"Antes de escribir una palabra es necesario que exista algo que pueda convertirse en palabras"





Cómo escribir Cómo escribir Cómo escribir

 

—Celso Gilberto Guzmán Félix

 

Escribir comienza antes de que exista la primera palabra.

Esta afirmación parece extraña, porque una persona podría pensar que escribir comienza cuando una mano toma un lápiz, cuando los dedos tocan un teclado o cuando aparece la primera letra sobre una página. Sin embargo, antes de escribir una palabra es necesario que exista algo que pueda convertirse en palabras. Una idea, una imagen, una duda, un recuerdo o, incluso, el deseo de no tener nada que decir.

Por eso, para explicar cómo escribir, primero tuve que preguntarme qué significa escribir.

Y, para escribir que primero tuve que preguntarme qué significa escribir, tuve que escribir precisamente esa pregunta.

Pero antes de escribirla tuve que pensarla.

Y antes de pensarla, tuve que necesitarla.

De modo que este texto comenzó antes de su primera oración, aunque la primera oración sea la primera evidencia de que el texto comenzó.

Ahora bien, una vez que existe una idea, el siguiente problema consiste en encontrar una forma de expresarla. Porque una idea no llega acompañada de palabras. Una idea puede existir durante mucho tiempo sin saber todavía cómo quiere ser dicha.

Esta idea, por ejemplo, comenzó siendo mucho más pequeña que la oración que acaba de explicarla. Al principio solamente existía algo parecido a esto: escribir es convertir algo que no tiene palabras en algo que sí las tiene. Después, esa idea tuvo que ser modificada, ampliada y organizada hasta convertirse en una explicación.

Y ahora esa explicación necesita explicar cómo fue ampliada y organizada.

Para hacerlo, escribí la oración anterior.

Pero esa oración tampoco apareció completa de inmediato. Primero fue necesario decidir que el texto debía detenerse un momento y mirar hacia atrás. Hasta ese punto, el texto estaba explicando cómo se escribe; entonces pensé que podía explicar, además, cómo había escrito la explicación anterior.

Así nació la necesidad de escribir una nueva explicación.

Y aquí aparece una de las primeras reglas de la escritura: cada palabra puede producir la necesidad de otra palabra.

Una frase rara vez permanece sola.

Cuando escribimos «el cielo estaba oscuro», inmediatamente pueden aparecer preguntas. ¿Por qué estaba oscuro? ¿Era de noche? ¿Había una tormenta? ¿Quién estaba mirando el cielo? ¿Por qué importa que estuviera oscuro?

Una palabra abre una posibilidad.

Una posibilidad exige otra decisión.

Una decisión se convierte en una palabra.

Y una palabra puede abrir nuevamente otra posibilidad.

Este texto funciona de esa manera. Cada vez que intento explicar algo sobre la escritura, la explicación crea una nueva cosa que necesita ser explicada. Por eso, escribir sobre cómo escribir es especialmente peligroso: uno puede terminar persiguiendo su propia explicación hasta olvidar dónde comenzó.

Por ejemplo, hace unas líneas escribí que «una palabra abre una posibilidad». Esa frase fue elegida porque necesitaba resumir una idea anterior. Pero para elegirla tuve que decidir que la palabra posibilidad expresaba mejor lo que quería decir que otras palabras como camino, opción o dirección.

Esa elección también forma parte de escribir.

Escribir no consiste solamente en colocar palabras.

Consiste en rechazar otras.

Cada palabra escrita es, al mismo tiempo, muchas palabras que no fueron elegidas.

Cuando escribí «escribir no consiste solamente en colocar palabras», dejé fuera muchas otras formas posibles de decir lo mismo. Podría haber escrito «escribir es más que poner palabras juntas». Podría haber dicho «la escritura no es únicamente unir letras». Podría haberlo explicado con un ejemplo.

Pero elegí esa oración.

¿Por qué?

Porque este texto necesitaba una frase breve después de varias explicaciones largas. Necesitaba detenerse un momento. Necesitaba que la lectura respirara.

Y esta explicación sobre la necesidad de respirar dentro del texto fue escrita después de observar que las oraciones anteriores comenzaban a acumular demasiadas ideas.

Así que ahora el texto no solamente explica cómo elegir palabras.

También explica cómo elegí el ritmo.

Pero, naturalmente, si quiero explicar cómo elegí el ritmo, tendría que explicar cómo descubrí que había un ritmo que elegir.

Eso ocurrió mientras escribía.

Porque una de las cosas extrañas de escribir es que no siempre sabemos lo que estamos haciendo hasta después de haberlo hecho.

A veces una persona escribe una oración y, al leerla, descubre lo que estaba intentando decir.

Esto significa que escribir también puede ser una forma de pensar.

No pensamos siempre antes de escribir.

A veces escribimos para descubrir qué pensamos.

Esta oración fue escrita para explicar esa idea. Pero la idea fue comprendida mientras buscaba una forma de continuar el texto. Durante unos momentos existieron varias posibilidades para la siguiente parte: podía hablar sobre las ideas, sobre las palabras, sobre las correcciones o sobre los finales.

Elegí hablar sobre el pensamiento porque el propio proceso de elegir me obligó a pensar.

Y, mientras pensaba cuál de esas posibilidades elegir, ya estaba realizando aquello que después iba a explicar.

Es decir: estaba escribiendo sobre pensar mientras pensaba sobre escribir.

Tal vez esa sea una buena definición de este texto.

Un texto que intenta mirar su propia espalda.

Pero ningún texto puede verse completamente a sí mismo mientras existe.

Siempre hay algo que queda detrás.

Mientras escribo esta oración, sé que estoy escribiendo, pero no puedo saber todavía cómo será leída. No puedo saber qué palabra parecerá más importante después. No puedo saber qué oración terminará explicando mejor las demás.

Eso solo puede descubrirse cuando el texto se detiene.

Y detener un texto también es escribir.

Uno podría continuar indefinidamente. Después de todo, cada oración permite otra. Cada explicación puede ser explicada. Cada decisión puede convertirse en una pregunta acerca de por qué se tomó esa decisión.

Podría escribir:

Esta oración fue escrita porque necesitaba un ejemplo.

Y después tendría que explicar por qué necesitaba un ejemplo.

Podría decir que necesitaba un ejemplo para hacer más comprensible la idea anterior.

Pero entonces tendría que explicar por qué quería que fuera comprensible.

Y podría responder que un texto existe para comunicar algo.

Pero tendría que preguntarme qué significa comunicar.

Y después qué significa significar.

Y, finalmente, tendría que preguntarme por qué una palabra significa algo.

En algún punto, explicar cómo escribir se convertiría en explicar cómo pensamos, cómo hablamos y cómo entendemos el mundo.

Por eso una escritura aparentemente sencilla puede conducir a lugares inesperadamente profundos.

Se comienza con una palabra.

Después se intenta explicar esa palabra.

Luego se explica la explicación.

Después se observa cómo fue escrita esa explicación.

Y finalmente se descubre que el acto de observarla también necesita palabras.

Entonces se escriben.

Y esas palabras, inevitablemente, quedan esperando ser explicadas.

Quizá escribir sea aceptar que nunca podremos explicar completamente lo que hacemos mientras lo estamos haciendo.

Porque cuando terminamos de explicar una cosa, ya hemos hecho otra.

Este párrafo, por ejemplo, intenta llegar a una conclusión. Pero mientras intenta llegar a ella, está creando una nueva parte del texto que también podría ser analizada. Alguien podría preguntarse por qué decidí utilizar la palabra conclusión. Podría responder que necesitaba indicar que el texto se acercaba a su final.

Pero entonces aparecería otra pregunta:

¿Por qué un texto necesita indicar que se acerca a su final?

Porque el lector necesita sentir que ha recorrido un camino.

¿Y por qué necesita sentirlo?

Porque una historia, una explicación o incluso un pensamiento suelen necesitar una dirección.

¿Y cómo decidí que este texto necesitaba una dirección?

Al comenzar a escribirlo.

Es decir, descubrí cómo terminar este texto mientras escribía cómo se escribe.

Quizá esa sea la lección más importante.

No siempre se escribe sabiendo exactamente qué se va a escribir.

A veces se empieza.

Se escribe una palabra.

Luego otra.

Después se mira lo escrito.

Se descubre que algo falta.

Se añade.

Se descubre que algo sobra.

Se elimina.

Se cambia una palabra.

Esa palabra cambia una oración.

La oración cambia un párrafo.

El párrafo cambia el significado de una idea.

Y, cuando finalmente creemos haber terminado, descubrimos que también podríamos explicar cómo tomamos la decisión de terminar.

Así que esta última oración fue escrita porque necesitaba terminar.

Y la anterior fue escrita para explicar por qué esta es la última.

Aunque, al explicar que esta es la última, ya he escrito otra.

Por lo tanto, aquella no era realmente la última.

Quizá ésta sí.

Pero si explico por qué elegí terminar aquí, tampoco lo será.

Así que escribir, en ocasiones, consiste simplemente en tomar una decisión arbitraria y aceptar que el texto podría continuar sin nosotros.

Y ésta es la última oración.

Al menos hasta que alguien decida escribir otra.


Comentarios

Anónimo dijo…
Muy interesante su texto compañero Celso, parece de primera intención confuso, pero ya leyéndolo detenidamente no es más que el proceso metacognitivo de la escritura como diría Daniel Cassany, Lo felicito y le mando un abrazo desde Los Mochis.

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