y finalmente ante la urgente y muchas veces
violenta insistencia sucumbían. Hubo
también en el pueblo en ese memorable año de 1974 muchos matrimonios, muchachos
de 14, 15 y 16 años que iban también mucho al cine se unieron o “juntaron” con
casi niñas que apenas empezaban
la educación secundaria, si, la verdad, la Soledad provocó todo eso.
Por el
mes de noviembre de ese año, el de 1974, los gitanos se retiraron, fue más el
cansancio el que los hizo irse para Jécori un pueblo de la sierra de Sonora,
querían descansar, con ellos se fue por supuesto la Soledad. En la última función de esa temporada, la Soledad mandó
poner mientras anunciaban las películas de esa noche, aquella canción que se
llama sentencia y que dice “ te acordarás de mi toda la vida...” la mandó tocar
unas ocho veces. Claro que llevaba mensaje para los hombres. “Vieja
desgraciada”, murmuraban las mujeres del pueblo mientras Javier Solís
expresaba: “ la sentencia de amor, nunca se olvida”.
Con la ida de los gitanos parecía que el
pueblo recobraba la paz acostumbrada, sin embargo, una tendencia lo puso otra
vez en revolución. Por los meses de
abril y mayo, ya del año de 1975, empezaron a nacer muchos niños y niñas en el pueblo y sus
alrededores, a los niños les ponían los nombres tradicionales de los
padres y abuelos, con ellos no hubo problema,
el problema fue con las niñas, los padres llevaron sus diferencias y sus
preferencias a las oficinas del registro civil, muchos papás de esas niñas deseaban que llevaran el nombre de
Soledad, claro que las mujeres se opusieron, en la conciliación en la que
intercedió el oficial del registro civil, en las actas de nacimiento se asentó
primero la preferencia de la madre en el nombre y después la del papá que era
el de Soledad, de aquel tiempo, añorable para los hombres y detestable para las
mujeres son la Antonia Soledad, la Blanca
Soledad, la Laura Soledad, la Olivia Soledad, la Francisca Soledad, la Ramona Soledad, la Jesús Soledad, la Eugenia Soledad, la Amparo Soledad, la Josefa Soledad y más Soledades que por falta
de espacio no se mencionan.
Los hombres “cinéfilos” y las mujeres celosas de aquella época muchos y muchas ya murieron, pero quedan las numerosas Soledades, por eso en el pueblo el 18 de diciembre de cada año, en muchas casas hay fiestas por el día de la Soledad. Como les expreso en el título de este escrito. En mi pueblo hay mucha magia y realidad. La Soledad puso al pueblo en vilo con sus encantos de gitana.

Comentarios
Saludos JM y a todos los que conforman este blog encantador.
Saludos por deleitarnos con la hemos Soledad.
Su amigo, José Manuel Frías Sarmiento
Excelente relato que me agradó mucho. Me hizo reír bastante!!!
Le mando un fuerte abrazo hasta Los Mochis!!!