“¿Quién decide qué significa tener éxito? Porque, al final, antes de enseñarnos cómo vivir, todo libro nos propone una idea de qué vale la pena vivir"
LA
LITERATURA NO NOS SALVARÁ
Por: Ian Báez
Palazuelos
Recuerdo con claridad el primer día de trabajo: Una oficina pequeña, si acaso
unas 20 computadoras de escritorio, sillones que también fungían como un
armario para guardar las mochilas, la cocina, que era un refrigerador y un
microondas, y sobre todo varios libros que nunca comprendí del todo.
Soy consciente de que mentir no me lleva a ningún lado, en todo caso me hace un
mal, más cuando mientes en el trabajo, pero ¿ustedes leerían un libro que no
les llama la atención? De por si nadie lee, ahora un libro aburridísimo. Bueno,
algo similar me sucedió después de haber recibido el mensaje donde confirmaban
que ya era parte del equipo. Junto con ese mensaje venían adjuntos 6 archivos, una
serie de libros de superación personal que, siendo sincero, me produjeron un
rechazo inmediato. Tal vez fue un prejuicio mío, pero bastó leer los títulos
para asumir que ya sabía lo que iban a decir (todo sea por el dinero). Así me
aventuré a hojear 6 libros que después de revisarlos sin mucho afán, me dejaron
la impresión de que todos giraban alrededor de una misma idea: el éxito depende
casi exclusivamente del individuo. Si organizas mejor tu tiempo, si priorizas
correctamente y si eres más disciplinado, el resultado llegará.
Debía haber detrás de estos títulos una razón para que la empresa decidiera
adoptarlos como parte de su filosofía de trabajo, títulos como “#Equipos mas
productivos”, “El ABC para crear un equipo de negocios exitoso”, “Los 7 habitos
de la gente altamente efectiva”, todo me resonaba a algo como “Padre rico,
padre pobre” esa clase de libros que venden la idea de que leyéndolos
encontraras una respuesta a todos tus problemas financieros o de
procrastinación.
Como dije al principio, en ese momento no los leí, me parecieron un requisito
innecesario, y nadie me pregunto si los había leído, ni me cuestionaron sobre
sus contenidos, creo que asumieron que los había leído. Fue después de unos
meses que los volví a ver sentados en una carpeta de Drive, mientras algunos
compañeros los comentaron en alguna reunión, y algunos otros ya habían leído
los seis. Fue entonces cuando empecé a preguntarme por qué esos títulos y no
otros. ¿Qué clase de trabajador imaginaban esos libros? ¿Qué idea del éxito
proponían? ¿Qué problemas consideraban dignos de atención y cuáles simplemente
desaparecían de sus páginas?
Termine de trabajar ahí, aun sin haber leído estos libros, justamente hoy cumplí
con esa tarea y claro que me quedo con algún consejo importante sobre la
prioridad de nuestros objetivos, pero también me surge una duda que espero
despejar mientras escribo esto: ¿Qué entendemos como una vida exitosa?
Primeramente, después de haber leído los libros, puedo resumirlo en que la
concepción de éxito que presentan es que una persona exitosa es aquella que
logra convertir su potencial en resultados medibles mediante la disciplina, la
organización y la responsabilidad individual. Y esto no es necesariamente malo,
ser eficaz, responsable y organizado son cualidades importantes inclusive fuera
del aspecto laboral, pero me causa conflicto que aquí, el éxito no se mide a
través de la felicidad o de la plenitud, más bien se mide en que tan bien
cumples con tus objetivos, como administras el tiempo, producir resultados
consistentes, etc.…
También valdría mencionar que estos libros enfatizan mucho que la variable que más
controlas eres tú mismo, lo cual tampoco es algo negativo, aunque pueda tener
diferencias o estar peleado con ella. Claro que los hábitos importan, pero mi critica
nace de que esta idea parece absolutizarse y termina por invisibilizar factores
sociales.
Podemos finalizar esto con otras dos ideas que logre rescatar: el tiempo es un
recurso económico, y el trabajo ocupa un lugar privilegiado. El tiempo aparece tratado
como un recurso que debe aprovecharse constantemente, y el trabajo ocupa un
lugar privilegiado.
En estas páginas, una vida exitosa suele medirse por la capacidad de producir
más, gestionar mejor el tiempo, alcanzar metas y obtener resultados. Son cualidades
valiosas, sin duda, pero no las únicas posibles. Rara vez se preguntan si una
persona puede considerarse exitosa por cuidar de su familia, dedicar su vida al
arte, trabajar menos para tener más tiempo libre, o simplemente vivir con
tranquilidad. El éxito aparece asociado, casi siempre, a la eficacia.
Y ahora, surge una nueva pregunta: ¿quién decide qué significa tener éxito?
Porque, al final, antes de enseñarnos cómo vivir, todo libro nos propone una
idea de qué vale la pena vivir.
Hoy, cerrando el último libro de esta colección empecé a preguntarme si el
problema eran realmente esos autores. Creo que no. Después de todo, cualquier
libro parte de una idea sobre el mundo. Un manual de productividad propone una
definición del éxito; un libro de economía propone una explicación de la
riqueza; una novela puede enseñarnos qué significa amar; un texto religioso nos
habla sobre la virtud. Todos, en mayor o menor medida, intentan convencernos de
algo, o de alguien.
A lo largo de los años, se ha desarrollado la imagen de un lector como una
persona culta, alguien que pasa el día descubriendo las fantasiosas ideas
adheridas al papel, sabio, dedicado, paciente, entre muchas otras cualidades, y
no digo que ese no sea el particular caso de muchos lectores, más bien, que no
deberíamos de dar por sentado que toda la literatura vuelve a las personas más
inteligentes, o más buenas, permítanme ilustrar esta idea con un ejemplo.
Por allá de los lejanos 1700, la esclavitud era vista como una labor más, los
dueños de los esclavos generalmente tenían plantaciones, donde los esclavos
eran la mano de trabajo principal. Uno de tantos era Thomas Thistlewood. Thomas
trabajo durante muchos años en Jamaica, cuando todavía era colonia de los
Británicos, para después convertirse en dueño de varias plantaciones de
esclavos. Thomas era un hombre culto, que se dedicaba a la lectura y a escribir
poesía, la cual escribía en un pequeño diario, donde también describió todos
los actos atroces que cometió contra sus esclavos, abusos, violaciones,
maltrato de todos los tipos imaginables. El hombre llego tan lejos que invento
su propio método de tortura, el cual es tan grotesco que ni siquiera tengo
ganas de escribirlo aquí.
Thistlewood escribió miles de páginas. Era un hombre
alfabetizado. Registraba con enorme precisión su vida diaria. Y esas páginas
contienen descripciones meticulosas de violaciones, torturas y castigos contra
personas esclavizadas.
Su capacidad para escribir no lo volvió más humano. Simplemente le
permitió documentar su propia deshumanización. Es un ejemplo brutal de que
escribir y leer son herramientas cognitivas, no brújulas morales.
Su diario se
convirtió en una pieza histórica, clave para el estudio de Jamaica en el siglo
XVIII.
No necesitamos ser ignorantes para ser crueles, a veces, incluso las personas
más horribles son las que aparentan ser buenas, cultas, o profundamente sabias.
Y claro, si leer no nos vuelve automáticamente buenos, tampoco nos vuelve
automáticamente críticos, una persona puede leer mucho y aun así cuestionar
poco. Incluso puede utilizar este conocimiento para fortalecer sus prejuicios: Un
marxista que únicamente lee marxistas puede terminar creyendo que conoce el
mundo cuando únicamente conoce una interpretación del mundo. Lo mismo podría
ocurrirle a un liberal que solo lee autores liberales, a un religioso que solo
lee apologética de su propia religión o a un empresario que únicamente consume
literatura de productividad. No importa necesariamente qué ideología ocupa el
lugar central. El problema aparece cuando la lectura deja de ser un encuentro
con ideas y se convierte en una colección de confirmaciones.
Creo que lo único que puedo decir hoy por hoy con certeza es que la literatura
no solamente transmite conocimiento. Transmite marcos para interpretar el
conocimiento. Los seis libros sobre la productividad que me proporcionaron en
mi trabajo nunca tuvieron que decirme “el capitalismo es bueno”, porque
realmente nunca necesitaron hacerlo, bastaba con repetir una imagen donde el
esquema fuera:
Persona organizada – productividad – resultados – éxito
Mientras otros factores quedaban fuera, y eso, queridos lectores, también se
vuelve una forma de ideología. Hay literaturas que liberan, como también hay
otras que dogmatizan, hay lectores que salvan vidas, como también hay quienes
las vuelven el mismísimo infierno en la tierra, la única diferencia real radica
en como tomamos la literatura, y ahí les va mi consejo:
Nunca se casen con una sola idea, con una sola ideología política, con un
modelo pedagógico, con un autor, libro, poema, ensayo.
La literatura solamente libera cuando el lector deja de estar aprisionado por
las cadenas de la ignorancia y del absolutismo, porque el libro nunca será la
solución, ni la literatura nuestra salvación, somos nosotros quienes debemos
construir el camino adecuado entre los libros que elegimos, las ideas que
cuestionamos y las que decidimos conservar.

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