“Tal vez, mientras lees mi historia, encuentres un pedacito de la tuya. Y si eso sucede, entonces habrá valido la pena escribirla"






1. LA MUJER QUE YO ERA

 

Quizá no sabíamos quiénes éramos, quizá solamente                                                               sabíamos quiénes éramos dentro de ese pequeño mundo

 

Ven, quiero contarte algo, siéntate conmigo, que esto va pa´ largo y tendido.

Hazte un café, un té, o lo que quieras, que yo haré lo mismo porque esta conversación será sin prisa.

Quiero que conozcamos a la Liz de antes, la Liz de México, esa que pocos o casi nadie conoce aquí en Madrid. Y si no me conoces de nada, pues bienvenida, conocerás 2 versiones de una misma persona, ninguna mejor que otra, pero si, MUY diferentes.

Hablemos sobre

¿Quién era?
¿Qué soñaba?

¿Qué hacía?
¿Qué creía que necesitaba para ser feliz? Y,
Qué cosas daba por sentadas en esta vida…

Durante toda mi vida pensé que sabía perfectamente quién era, cuál era mi estilo, mi personalidad, mi propósito, qué me gustaba, qué me emocionaba; vamos, tenía una identidad muy bien definida, si tú le preguntabas a Lizbeth qué tenía claro en su vida, era QUIEN ERA, lo tenía más que claro.

O, bien, eso creía.

Y es que mientras todo permanece en su sitio, todo parece fácil y claramente no piensas en tu identidad, no vas por la vida pensando quién eres. (spoiler: hasta que las piezas se mueven)

Ya te digo, antes de mudarme, de venirme aquí a Madrid, yo era otra mujer.

Tenía otra vida, tenía no uno, sino varios trabajos (sí, sí, yo sé que ahora me ves o me ubicas como la Liz que no trabaja, pero uff, si yo te contara, yo amaba trabajar, todos mis trabajos, gracias a Dios, siempre fueron muy interesantes y los gozaba a tope), tenía lugares que conocía, rutinas que me daban cierta seguridad, tenía mis amistades y a las personas que amo ahí, pegaditas a mí.

Durante años yo no pensé demasiado en mi identidad y no porque no fuera importante, sino porque nunca había tenido que cuestionarla.

Yo sabía de dónde venía, quien era mi gente, donde estaban mis lugares, sabía dónde comprar lo que me gusta, a quien llamar según lo que necesitara, incluso, sabía qué esperar de un lunes, de un domingo, de un cumpleaños o de una Navidad.

Hay una versión de mí que existía en México y que ojo, de alguna manera extraña y curiosa sigue existiendo cuando estoy en México, aunque sí, lo acepto, ahora con algunos matices. Pero es verdad que, inconscientemente, al pisar México, esa versión, como por inercia, sale.

Era la mujer que había construido su vida con las herramientas que tenía en ese momento.

La que podía decir “vamos por un café” y todas sabíamos exactamente a dónde ir.

La que tenía una historia que los demás conocían.

Y claro que si, por supuesto que amaba esa vida.,

Sin embargo, aún en esa felicidad, esa plenitud, había cosas de mí que todavía no conocía, había partes de mí que estaban dormidas, completamente dormidas, había muchas preguntas que todavía no me había hecho.

Miedos que todavía no había enfrentado.

Y lo más desafiante, había en mí una capacidad de adaptación que jamás había tenido que poner a prueba.

Hasta que, ¡sorpresa! Las piezas se mueven, y se mueven por decisión propia, aquí nadie fue obligada.

Y cuando algo se mueve, querida, tú me entenderás, no puedes seguir siendo exactamente quien eras, o sea sí, pero no del todo.

De repente, aquello que antes era automático, ahora requiere intención. Y sí, sé lo que estás pensando, CANSA, claro que emocionalmente cansa, porque todo lo estás viviendo como nuevo. De la vida que ya tenías “resulta” o donde sabías como moverte, ahora todo requiere un esfuerzo extra.

Cuando llegué a Madrid, POR SUPUESTO que yo no llegué pensando:

“Voy a perderme.”

Claro que yo llegué pensando:

“Voy a empezar una vida nueva.”

Y, claro, es súper emocionante, todo te hace ilusión, y más si estás iniciando a su vez una vida en matrimonio con la persona que amas, ¡claro que es maravilloso! Sin embargo, aquí hablaremos de esas pequeñas letras chiquitas de las que nadie te advierte ni tampoco te dan un manual sobre cómo hacerle.

Nadie te dice que cuando hay un cambio, también te pierdes, también te cuestionas, y no sobre tu decisión, sino sobre QUIÉN ERES cuando el entorno que te rodeada ya no está. Ése es el verdadero desafío.

Y es claro, cuando te mudas, estás en una nube del país nuevo, la ciudad nueva, los lugares increíbles que estás conociendo, pero dentro de ello, sin darnos cuenta, nunca nos percatamos que estamos siendo turistas, pero a su vez ciudadanos, YA VIVES AQUÍ. Ya vives aquí, pero al principio en el mood turista, como que no lo analizas; al inicio, sigues viendo como “la cultura de ellos” cuando no, ya no es la cultura de ellos, ya es la cultura en la que tú también tendrás que moverte, ¡ya perteneces ahí!

Y eso significa empezar a despedirte, poco a poco, de muchas cosas que ni siquiera sabías que ibas a extrañar.

Y sí, puedes estar feliz y triste al mismo tiempo.

Puedes sentirte afortunada y perdida al mismo tiempo.

Puedes amar tu nueva vida y echar de menos la anterior.

Al menos a mí, eso fue lo que me pasó.

Hubo un momento en el ni siquiera sabía explicar lo que sentía. Porque no, no era exactamente tristeza, tampoco era exactamente miedo.

Era una sensación extraña de estar… lejos. Y no hablo solamente de estar lejos de México. Era como si, por momentos, también estuviera lejos de mí, de lo que me hacía sentir segura, de mis médicos, de mis amistades, de mi familia, de eso en lo que tú ya tenías tu plena confianza.

Quería adaptarme, pero también quería conservarme.

Quería cambiar, pero tenía miedo a perderme.

Quería crecer, pero quería seguirme sintiendo protegida.

Y entonces (sí, entre mucho llanto) entendí algo:

“Crecer no significa abandonar a la mujer que fuiste”

Significa llevarte contigo lo que todavía te representa y dejar aquello que ya cumplió su función.

Hoy miro hacia atrás y siento muchísimo cariño por aquella mujer.

No la juzgo por los errores que llegó a cometer, porque ella no sabía lo que yo sé ahora.

Y, sí, todavía estoy descubriendo quién soy. Y quizá eso es lo más honesto que puedo decirte.

No tengo todas las respuestas. No he terminado de encontrarme (ni creo que algún día termine, siempre estaremos evolucionando)

No llegué a una especie de lugar mágico donde todo tiene sentido. El sentido se lo damos nosotros.

Sigo cambiando. Sigo aprendiendo.

Sigo teniendo días buenos y días en los que necesito sentarme conmigo misma y preguntarme qué me pasa.

Pero ahora sé algo que antes no sabía:

No necesito tener todas las respuestas para seguir avanzando, sigo avanzando y en el camino voy encontrando respuestas.

Así que este libro no es un manual para enseñarte cómo vivir.

No quiero decirte cómo debes hacerlo, quiero contarte cómo lo estoy aprendiendo yo, quiero compartirte mis aciertos, pero también mis contradicciones.

Mis momentos de claridad y mis momentos de confusión.

Lo que me ha funcionado y lo que no.

Lo que tuve que soltar. Lo que tuve que aprender.

Lo que todavía estoy intentando entender.

Porque, tal vez, mientras lees mi historia, encuentres un pedacito de la tuya.

Y si eso sucede, entonces habrá valido la pena escribirla.

Comentarios

Lizbeth, Hija, te felicito por este inicio de un texto más amplio que anticipas escribirás. Entras al terreno de la Narrativa Personal, un espacio de autodescubrimiento, explicación , reencuentro y consolidación o construcción de nuestra propia Identidad. Estoy seguro que a los lectores, a los más asiduos, por lo menos, les agradará tu narrativa y en algún punto coincidirán y encontrarán similitud en sus sentimientos. Eso es o valioso de la Escritura Literaria: poder conversar con los otros, a través de la lectura.
Te comparto un párrafo que explica un poco la Narrativa Pesonal:

El Arte de la Narrativa Personal
La narrativa personal es un arte que permite a las personas compartir sus experiencias, pensamientos y emociones de manera estructurada y efectiva. Esta forma de contar historias no solo ayuda a comunicar experiencias, sino que también permite a los oyentes o lectores conectar emocionalmente con el narrador. Desarrollar habilidades en narrativa personal ofrece múltiples beneficios, como la conexión emocional, el refuerzo de la identidad, la habilidad de comunicación y la persuasión. Una buena historia puede ser una herramienta poderosa de persuasión, influenciando opiniones y acciones en diversas situaciones.

¡Felicitaciones, Hija. Un abrazo, tu papá José Manuel Frías Sarmiento
Marité Ibarra dijo…
Lizbeth comprendo perfectamente esos sentimientos reflejados en tu narrativa personal. Yo siempre estoy en mantenimiento emocional para poder entender lo que pienso y siento.
Cuando llegas a ese nivel de pensamientos, en donde has experimentado aprendizaje y autoconocimiento, significa que has entrado a la madurez de la vida adulta de una mujer. Y no todas llegan a ese nivel eh!
Ahora ves las cosas desde otra perspectiva, una más concreta, una más madura.
Muy bien por tu texto compañera. Sigue escribiendo para conocerte más.
Saludos hasta Madrid!!
Lizbeth Frias dijo…
Gracias papá, yo no soy escritora pero leer este comentario y los demás que me hacen me motiva mucho!! Además he descubierto que me siento cómoda escribiendo, me gusta! Gracias papá! Por el espacio y las enseñanzas en cada comentario, tqm!
Lizbeth Frias dijo…
Gracias Marité! Como lo dije en el comentario que le respondí a mi papá, para mí es un halago recibir sus comentarios tan alentadores! Saludos

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