29 de Septiembre, Aniversario de la Fundación de Culiacán
“La ciudad seguía siendo la misma. Lo que había cambiado era la manera de mirarla"
SENDERISMO URBANO
Un recorrido por Culiacán
—Celso Gilberto Guzmán Félix
Culiacán
comenzaba a moverse desde temprano. El calor ya estaba presente, aunque el día
apenas comenzaba, los automóviles empezaban a llenar las avenidas y los
negocios levantaban poco a poco sus cortinas. No era una ciudad perfecta. Había
calles cuidadas y otras que mostraban el paso de los años, zonas tranquilas y
otras donde el tráfico y el ruido eran parte permanente del paisaje. Había
construcciones nuevas junto a edificios viejos, lugares que parecían pensados
para el futuro y otros que daban la impresión de haberse quedado en otra época.
El
recorrido comenzaba en el Cerro de la Virgen. Desde arriba,
Culiacán se veía distinta. Las casas se extendían hacia diferentes direcciones
y las calles parecían más ordenadas de lo que realmente eran cuando se estaba
en ellas. Los automóviles parecían pequeños y las personas prácticamente
desaparecían entre la distancia.
Desde
ahí podía entenderse algo bastante sencillo: una ciudad nunca se puede conocer
completamente.
Se
puede mirar desde arriba, recorrer sus calles, visitar sus edificios y aprender
algunos de sus nombres, pero siempre habrá algo que queda escondido. Detrás de
cada casa existe una vida que no puede verse desde afuera. Una familia
desayunando, alguien preparándose para trabajar, un estudiante preocupado por
una tarea, una persona teniendo uno de los mejores días de su vida o quizá uno
de los peores.
Desde
lejos, todo parece tranquilo.
Tal vez
por eso también era fácil equivocarse al juzgar la vida de los demás. Bastaba
observar una pequeña parte para creer que ya se conocía todo.
Desde
aquel punto elevado también resultaba curioso pensar en el nombre de la ciudad.
Hay distintas explicaciones sobre el origen de “Culiacán”, algunas relacionadas
con Coltzin y otras con diferentes interpretaciones de las palabras indígenas
de las que pudo derivarse. Ni siquiera en algo tan básico como el nombre existe
una única respuesta completamente aceptada.
Y quizá
no estaba mal.
Tal vez
la historia, igual que las personas, no siempre tenía una sola versión.
Después
el camino continuaba hacia el Panteón 21 de Marzo.
El
cambio se sentía inmediatamente. Había menos movimiento y, sobre todo, otra
manera de entender el tiempo.
En un
panteón bastaba mirar una lápida para recordar que una vida podía terminar
reducida a un nombre y dos fechas.
Entre
esas fechas, sin embargo, había cabido una vida entera.
Alguien
había nacido, crecido, conocido personas, tenido preocupaciones, cometido
errores, celebrado cosas y hecho planes. Quizá alguna de esas personas había
recorrido Culiacán cuando la ciudad era completamente diferente.
Ahora
solamente quedaba su nombre.
Y quizá
lo más extraño era que ninguna de esas personas había vivido pensando que algún
día sería solamente un nombre sobre una piedra.
Todos
tenemos la sensación de que todavía queda tiempo.
Hasta
que deja de quedar.
Después
del panteón, el recorrido seguía hacia Alturas del Sur y la
sensación cambiaba nuevamente. La ciudad volvía a llenarse de casas, vehículos
y personas ocupadas con sus asuntos.
Era
curioso.
A unos
minutos de las tumbas, la vida seguía como si nada.
Pero
quizá siempre era así.
Mientras
alguien está llegando al final de su vida, otra persona está comenzando la
suya. Mientras alguien se despide, alguien más está conociendo a otra persona.
Mientras una familia recuerda a alguien que perdió, otra está celebrando un
nacimiento.
La
ciudad no se detiene para ninguna de esas cosas.
El
camino llevaba después al Mercado de Abastos.
Aquí no
había demasiado espacio para quedarse pensando. El movimiento del lugar imponía
su propio ritmo. Personas comprando, vendedores trabajando, mercancías entrando
y saliendo, vehículos esperando.
Todo
tenía que continuar.
Y quizá
eso también era una parte poco reconocida de la existencia: muchas veces no se
tiene tiempo para pensar en el sentido de la vida porque simplemente hay que
vivirla.
Había
que trabajar.
Había
que comer.
Había
que pagar.
Había
que llegar.
Había
que regresar.
El
Mercado de Abastos llevaba décadas formando parte de ese movimiento. Su
organización comenzó a tomar forma desde finales de los años setenta y terminó
consolidándose durante los años siguientes. Pero mientras se observaba a las
personas trabajar, esas fechas parecían menos importantes que una idea más
sencilla: alguien había comenzado aquello muchos años atrás sin saber
exactamente quién terminaría usando el lugar.
Las
ciudades estaban llenas de cosas construidas por personas que nunca conocerían
a quienes las utilizarían.
Después
aparecía el Tianguis de los Huizaches.
Entre
los puestos había objetos que ya habían tenido otra vida. Cosas usadas que
alguien había decidido vender y que otra persona podía estar buscando.
Eso
hacía pensar en lo extraño que era el valor.
Una
cosa podía no significar absolutamente nada para alguien y ser importante para
otra persona.
Un
juguete viejo podía ser basura para un desconocido y un recuerdo de infancia
para quien lo había tenido.
Una
fotografía podía ser solamente una imagen para cualquiera y, para alguien más,
representar a una persona que ya no estaba.
Quizá
los recuerdos eran así.
No
tenían valor porque fueran importantes para todo el mundo.
Tenían
valor porque significaban algo para alguien.
El
recorrido continuaba hacia el Parque Culiacán 87.
El
nombre llamaba la atención precisamente por lo sencillo. El “87” no era una
referencia misteriosa. Recordaba el año en que comenzó aquel proyecto. La
primera piedra fue colocada en 1987 y el parque fue inaugurado un par de años
después.
Era
curioso que una fecha terminara convirtiéndose en un nombre cotidiano.
Con el
tiempo, incluso cuando el lugar tuvo otros nombres oficiales, muchas personas
continuaron llamándolo simplemente Parque 87.
Eso
demostraba que las ciudades también se construían con la manera en que la gente
las recuerda.
No
solamente con documentos.
No
solamente con nombres oficiales.
También
con apodos.
Con
costumbres.
Con
frases que se repiten durante años.
El
parque era grande y tenía diferentes espacios deportivos y recreativos. Había
personas caminando, haciendo ejercicio o simplemente pasando el rato.
Algunos
probablemente habían visitado ese mismo lugar cuando eran niños.
Quizá
años después regresarían con sus propios hijos.
El
espacio sería el mismo, aunque ellos ya no.
Eso era
algo que ocurría constantemente en una ciudad.
Los
lugares podían esperar.
Las
personas no.
Después
el recorrido continuaba hacia el Tecnológico Nacional de México campus
Culiacán. O simplemente, TEC de Culiacán.
La
institución había comenzado a funcionar en 1968, un año que hoy parece
pertenecer a una época completamente distinta. Pero quienes estudiaron ahí
entonces no estaban viviendo “la historia de 1968”.
Estaban
viviendo su vida.
Iban a
clases.
Hacían
tareas.
Conocían
personas.
Tenían
problemas.
Probablemente
también pensaban que algunos días eran aburridos.
Y quizá
eso era lo extraño de la historia: casi nadie sabe que está viviendo un momento
que después alguien estudiará.
Para
quien lo vive, solamente es martes.
Después
puede convertirse en una fecha.
El
recorrido seguía hacia la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe
y de ahí hacia La Lomita.
El
nombre parecía bastante sencillo una vez que se observaba el lugar. La iglesia
se encuentra sobre una pequeña elevación, y durante mucho tiempo hubo ahí una
ermita mucho más pequeña antes de que se construyera el templo actual.
La
Lomita no siempre fue como se conoce ahora.
Eso
también era curioso.
Los
lugares que hoy parecen inseparables del paisaje alguna vez fueron distintos.
Hubo un momento en que aquella iglesia no existía. Hubo un momento en que
Culiacán se veía desde ahí y tenía muchas menos casas.
La
ciudad que parecía permanente era, en realidad, solamente una versión temporal
de sí misma.
La
famosa escalinata también tenía sus propias historias. Se habla de sus 144
escalones y de una antigua anécdota relacionada con una promesa y el gobernador
Ramón F. Iturbe, aunque algunas versiones se cuentan de manera diferente.
Y quizá
eso era precisamente lo interesante.
Con el
paso de los años, las historias dejan de ser completamente propiedad de quien
las vivió.
Empiezan
a pertenecer también a quienes las cuentan.
Desde La
Lomita, nuevamente se podía observar Culiacán.
Pero
después de haber pasado por el panteón, el mercado y el parque, la vista ya no
parecía exactamente la misma.
La
ciudad seguía siendo la misma.
Lo que
había cambiado era la manera de mirarla.
A unas
calles de ahí, el recorrido continuó y, sin necesidad de acercarse demasiado,
comenzó a escucharse a lo lejos el ruido del Estadio de los Tomateros.
No hacía falta verlo de cerca para reconocer su presencia.
Las
voces, el movimiento y el ambiente que rodeaba al lugar llegaban apenas como un
murmullo entre el tráfico de la ciudad. Por unos momentos, aquel sonido
acompañó el camino y después fue quedando atrás, mezclándose nuevamente con los
automóviles y el ruido cotidiano de Culiacán.
Desde
ahí el recorrido continuaba hacia el Parque Revolución, aunque
para mucha gente el nombre más familiar seguía siendo Paraguas.
Y había
una razón para eso.
El
parque fue inaugurado en 1938 y, años después, tuvo una refresquería conocida
como “Las Paraguas”. El nombre terminó quedándose en la memoria popular.
No
hacía falta saber mucho más.
Una
palabra podía sobrevivir durante décadas porque la gente se acostumbraba a
decirla.
Era
curioso cómo funcionaba la memoria colectiva.
Los
documentos podían cambiar una denominación.
La gente
podía no enterarse.
Y aun
así seguir utilizando el nombre que había escuchado de sus padres.
El
parque había sido escenario de distintas actividades a lo largo de los años,
incluso eventos de boxeo y lucha libre.
Probablemente
muchas personas que estuvieron ahí hace décadas ya no regresarían nunca.
Pero el
lugar seguía ahí.
Después
aparecía la Central de Autobuses Líneas de Oriente, la llamada
Central Vieja.
Ahí
todo tenía que ver con irse.
Autobuses.
Maletas.
Esperas.
Despedidas.
Personas
que llegaban y personas que se iban.
Quizá
una central de autobuses era uno de los pocos lugares donde una persona podía
ver claramente que la vida de los demás también estaba en movimiento.
Alguien
se iba por unos días.
Otro
quizá comenzaba una nueva vida en otra ciudad.
Alguien
regresaba después de mucho tiempo.
Y
alguien más simplemente esperaba su transporte para llegar a casa.
No
todas las partidas tenían la misma importancia.
Pero
ninguna persona podía saber cuál terminaría siendo la última.
Después
el camino llevaba hacia la Catedral-Basílica de Nuestra Señora del
Rosario.
Ahí el
paso del tiempo podía sentirse de otra manera.
La
primera piedra fue colocada en 1842.
Al
decir solamente el año, parecía una fecha lejana y casi abstracta.
Pero
bastaba imaginarlo de otra manera.
Una
persona podía haber estado ahí en 1842 y haber visto comenzar la construcción.
Podía haber envejecido esperando verla terminada. Sus hijos podían haber
crecido mientras las paredes se levantaban lentamente.
La
catedral tardó décadas en completarse.
Hoy se
puede pasar frente a ella y verla como algo que simplemente “está ahí”.
Pero
alguna vez estuvo incompleta.
Como
casi todas las cosas que hoy parecen permanentes.
Cerca estaban las Letras
Turísticas de Culiacán, colocadas como una de esas pequeñas señales
que buscan convertir el nombre de una ciudad en una imagen.
Al fondo podía distinguirse la
figura dorada de la Estatua Manuel J. Clouthier, empresario y
político sinaloense conocido también por su participación en la vida política
del país durante la década de 1980. La estatua destacaba entre las
construcciones y el movimiento de las calles.
Era curioso cómo, en unos cuantos
metros, convivían distintas formas de recordar una ciudad: las letras para
nombrarla, una estatua para representar a una persona y la catedral como un
edificio que había permanecido mucho más tiempo que cualquiera de quienes
pasaban frente a ella.
Desde ahí, el recorrido podía
continuar hacia la Plazuela Álvaro Obregón, donde el espacio
cambiaba nuevamente. Al fondo se encontraba la estatua ecuestre del General
Antonio Rosales, militar y político sinaloense del siglo XIX,
recordado principalmente por su participación en la defensa de la República
durante la intervención francesa. Representado sobre un caballo, parecía avanzar
todavía en medio de una ciudad que había cambiado considerablemente desde su
época.
La figura permanecía inmóvil
mientras alrededor todo seguía moviéndose: personas cruzando, vehículos
pasando, comercios abiertos y el ruido habitual del centro.
Quizá esa era una de las
contradicciones más sencillas de cualquier ciudad: las estatuas permanecen
quietas precisamente para recordar a quienes ya no están, mientras la vida
continúa pasando frente a ellas.
Después
aparecía el Instituto MIA.
El
lugar también tenía algo interesante que contar sin necesidad de detenerse
demasiado en ello. Antes de convertirse en el instituto que existe actualmente,
aquel espacio estuvo relacionado con un cine.
Un
edificio podía cambiar de propósito.
Primero
podía servir para una cosa.
Después
para otra.
Y al
final terminar formando parte de una historia completamente diferente.
Tal vez
las personas tampoco eran tan diferentes.
No
siempre terminaban siendo aquello que habían imaginado al principio.
El
recorrido continuaba hacia el Museo de Arte de Sinaloa,
MASIN.
El
edificio era más antiguo que el museo mismo. Sus paredes habían tenido otros
usos antes de convertirse en un espacio dedicado al arte.
Eso
hacía que caminar frente a él fuera también caminar frente a una pequeña parte de
la historia de la ciudad.
Pero
quizá no hacía falta conocer cada detalle para sentirlo.
Bastaba
pensar que una persona podía pasar hoy por una puerta sin imaginar cuántas
otras personas la habían cruzado antes.
Un
niño.
Un
comerciante.
Un
funcionario.
Un
artista.
Alguien
que ya murió.
Alguien
que todavía no había nacido cuando aquella persona pasó por ahí.
La
misma puerta.
Distintas
vidas.
Después
estaba el Teatro Pablo de Villavicencio.
Su
nombre recordaba a Pablo de Villavicencio, conocido como El Payo del Rosario,
pero el teatro tenía también su propia vida desde que abrió sus puertas en
1980.
Un
teatro tenía algo extraño.
Todo lo
que ocurría dentro estaba destinado a terminar.
Una
obra podía durar dos horas.
Después
las luces se apagaban.
El
escenario quedaba vacío.
Y aun
así, nadie diría que por eso la obra había sido inútil.
Quizá
las cosas no tenían que durar para siempre para tener significado.
Una
conversación podía durar diez minutos y cambiar una relación.
Una
clase podía durar una hora y cambiar la manera en que alguien entendía algo.
Una
tarde podía durar unas horas y permanecer en la memoria durante décadas.
Después
tocaba cruzar el río Tamazula.
El agua
avanzaba debajo mientras los vehículos seguían su camino.
El río
no parecía tener prisa.
La
ciudad sí.
Y quizá
había algo que aprender de eso.
Las
personas estaban constantemente preocupadas por llegar a alguna parte.
El río
simplemente continuaba.
Al otro
lado aparecía el Parque Las Riberas.
Ahí era
posible caminar junto al agua, observar árboles, ver personas haciendo
ejercicio o simplemente sentarse un momento.
Era uno
de esos espacios donde la ciudad parecía bajar un poco el volumen.
Y
entonces se hacía más evidente que Culiacán no era solamente calles y
edificios.
Los
ríos también formaban parte de ella.
Habían
estado ahí antes de muchas de las construcciones que ahora los rodeaban y,
probablemente, seguirían ahí cuando otras cosas hubieran cambiado.
Después
el recorrido llevaba hacia FORUM Culiacán.
El
contraste era bastante evidente.
De los
árboles y el agua se pasaba a tiendas, restaurantes, estacionamientos y
personas comprando.
Pero
tampoco tenía sentido separar completamente ambos mundos.
Los dos
formaban parte de la misma ciudad.
La
ciudad podía tener un jardín botánico y un centro comercial.
Podía
tener una iglesia antigua y un edificio moderno.
Podía
tener un panteón y una universidad llena de jóvenes.
No era
una contradicción que necesitara resolverse.
Era
simplemente la forma en que había crecido.
Después
aparecía la Encrucijada Tres Ríos.
El
nombre hacía pensar inevitablemente en los caminos.
Una
encrucijada era el lugar donde había más de una dirección posible.
Y eso
tenía algo de parecido con la vida.
En
ciertos momentos una persona llega a un punto donde tiene que elegir.
No
puede tomar todos los caminos.
Elige
uno.
Los
demás quedan atrás.
Y casi
nunca puede saber exactamente qué habría encontrado si hubiera elegido otro.
Quizá
por eso algunas decisiones pesan tanto.
No
porque necesariamente sean correctas o incorrectas, sino porque son
irreversibles.
Después
el camino continuaba hacia la Isla de Orabá y la Isla
del Tesoro del Holandés Volador.
El agua
volvía a aparecer y, por unos momentos, el recorrido podía sentirse más
tranquilo.
La Isla
de Orabá era un buen ejemplo de cómo la ciudad había aprendido a utilizar los
espacios alrededor de sus ríos. Lo natural y lo urbano se mezclaban sin
desaparecer completamente uno dentro del otro.
Las
personas caminaban.
El agua
avanzaba.
Los
árboles permanecían.
Y todo
aquello ocurría al mismo tiempo.
En
algún momento se escuchaba el sonido de un tren.
No
hacía falta detenerse demasiado para reconocerlo.
El
ruido llevaba directamente al Puente Negro.
El
puente había sido construido a principios del siglo XX, cuando el ferrocarril
comenzaba a transformar la manera en que Culiacán se comunicaba con otras
regiones. Su estructura de acero quedó terminada en 1908 y poco después el
ferrocarril comenzó a operar.
Hoy,
escuchar un tren puede parecer algo cotidiano.
Pero
hace más de un siglo aquel sonido significaba que la ciudad estaba entrando en
otra etapa.
Personas
y mercancías podían llegar con mayor facilidad.
Culiacán
estaba dejando de estar tan aislado.
Y
ahora, más de cien años después, el sonido seguía atravesando el paisaje.
Eso era
quizá lo interesante del tiempo.
No
desaparecía todo.
Algunas
cosas simplemente cambiaban de significado.
Después
aparecía el Parque Constitución - Zoológico de Culiacán.
El
lugar formaba parte de uno de los espacios recreativos tradicionales de la
ciudad y había pasado por distintas etapas de transformación.
Para
alguien que visitara el parque por primera vez, probablemente sería simplemente
un lugar para caminar y observar animales.
Pero
para otra persona podía ser el lugar donde alguna vez llevó a sus hijos.
Para
alguien más, un recuerdo de infancia.
El
mismo lugar podía significar cosas completamente diferentes dependiendo de
quién lo visitara.
Después
aparecía el Jardín Botánico de Culiacán.
El
jardín había comenzado en 1986 a partir de una iniciativa que buscaba reunir
una colección de plantas y que con el tiempo terminó convirtiéndose en un
proyecto mucho más grande.
Era
fácil pensar que un jardín así simplemente había aparecido.
Pero
detrás de él había años de trabajo.
Plantas
que habían crecido.
Personas
que habían cuidado el espacio.
Proyectos
que habían cambiado.
Y una
ciudad que, poco a poco, había aprendido a valorar un lugar que permitía
conservar algo de naturaleza dentro de ella.
Caminar
entre los árboles producía una sensación diferente.
No porque
el mundo hubiera desaparecido.
Sino
porque por unos momentos dejaba de ser tan ruidoso.
Después
aparecía Ciudad Universitaria.
Los
estudiantes caminaban hacia sus clases, algunos con prisa y otros con la
tranquilidad de quien todavía tiene tiempo.
Ahí el
futuro parecía estar por todas partes.
Estudiantes
estudiando carreras que quizá ejercerían durante décadas.
Pero no
todos sabían realmente qué querían.
Y eso
era completamente normal.
A los
jóvenes se les suele pedir que decidan muy pronto qué harán con gran parte de
su vida.
Como si
a cierta edad apareciera automáticamente una respuesta.
Pero
nadie recibe un manual.
Se
elige con la información que se tiene en ese momento.
Y
después se descubre si aquella elección funciona.
O se
cambia.
O se
vuelve a empezar.
Después
aparecía el Centro de Ciencias de Sinaloa.
La
ciencia representaba otra manera de enfrentarse a lo desconocido.
Mirar.
Preguntar.
Experimentar.
Equivocarse.
Volver
a intentar.
El
conocimiento nunca parecía terminar porque cada respuesta abría nuevas
preguntas.
Quizá
conocer el mundo y conocerse a uno mismo tenían algo parecido.
Cuanto
más se descubría, más evidente se volvía todo aquello que todavía no se
entendía.
Después
estaba el Estadio Dorados.
Nuevamente
aparecía el deporte y con él esa costumbre humana de reunirse alrededor de
algo.
Un
equipo podía representar mucho para una persona.
Para
otra, absolutamente nada.
Pero
incluso quienes no seguían el fútbol podían entender lo que significaba ver a
miles de personas compartir una emoción.
La
gente podía gritar al mismo tiempo.
Celebrar.
Enojarse.
Después
irse a casa.
El
mundo continuaba.
Más
adelante aparecía aquella universidad dedicada principalmente a formar
profesionales de la educación.
No
hacía falta detenerse demasiado para comprender la importancia que tenía dentro
del recorrido.
Después
de pasar por tantos espacios relacionados con conocimiento, cultura e historia,
volvía a aparecer la educación.
Personas
preparándose para trabajar con otras personas.
Y eso
tenía algo de responsabilidad.
Un
profesor no solamente transmite información.
También
puede dejar recuerdos.
Puede
influir en la forma en que alguien se ve a sí mismo.
Puede
hacer que un estudiante quiera continuar o que termine odiando una materia.
A veces
una persona puede olvidar exactamente lo que aprendió, pero recordar
perfectamente cómo la hicieron sentir.
Eso
también forma parte de la educación.
Después
aparecía Plaza Sendero Culiacán.
El
cambio era nuevamente evidente.
Tiendas,
personas comprando, comida, ruido y movimiento.
La vida
cotidiana también era eso.
No todo
tenía que ser histórico o profundo.
A veces
la gente simplemente necesitaba comprar algo y regresar a casa.
Y quizá
estaba bien.
La
existencia también estaba hecha de cosas pequeñas.
Después
aparecía la Universidad Autónoma de Occidente.
Otra
vez jóvenes.
Otra
vez carreras.
Otra
vez planes.
Era
curioso que tantas partes del recorrido terminaran llevando al mismo tema: el
futuro.
Tal vez
porque una ciudad podía tener edificios de más de cien años, pero siempre
estaba siendo habitada por personas que todavía estaban construyendo lo que
vendría después.
Luego
aparecía la Central de Autobuses Culiacán, la Central
Nueva.
Volvían
las maletas.
Volvían
las despedidas.
Volvían
las personas esperando.
Había
algo casi circular en haber pasado primero por la Central Vieja y ahora llegar
a la nueva.
La
ciudad había cambiado.
El
transporte había cambiado.
Pero
las personas seguían necesitando irse y regresar.
Después
aparecía el Country Club Culiacán.
Su
tamaño llamaba bastante la atención. El espacio era enorme comparado con muchos
de los lugares que habían aparecido durante el recorrido.
Y eso
volvía a mostrar que Culiacán no era una sola experiencia.
Había
zonas muy distintas entre sí.
Personas
que vivían realidades diferentes.
Lugares
destinados a funciones diferentes.
Una
misma ciudad podía sentirse completamente distinta dependiendo del punto desde
el que se observara.
Después
aparecía la Unidad de Servicios Estatales, solamente desde
afuera.
No
tenía el atractivo visual de un museo o de un parque, pero representaba algo
necesario.
Las
ciudades también funcionan gracias a lugares que casi nadie visita por gusto.
Oficinas.
Trámites.
Servicios.
Personas
trabajando.
Decisiones
administrativas.
No todo
lo importante tiene un edificio bonito.
Algunas
cosas solamente necesitan funcionar.
Después
tocaba cruzar el río Culiacán.
El agua
volvía a aparecer.
Después
de haber cruzado el Tamazula, parecía apropiado que el río Culiacán acompañara
también la última parte del recorrido.
El agua
seguía.
Los
vehículos seguían.
El
viaje también.
Finalmente
aparecía el Aeropuerto Internacional de Culiacán.
Y ahí
la idea del viaje se volvía más clara.
Un
aeropuerto era un lugar de llegadas y partidas.
Alguien
acababa de llegar.
Alguien
estaba a punto de irse.
Alguien
esperaba a una persona que no veía desde hacía meses.
Alguien
despedía a otra.
Y nadie
sabía completamente qué significaría aquella partida.
Después
de haber recorrido tantos lugares, Culiacán parecía difícil de resumir.
Había sido
una ciudad vista desde un cerro.
Una
ciudad recordada desde un panteón.
Una
ciudad trabajando en el mercado.
Una
ciudad jugando en los estadios.
Una
ciudad creyendo en sus iglesias.
Una
ciudad estudiando en sus universidades.
Una
ciudad conservando plantas.
Una
ciudad escuchando trenes.
Una
ciudad cruzada por ríos.
Una
ciudad comprando en plazas.
Una
ciudad despidiendo personas en centrales y aeropuertos.
Y
también había sido una ciudad con calles imperfectas, tráfico, calor, ruido y
lugares que podían necesitar más atención.
Eso
también tenía que formar parte de la mirada.
Porque
embellecer demasiado un lugar podía terminar siendo otra manera de no verlo
realmente.
Culiacán
no necesitaba ser perfecta para ser bella.
Quizá
incluso era más interesante aceptar que no lo era.
Tenía
contradicciones.
Tenía
problemas.
Tenía
espacios de los que podía sentirse orgullosa y otros que seguramente
necesitaban mejorar.
Pero
también tenía historia.
Y la
historia no estaba únicamente en los monumentos.
Estaba
en las personas.
En
quienes construyeron la Catedral sin saber quiénes caminarían frente a ella más
de un siglo después.
En
quienes colocaron la primera piedra del Parque Culiacán 87 sin saber cómo sería
el lugar décadas después.
En
quienes cruzaron el Puente Negro cuando el ferrocarril todavía representaba una
novedad.
En
quienes estudiaron en instituciones que hoy parecen antiguas.
En
quienes jugaron en parques que ahora visitan otras generaciones.
En
quienes dejaron objetos en un tianguis y en quienes los compraron.
En
quienes están enterrados en el Panteón 21 de Marzo y en quienes todavía están
recorriendo las calles.
Al
final, quizá eso era una ciudad.
No
solamente un lugar.
Una
acumulación de vidas.
Algunas
todavía presentes.
Otras
convertidas en recuerdos.
Otras
completamente olvidadas.
Y quizá
la parte más extraña era saber que quienes recorrían Culiacán ese día también
terminarían formando parte de esa historia, aunque fuera de una manera pequeña.
Algún
día ese recorrido sería pasado.
Los
lugares podrían cambiar.
Los
edificios podrían renovarse.
Algunos
podrían desaparecer.
Otros
podrían tener nuevos nombres.
Y
seguramente alguien más volvería a caminar por las mismas calles sin saber
quiénes estuvieron ahí antes.
Eso era
el tiempo.
No
destruía todo de golpe.
Simplemente
seguía avanzando.
Como el
agua.
Como un
tren.
Como
una persona que se aleja.
Como un
autobús que abandona una central.
Como un
avión que despega.
El
recorrido había terminado frente al aeropuerto.
Pero
Culiacán continuaba.
Los
automóviles seguían circulando.
Los
comercios seguían abiertos.
Alguien
estaba entrando a una escuela.
Alguien
estaba trabajando en el mercado.
Alguien
estaba caminando junto al río.
Alguien
estaba subiendo las escaleras de La Lomita.
Alguien
estaba escuchando el tren.
Alguien
estaba comenzando una vida que todavía no sabía hacia dónde iba.
Y quizá
eso era lo único que realmente podía decirse del futuro.
Que
todavía no había ocurrido.
El
viaje había terminado.
La
ciudad no.
Culiacán
continuaba.

Comentarios
Saludos, José Manuel Frías Sarmiento
Un fuerte abrazo y gracias por leerlo.