“Un cliente le solicitó que le agregara dos huevos al esquimo. Al partir el primer huevo le salió un pollito casi formado"



 



UN ESQUIMO CON POLLO

 

Alfredo Zañudo Mariscal

 

Hurgando en el baúl de los recuerdos, mi mente sacó a flote cuando era muy pequeño y todavía no iba a la escuela primaria. Vivíamos en una casa de dos aguas, construida por mi papá. Las paredes eran de ladrillos parados que se sostenían con fajillas de madera clavadas a los puntales los cuales eran durmientes que desechaban de la vía para meter otros en buenas condiciones. Por el centro de la casa también tenía durmientes los cuales sostenían las vigas y fajillas a las cuales se clavaba la lámina de color negro.     

Alrededor de la nuestra había unas 6 casas más que habitaban familias de apellido López, Pérez, Gastélum y Beltrán. Era un pequeño rancho independiente de las casas de Estación Colorada. Únicamente las separaba un terreno llano donde mis hermanos Andrés, Octavio el Cuco, juntos con el Juan y el Lupe, hijos de mi tío Lito y otros adolescentes de la familia López practicaban beisbol.

Las casas de los ferrocarrileros estaban construidas frente a la vía del ferrocarril. La mayoría de éstas ya estaban solas porque pocos de los trabajadores de esta Estación venían de Culiacán. Era una cuadrilla que en este lugar tenían su bodega donde guardaban el motorcito en el cual se desplazaban por la vía con sus instrumentos de trabajo con los cuales le daban mantenimiento a la vía en el tramo de Bacurimí hasta Vitaruto.

Recuerdo que nada más dos casas estaban habitadas: una por la familia de mi tío Lito y otra por tío Modesto y su familia. La casa de mi tata Toño y de mi nana Lencha se ubicaba atrás de las del ferrocarril. A un costado tenía el corral de las vacas y un tajo, éste era una laguna con un venero de agua que nunca se secaba y que servía para darle de beber agua al ganado vacuno y caballar.    

Era común ver a diario a personas trasladarse a pie de Estación Colorada y del rancho donde vivíamos al pueblo de Culiacancito para comprar provisiones, con las cuales las madres de familia preparaban algunos alimentos. Y también para surtirse de herramientas propias de las labores del campo como hachas, palas, machetes, martillos, alambres de púas y sogas. Y para ello se podían ir por arriba de la vía o, bien, por un camino paralelo que más adelante lo dejaban para cruzar la vía, ya casi llegando al pueblo.   

 También frente a este camino existía una granja llamada Los alazanes la cual tenía varios caballos. También borregos y muchas gallinas y gallos que don Ascención, el encargado, recogía varios huevos que ahora llaman de libre pastoreo los cuales apoyaban el sustento familiar.

En ese tiempo, un lugar de esparcimiento y convivencia en Culiacancito era la Refresquería de don José mejor conocido por El Cheche, quien era el papá del Profesor Pilar Alvarado. Los fines de semana se llenaba de parejas que iban a degustar de los raspados, o bien de los refrescos de la Pepsi, Vita y Seven. También, los jóvenes más pudientes económicamente escuchaban música a través de una rocola que utilizaba discos de acetato. Pero para que funcionara era necesario echarle un peso por cada canción. La moneda de a peso en ese tiempo tenía en una cara la figura de José María Morelos y Pavón.

También a esta refresquería acudían entre semana algunos adultos mayores, entre ellos mi tata Toño, a quienes les gustaba saborear los sabrosos esquimos que el Cheche preparaba con leche mezclándola con choco milk que tenía la imagen de Pancho Pantera, además les agregaba un poco hielo picado para que supieran más frescos. Pero también entre sus clientes algunos le pedían que mezclara en el esquimo unos o dos huevos. Según ellos para tener más fortaleza y aguantar los arduos trabajos que realizaban en las parcelas y en el campo. 

Resulta que, en una ocasión, un cliente le solicitó que le agregara dos huevos al esquimo. Al partir el primer huevo le salió un pollito casi formado. Lo mismo le pasó con el otro. El Cheche, otro día que llegó mi tata Toño, le dijo que los huevos que le había mandado vender doña Lencha dos le habían salido con pollitos. _La Lencha, dijo mi tata sorprendido. _Qué raro si ella no tiene necesidad de eso. _Pues así dijo el muchacho le reviró el Cheche, que su tía Lencha lo había mandado a venderlos.   

Mi tata, como era persona muy recta le pagó los huevos al Cheche. Pero otro día por la tarde llegó a su casa el encargado de la granja Los alazanes y le dijo que un muchacho güerito y otro alto más alto al que le dicen el Garrochas le estaban robando huevos y también desapareció un verduguillo el cual es un arma blanca. Mi tata Toño volvió a pagar los huevos y También el instrumento desaparecido.

Más tarde, en cuanto vio llegar al Cuco tomó la cuarta lo tomó del brazo y le dio tremenda tunda. El Cuco nada más gritaba: ¡ay mamacita, ay mamacita, no lo vuelvo hacer tío! ¡Ya no me pegue, por favor! También, ese día, antes de que oscureciera llegó el Juan. Traía un cuaderno y un lápiz y decía: yo me llamo Juan Adolfo Zañudo Sánchez. Se sentó en la hamaca y mientras simulaba que escribía su nombre volvía a decir en voz alta: yo me llamo Juan Adolfo Zañudo Sánchez, yo me llamo Juan Adolfo Zañudo Sánchez. Mi tata Toño iba llegando de darle comida a los caballos y traía la cuarta en las manos. Al escucharlo decir yo me llamo Juan Adolfo Zañudo Sánchez rápido le respondió: a ese cabrón es al que andada buscando yo. Y al pobre Juan le dio tremendos cintarazos con la cuarta, que todavía les causa risa a mis hermanos mayores cuando se acuerdan de estas travesuras de sus primos y del castigo que les dieron a Juan y al Cuco.          

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Ayyy no profe Alfredo. Yo me hubiera traumado si me hubieran salido esos pollos en formación. No me gusta ver cuándo los huevos de algunos nidos se caen al suelo y luego se ve ahí el embrión o los pajaritos en formación, ahora mucho menos en un licuado, que cosas tan fea.
Pero los plebes son tremendos y hacen sus travesuras, y así también recibió tremenda disciplina.
Muy entretenido su anécdota, su recuerdo de la infancia.
Muchos saludos profe Alfredo para usted!!!
Anónimo dijo…
Muy ameno su texto maestro Zañudo, esas historias campiranas de la infancia si son buenas, las rodillas peladas, los pantalones rotos por los alambres de púas, las naranjas robadas, en su texto los huevos robados, que bonito era ser niño en aquellos tiempos, no como los de ahora (diría el amargado). Le mando una felicitación por su escrito y un saludo desde Los Mochis.
Muchas gracias estimada Marité por darte un tiempo para leer y comentar este texto. A mi también me daría mucho asco si hubiera visto esa situación. Y es que el Cuco en sus tiempos de niño y adolescente hizo varias travesuras para obtener dinero las cuales me ha contado mi hermano mayor Andrés quien también creció bajo el cobijo de mis abuelos paternos. Saludos cordiales.
Estimado Maestro Alfredo, las historias de vida, los pequeños relatos personales son trozos de vida que reflejan y perpetúan los instantes más preciados en nuestros recuerdos.
Por eso es que vale la pena narrarlos como los recordamos, para que otros coincidan con sus recuerdos.
Saludos
Muchas gracias por su comentario estimado Dr. Adán. Coincido con usted en el tema de las historias campiranas. Un servidor también vivió su adolescencia llevando mangos y aguacates a la casa que robaba de las huertas que estaban cerca de Culiacancito y que no cuidaban. Saludos cordiales.
Muchas gracias estimado Maestro Frías por brindarnos este espacio en el cual, a través de la palabra escrita podemos aplicar esa frase de "recordar es volver a vivir" Por lo tanto, cuando surgen pensamientos de este tipo, del baúl de los recuerdos considero necesario darlos a conocer.
Saludos cordiales.

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