“Su primogénito seguía andando a través de la línea sin mirar atrás, siempre la mirada al frente, sin detenerse"





 

LÍNEA 

 

Héctor Armando Morán Villarreal

 

Aquel lugar parecía eternamente blanco. No poseía luminosidad alguna, más bien, abundaban las tonalidades grisáceas y mortecinas. Una línea recta de color negro, discontinua, de trazos regulares, sin curvas, o retornos, indicaba el unidireccional camino que no conducía a sitio alguno. Hasta donde alcanzaba la vista aquella línea no tenía final.  

 

Un hombre cercano a la cincuentena, de cabello cano, macilento y con nariz ganchuda guiaba sus pasos a través de aquella línea; mirada al frente, retroceder era inadmisible, avanzaba confiado y sin freno. Cuando era más joven el hombre consideró con seriedad la posibilidad de detenerse y no avanzar más, también se devanaba los sesos intentando contestar a las preguntas: ¿Qué sentido tiene seguir andando? ¿Por qué la línea nunca termina? Sin embargo, superando el umbral de sus treinta años dejó de buscarle sentido o explicaciones racionales a su destino.  

 

Resignado, jamás detuvo su marcha ni caminó atrás, y hoy, sintiendo las fuerzas disminuidas no pensaba renunciar al camino.   

 

De pronto, aquel lugar fue invadido por vivos colores, fulgurantes, el hombre cedió a la salivación; comprendía que aquel cambio en la atmósfera anunciaba el momento de alimentarse. La sensación del hambre discurría con violencia desde el fondo de sus entrañas, en ese momento no admitía ningún otro pensamiento que no fuera comer.  

 

Entonces, de todas direcciones, y a una velocidad huracanada un alud de comida inundaba aquel sitio. Bolsas con infinitas variedades de frituras, hamburguesas, golosinas, galletas, bollos y panecillos. Bebidas azucaradas de manzana, naranja y vainilla saturaban la vista. Los rasgos de humanidad se desvanecieron, como una bestia, el hombre rompía los envoltorios, tragaba todo a su paso, sin siquiera masticar lo suficiente. Las manos, boca y cabellos no tardaron en cubrirse de grasa.  

 

De pronto los colores vivos amainaron, el blanco y la línea volvían a la normalidad. Al mismo tiempo el hombre abandonó la comilona para retomar el curso del camino. Los alimentos, así como repentinamente habían aparecido, abruptamente se desvanecieron. 

 

No pasó mucho tiempo cuando el silencio fue rasgado por una ensordecedora sirena, cuya estridencia distaba de armonía, un sonido llano y repetitivo. Acto seguido los tímpanos del hombre, sacudidos por la vibrante frecuencia sonora le impulsaron a rasgarse la ropa. No solo la ropa, sino todo cuanto vestía. Girones de tela dejaba a su paso.  

 

De los mismos sitios donde antes la comida surgió, ahora incalculables piezas de ropa, calzado y accesorios hicieron su aparición. Camisas colgadas en ganchos con un impoluto planchado, zapatos lustrosos, lentes de sol, collares, cadenas y relojes flotaban en el vacío, el hombre iba al encuentro de estas prendas, las vestía por breves instantes, para luego romperlas y vestir otras. Era un ciclo frenético de vestir-romper-vestir.  

El frenesí concluía cuando la sirena extinguía su sonido. Entonces, inmutable, el hombre continuaba su marcha vistiendo las últimas prendas que alcanzó a ponerse antes de que el sonido se apagase y le impidiese romperlas y tomar otras. 

 

Sin dejar rastro, la ropa, zapatos y accesorios ya no tenía lugar, e inmediatamente después, allí en donde antes colgaba la ropa, una cantidad infinita de pantallas se abrían paso. Las habían de todos tamaños. Pantallas pequeñas del tamaño de una uña, hasta aquellas que bien podían cubrir un campo de futbol. En ellas se transmitían videos brevísimos, no excedían los 10 segundos. Es difícil establecer las categorías temáticas de los contenidos transmitidos. Pero abundaba la comedia, deportes, chismes y pornografía. Muy pocas pantallas, pero también las había, se podía mirar temas de filosofía, historia y arte.  

 

Sin embargo, en aquel momento, el hombre se sentía invadido por un agotamiento insoportable, todo su cuerpo estaba pesado, de manera que no le apetecía prestar atención a los dispositivos. Cuando eso sucedía, solo bastaba con presionar el botón de cualquiera de las pantallas, haciendo aparecer así, un par de pastillas negras del mismo color que la línea. Las tomó con dificultad, pues tenía problemas para reunir la saliva necesaria. Tomar las pastillas era equivalente a consumir el contenido audiovisual de las pantallas, pero aún más rápido. Además, se evitaban los dolores oculares implícitos en la observación pasiva de los dispositivos, así como el dolor punzante que solía instalarse por el cuello como consecuencia de las posturas incómodas que exigía su visualización. 

 

Desde que podía evocar recuerdos de su vida, así había transcurrido la existencia del hombre, no concebía más recuerdos que asistir a diario a participar de la triada: Comer-vestirse- mirar pantallas.  

 

El hombre sabía que el frecuente desgano no era para nada inocente o pasajero, sino un síntoma fatal. Cada paso dolía más. No era la primera vez que prefería tomar las pastillas antes que visualizar contenido de las pantallas. Comprendía resignado, el final de su vida estaba cerca. Sus sospechas terminaron por confirmarse en breve, pues luego de sentir una puñalada de dolor en el pecho se desplomó violentamente contra el filo de la línea.  

 

Un par de convulsiones breves doblaron su cuerpo, estaba inerte. Rodeando su cuerpo sin reparar en él, con indolencia, su primogénito seguía andando a través de la línea sin mirar atrás, siempre la mirada al frente, sin detenerse, hasta que la estridencia de la sirena inundó el lugar.       

 

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