Semana Nacional de Juegos Tradicionales Mexicanos
“El juego, sin saberlo, lo vivían como una auténtica fiesta. Sin saberlo, aunque lo intuían, ellos se entregaban con todo"
El tacón: Juego (tiempo) para los Dioses
Dr.
Luis Enrique Alcántar Valenzuela.
Septiembre
2026
“El tiempo festivo es un tiempo que no
transcurre.
Es, en un sentido especial, un tiempo
sublime” (p. 104)
Byung-Chul Han
El
juego, sin saberlo, lo vivían como una auténtica fiesta. En ese contínuum lúdico sus rostros eran
transformados por completo. Sin saberlo, aunque lo intuían, ellos se entregaban
con todo. Sin ser conscientes, no obstante, lo gozaban al máximo. Sin asumirse
como seres extraordinarios, así fluían por la lona extensa del tiempo excelso. Sin
ser mirados, al ejecutar sus técnicas del juego, ellos se sentían
atendidos/admirados por los mismos Dioses del Olimpo griego. Virtuosos,
protegidos; hacen uso de su verdadera libertad para divertirse, aprender y
gozar de esa forma en que se movían en el tiempo sagrado. Estos plebes de
pueblo, cito coordenadas localizables en el semi trópico costero sinaloense, a
su manera, en realidad no andaban tan errados. ¿Por qué le digo lo anterior, de
que no andaban tan errados? Por lo siguiente, resulta que, en la modernidad
tardía, hasta los filósofos y pensadores más connotados, les dan la razón en su
formar de vivir el tiempo, por tanto, vivir la vida. Miren, resulta que el filósofo
coreano-alemán Byun-Chul Han (2024: 104-105), a propósito de recuperar esas
formas del no-trabajo, de ir en contra de la sobreexplotación a uno mismo,
generada por la ideología que sostiene a la sociedad del cansancio, establece “…que los dioses se regocijan cuando los
hombres juegan. Los hombres juegan para los dioses”. Por eso lo digo y lo
sostengo, esos plebes peladillos en sus juegos infantiles; sin ser del todo
conscientes, rendían tributo a sus Dioses y siempre les tomaron la palabra.
Justo, de esta forma el Monis, el Miliki, el Monito López, el Nalguitas
Pícaras, la Borrega y el Lucho, se entregaban a la religiosidad de lo lúdico.
Aquella
tarde del verano tempranero, el sol dejó de quemar pieles morenas por unas
horas. Había caído un aguacero tremendo, de esos inesperados. Llovió con tanta
fuerza, que las matas de los ya verdes limoneros y los mangos corrientes
soltaron sus frutos; tanto verdes como maduros. Las injurias y mentadas de
madre de los lugareños se escuchaban por todos lados, casi como los ladridos de
los perros cuando algo les desagrada. El desagrado nacía por tanta “pérdida de
fruta”; pero sobre todo por la alteración de sus rutinas vespertinas. Por
ejemplo, se alteró la jugada de la lotería, en el amplio camastro, que la Lola
de Eduardo, facilitaba a la gente del barrio, asegurando con este préstamo, la
famosa cica: jugar una carta de gollete, sin pagar el costo/valor de su
entrada.
En un
escenario muy cercano, otra vivencia se desarrollaba en el amplio patio de con
la Chuy de Ramón, a un costado de la tremenda sombra proyectada por el veterano
tamarindo vigilante, que adornaba ese paisaje ralo. En esa loma pequeña, que se
elevaba por encima de la calle peatonal demarcada, justo ahí empieza el dibujo del
patio perfecto para el juego de los plebes. Era liso, húmedo y fresco para que
la plebada del barrio de los Monjes Juniors urdiera algunos de sus juegos en
donde se enfrentaban a muerte (es un decir), probando sus mejores habilidades,
astucias, agandalles y trampas si había posibilidad de torcer alguna de las reglas
acordadas para el juego. Era cuestión de que algún plebe de la Chuy, de la Rafa
de Poncho, de la Nela de Martín, de la Lupa del Chapo, de la Ofelia de Pedro,
de la María de Margarito asomara la cabeza, para armarse los juegos-combates en
ese micro coliseo San Pedreño.
Los
plebes del barrio compartían algunos signos de identidad, aunque de distinto
color, presentación y materiales, el otro del barrio también lo portaría. A
ellos les bastaba un short de terlenka, o de yute, que trajeran las bolsas,
suficientemente grandes, en donde poder guardar un trompo, su piola, un tacón
bien cuidado y protegido; así como algún tostón de pseudoplata, un peso de
Morelos o un 50 de cobre, cuando más jodidos andaban de feria. ¡Claro! En esos
bolsillos, no podían faltar algún gordolobo, un tirito multicolor y alguna agüita,
que sacaban a golpes de la corona de las botellas del brandy Don Pedro, o Viejo
Vergel. El caso era estar siempre atento, por si alguien llamaba a jugar a las
bolichis.
El
Monis junto con su hermano el Miliki, fueron los primeros que asomaron la
cabeza. Se dirigieron de inmediato al patio. Lo palparon con sus pies descalzos
- sin conocer todavía la rola de Shakira-, y determinaron los dos que el patio-escenario
estaba en su punto perfecto. Antes de trazar el gran círculo de 1.5 de radio,
el Monis, con un rápido movimiento de su mano zurda, movilizó su dedo índice hacia
el suelo húmedo, talló la superficie con fuerza. Al mover su dedo, lo arrastró
con fuerza unos centímetros, para que el suelo soltará una capa de lodo lechosa,
consiguiendo así se pegara en su dedo índice y de ahí llevársela a su boca;
como si fuera un trozo suculento de melcocha, - Mmm, qué rico sabe, ¿no vas a
probarlo Miliki? -. El hermano menor, obediente, sin pensarlo mucho repitió el
mismo procedimiento: llevó algunos minerales de la madre tierra directo, sin
mediación alguna para alimentar a su colonia de criadero de lombrices. Mientras
este ritual sucedía: comer tierra fresca/húmeda cuando llovía en el pueblo. A lo
lejos, por el medio del solar de Doña Chica, arremangando bledo y zacate Johnson,
se visualizó el cuerpo moreno, brilloso y chaparro, de la Borrega de la Lupa. Quien
ya venía al encuentro directo con el Monis y el Miliki. Se acercó a los
hermanos y les dijo: - es tiempo de jugar al tacón, ¿no? ¿a poco no está
especial el patio? -. Entre el tiempo transcurrido para sacar la aprobación
buscada con los hermanos, sacó su tacón del short café, veteado de mugre, sudores,
pestes y salitre. Se los mostró, alzándolo con sus manos por arriba de su
cabeza. Era un tacón gigante de plástico, rugoso, flexible y poroso. El
instrumento para el juego, se imponía a cualquiera.
El
Monis y el Miliki le dijeron ¡sobres!, y como almas que empeña el diablo se
dirigieron a su casa. En menos de dos minutos, cada uno ya traía su instrumento
para jugar. El Monis a su modo, presumiendo, levanta su trompa de cochi,
exponiendo sus labios gruesos, de donde sale la expresión: - pues a ver si les
dejo algo -. Su tacón era muy ancho, conformado también por caucho poroso y
tenía el rasgo de ser flexible. Al verlo de cerquita, también imponía respeto a
sus contrincantes. El Miliki siempre sagaz y calculador, con su risa burlesca y
sus ojos saltones a punto de salirse de sus órbitas, les dijo al Monis y a la Borrega,
- miren con ese tacón van a volar pelos, ¡agárrense jotitos! -. El tacón del
Miliki era de color amarillento. Al golpear el suelo sonaba como algo hueco, su
material se asemejaba a una base de hueso animal compacto.
Entre
los tres, como buenos amigos, aplicando algunos principios de la geometría
euclidiana, que les había enseñado la maestra María Elena en la escuela
primaria del pueblo. Procedieron a su trazo. La Borrega traía un trompo de guayacán,
usaron su piola, para demarcar en el patio un diámetro de 1.5 metros, con el
propósito de que saliera equilibrada la proyección del área. Trazaron primero la
radio respectiva, sin ningún problema. Para ello, amarraron a cada extremo de la
piola un clavo cabeza de cochi. El Monis lo sostuvo en el puro centro, en tanto
que la Borrega empezó a girar, en el sentido de las manecillas del reloj,
usando la punta del clavo como plumón, que trazaba/pintaba el perímetro del
círculo en formación hasta que alcanzó los 360 grados respectivos. Así fue como
quedó delimitada el área que se tendría que recorrer para poder sacar las
cacharpas que se jugarían. En el puro epicentro del círculo, usaron como
medida, la cuarta de la mano del Monis, convirtiéndola en unidad confiable de
cálculo. Basados en ese acuerdo de medida, trazaron otro círculo con esas
dimensiones de radio. Ese círculo concéntrico pequeño, era el área hacia la
cual apuntaban sus monedas los taconistas para quedar en la mejor posición e
iniciar primero la partida, antes que los demás adversarios del juego. Las
monedas que cayeran fuera del epicentro serían las primeras que atacarían los
jugadores; mientras que las monedas que cayeran dentro de su área, serían las
últimas que intentarían sacar del área del círculo.
Los
plebes dominaban muy bien los acuerdos, sobre los cuales se sostenía este
juego. La regla central era: no arrastrar el tacón con la moneda, sino soltarlo
en cuanto tocara el suelo húmedo, o bien a la moneda. Cada uno de los jugadores
tenía dos tiradas. Una de golpe fuerte, como la quisiera el jugador y una segunda
de golpe suave del pecho o del estómago hacia afuera. La fuerza, la habilidad,
la postura del cuerpo, sus rezos y rituales ya dependían de cada niño jugador.
El
Monis y la Borrega armaron el primer juego para calentar los huesos y sus
correosos músculos forjados en la calle, en el canal, en el río, en el corte de
leña, de bledo y de frijol; por tanto, sus cuerpos en general, eran resistentes
al sudor y el cansancio. El juego inició entrando la partida con una moneda de
tostón por jugador. Era una cacharpa con la esfinge de Cuauhtémoc, hecha de una
aleación cuproníquel (color plateado), de una consistencia pesada; pero a los
plebes taconeros les valía madres, se las ingeniaban y las hacían volar por los
aires. Listos, empezaron por turno a arrojar sus monedas desde fuera del
perímetro, para intentar colocarlas lo mejor posible. Solo la cacharpa del Monis
cayó fuera del círculo pequeño del centro. Empezó la tirada la Borrega porque
su cacharpa quedó más cerca del epicentro del círculo. La Borrega fracasó en
sus intentos por sacar alguna moneda del área de la figura geométrica. El
pobre, dejó la mesa servida para el ataque del Miliki. Enseguida iba a tirar
Miliki y en tercer lugar el Monis, si quedaban monedas por sacar. El Miliki se
concentró, dio dos fuertes absorbidas al moco verde blanquizco, se acomodó su
short café, que ya lo traía en la mitad de sus nalgas. En un santiamén el
Miliki puso en juego sus habilidades y con su tacón de hueso duro sacó la
moneda del Monis, luego continuó con la de la Borrega y al último la de él. El
cabrón no falló ningún tiro. Los dejó con la boca abierta. De inmediato
reaccionaron a la defensiva -… a ver pinche Miliki, ¡qué tiene tu tacón¡, nos
estás haciendo trampa cabrón -. Miliki, de inmediato mostrando su sonrisa
burlona y sus dientes amarillentos, pintados por los huevos (de libre pastoreo)
estrellados del desayuno, les espetó en su cara – no, ni qué trampas ni qué
madres -, todavía haciéndoles burla, lamía sensualmente, con su lengua gruesa,
las puntas de su tacón adorado. Mientras los dos plebes, se retorcían del coraje
por no poderle dar batalla.
En la
jugada que corría, desde luego ellos ya sabían que alguien les faltaba. De
repente, al fondo del corral de vacas de Ponchillo Ibarra, se asoma el Lucho de
la Rafa de Poncho, que con gran agilidad se brincaba la barda de block, la cual
evidenciaba huellas verdosas y amarillentas, producto de tanta miada y pajoso/cagada
arrojada por las vacas, becerros y toritos; que ahí pasaban la noche. El Lucho
venía arremangando mierda a más no poder. Como una especie de mini tractor atravesó
el corral del ganado, que mostraba a todo su esplendor sus colores cafesosos, humeantes
como si fuera una taza de café, producto del magma conformado por agua de la
lluvia que había caído, el calor, la humedad y el proceso de descomposición del
estiércol. Sin importarle pestes, o un posible resbalón, el Lucho saltó sobre
la barda, que marcaba las colindancias con el solar de la Chuy de Carabinas. Antes
de decir algo a los plebes, éstos voltearon a verlo. Casi en coro le
preguntaron - ¿qué ondas Lucho te esperamos para que juegues o no traes dinero?
-. Lucho se sonrió ante la pregunta, enseñando su blanca, consistente, pareja y
tupida dentadura. A la vez que con su mano derecha se arreglaba sus cabellos
negros, lacios, que como si fuera una tela negra planchada le caían sobre su
frente. - Claro que sí pendejitos, sí voy a jugar y ya verán, lo pelaré gacho,
si no, miren nada más lo que traigo aquí en mis manos -. El pinche lucho, ni
tardo ni perezoso, sacó de la bolsa de su short, un tacón negro, el cual
resaltaba por un combinado colorido asentado como en una especie de triángulo color
naranja rojizo. El tacón era bajo de altura, delgado, compacto; pero era semi
flexible en toda la zona del caucho/hule que le daba forma. Lo había
desprendido cuidadosamente de un zapato con suela de neolite. El tacón también
era de neolite. Quién sabe dónde se lo robaría. Sin culparlo de robo. Era
incluso exagerado mantener esa hipótesis. O bien, quizás era uno de sus grandes
hallazgos de por allá en los basurones, ubicados en la ribera del río Culiacán
que pasa por San Pedro. La mera verdad nadie en el barrio de los Monjes, así
como en los demás barrios constitutivos del pueblo, habían presentado un tacón
con esas características. Es más, hasta se miraba nuevecito. Brillaba como
recién salido de la zapatería.
Bueno,
pues a jugar se ha dicho. Repitiendo la rutina de tirar sus monedas al círculo
del epicentro. Lucho tiró con un peso reluciente de Morelos. Para variar quedó
primero en el turno, ganándoles ya de entrada a los demás plebes. Empezó con
sus técnicas pulidas, ya ensayadas tiempo atrás en los patios de su abuela la
Canucha de Julio. El pinche Lucho se lució con el tacón nuevo. El instrumento
de juego golpeaba con tino y fuerza el borde de las monedas: era exacto y seco
el golpe del tacón. Con una agilidad tremenda el Lucho lo cachaba con sus
manos, cuando regresaba a él, por efecto de la retroacción. Los plebes estaban
azorados, asombrados y jalando como músicos, de sus narices, en forma nerviosa
y continua ese otro signo de identidad que les caracterizaba: el clásico moco
verde blanquizco y maduro que subía y bajaba de sus poros nerviosos de su nariz;
pero que jamás caía y sí, Lucho les cumplió, les pegó una chinga de perro
bailarín. Peló al Monis, al Miliki y a la Borrega. Una vez que cumplió su
misión les dijo: - bueno bola de pendejitos, ahí nos vidrios, voy con la Güila Ibarra
a comprarme un cortadillo y un cochito de chocolate -. Y se fue, como parten los
veleros en libertad.
En el
pueblo, después se supo, como a las dos semanas, que Luciano Trapero andaba
bien encabronado buscando al plebe de la Rafa que le había quitado/robado un
tacón de sus zapatos nuevecitos, que apenas había sacado en abonos en la tienda
de la Vira Ibarra. La tunda que les pegó Lucho a su pandilla, nadie se las
quitó. Disfrutó de sus panes y aparte le sobró una feriecita. De Luciano
Trapero se supo, que, en días posteriores, llevó su zapato cojo con el Cachimbas,
el huarachero del pueblo, para que se lo arreglara. A Lucho, jamás lo agarró su
tocayo. Su madre, la Rafa de Poncho Calina, nunca se enteró del hurto del tacón
de neolite.

Comentarios
Esos plebes mostrencos fuimos nosotros en distintos ranchos y con iguales juegos y convivencias formativas.
Los plebes de hoy... Ni saben lo que se perdieron... La neta
Felicitaciones y gracias por este agasajo Literario y Cultural.
Su amigo de siempre, JM El Tal Frías S