“…qué más regalos quieres cabrón, te di la vida, te alimenté el buche y te formé como hombre derecho"
Algo
sobre mi madre
*Dr Luis Enrique Alcántar Valenzuela
14/15 julio 2026
En
estado de contemplación, es posible imaginar/recordar algunos sucesos donde
está presente mi madre. Ante esta acción mental, quiérase o no, se da un
reacomodo, reacción, sensibilización o búsqueda en el interior de la misma
mente de uno. Esa indagatoria microscópica, tal vez sucedió por allá en los
meandros serpenteantes de mi sensible hipocampo. Sin ser plenamente consciente
o racional, sucedió. Además, conectó con el recuerdo inexorable de la película
del cineasta español Pedro Almodóvar: “Todo
sobre mi madre” (1999). En esta pequeña escritura, desde luego no esbozaré
el guion para crear una película, menos la macro estructura probable de una
novela, en torno a este potente signo semiótico/emocional. Seré menos
abarcativo, menos universal. Expresaré simple y llanamente: “Algo sobre mi madre”. Este cierre de la
expresión lingüística es más convincente, ya que apunta en directo a la
cuantificación existencial de la cosa por nombrar. Acuñado de la anterior
manera, el signo semiótico/emocional resulta ser más terrenal y menos
pretencioso. Es hasta un poco más humano, incluso mundano.
Mi
madre, la verdad nunca fue de rollos festivaleros, menos de festejos estruendosos/ruidosos
en la humilde casa donde todos sus descendientes degustaron sus primeros
frijoles caldudos caseros. Nunca supe a ciencia cierta, cuál era su real sustento.
Nunca supe a fondo los porqués de esa actitud de ella. Más adelante lanzaré
algunas tentativas por respuesta de esas actitudes/emociones. Pero advierto,
como lo dice el poeta Sabines “…yo no lo sé de cierto, pero lo supongo…”
Esta
actitud ante una acción social (en apariencia) tan significativa (los cumple),
mi Amá la tuvo bien remarcada; sobre todo antes de sus 50 o 60 años de edad. Con
sus típicos tonos orales, secos y puntillosos, acompañados de un claro lenguaje
corporal/gestual de seriedad y autoridad. Muchas veces comunicaba a su prole,
que era ella toda una dama de hierro. Fuerte, energética, dura de resquebrajar.
Esa fortaleza vivida, con el paso de los años, esa supuesta solidez metálica se
le fue desvaneciendo, por no decir enmoheciendo. Quizás no en el aire, como
sostiene Marshall Berman (1982), donde se desvanece todo lo sólido del ser
moderno. Queda claro, que ese proceso de desvanecimiento de la coraza de hierro
de mi madre, aconteció lentamente con el paso del tiempo. Sucedió por los
cansancios/desvelos acumulados, en el consumo de sus propias energías ante sus
quejas permanentes, mediante el enfrentamiento con sus dolencias y la misma eclosión
de las méndigas enfermedades, que su cuerpo empezaba (como todo ser humano) a
gestarlas, sin ella darse por enterada. En esos momentos de mi cumple, centrado
ya en el invierno de mi post adolescencia, ella me respondía con su estilo
directo, no se escondía. Antes de que emitiera su respuesta, casi siempre le
hacía un poco la broma, un tanto para flexibilizar el contenido de la respuesta.
Le expresaba sonriendo “…oiga Amá y usted no se va a reportar, no se va a
mochar conmigo…”. Con una seriedad de jueza, a punto de dictar sentencia
definitiva, se me quedaba mirando con sus fuertes ojos negros matiz profundidad.
Era claro que mi Amá preparaba su misil quirúrgico. Esta era su traducción: “…qué
más regalos quieres cabrón, te di la vida, te alimenté el buche y te formé como
hombre derecho…” Ante esa contundente frase, cargada de un claro y a la vez
complejo significado, con el clásico golpeteo moral, el cual no podía faltar. Optaba
mejor por callarme el hocico, cuando ella decía tal frase. “Ay mi Santa Madre
de Guadalupe”, era endemoniadamente congruente entre lo que decía su habla
seca/potente y su lenguaje corporal. En ella no existían, por lo menos en esos
momentos, esa escisión típica entre lo que se dice y lo que se manifiesta con
el rostro. En pocas palabras, no andaba con rodeos ni con chingaderas. Los
motivos, por no festejar los cumpleaños de sus hijos e hijas; eran en
apariencia muy evidentes: el poco dinero que entraba a la caja fuerte de la tribu
Alcántar Valenzuela. Pesos color tomate, con sudor y tierra de hortalizas se
usaban para cubrir lo básico de lo básico. Su uso estratégico, era como se dice
ahora eufemísticamente “…para paliar la pobreza extrema…” Mi Santa Madre Guadalupana,
cuidaba el dinero como si fuera una exitosa microempresaria regiomontana. Si se
hubiese graduado en la escuela de altos negocios del Tec de Monterrey; quizás
otro pinche gallo nos hubiera cantado, por allá en los rumbos de los heroicos solares
rosalesinos. Pero pues no fue así. El estigma del kikirikí del gallo de la
pobreza, siempre lo tuvimos muy de cerquita. Hasta en los méndigos sueños, de
donde ni de ese magma onírico podíamos librarnos de esa pobreza lacerante/limitativa.
No es queja, no chinguen, no me malinterpreten. Es muy simple el ejercicio. Es
un discurrir reflexivo sobre el pasado que asalta el recuerdo/memoria e intenta
resignificar con otros signos/símbolos, no presentes a finales de los años 60´s
y 70´s del siglo de las dos guerras mundiales. De ese pasado que se recupera,
como uno quiere, no como los demás quisieran, porque uno es el único dueño de
su pasado y viene a resignificarlo como a uno le plazca. Se sabe que el pasado,
es parte fundamental de la fuerza aplicada en las huellas o improntas que te
conformaron. En cierta forma, medio te condicionan en cómo vas siendo y eres en
parte hoy. O bien por qué eres lo que eres hoy, para no entrar en más detalles
e intimidades que luego son tergiversadas.
Por eso
este asunto de los cumple, para que lo niego, siempre me ha causado conflicto;
pero no tanto que viva preso de las terapias breves en una clínica del
psiquiátrico. No nada de eso. Junto con este asunto, desde morrito siempre me
llamaron la atención los festejos relacionados con el acontecimiento de los
cumple, no sé si a los demás miembros de la tribu originaria, le sucederá o
sentirán lo mismo que yo. Allá ellos, que hagan su ejercicio introspectivo;
pero les diré una cosa. Enseguida suelto mi hipótesis: creo que sí sienten algo
al respecto. Este asunto con alto valor emocional, la mera verdad sí les llega.
Sí les pega.
Crecí pues sin ese referente del festejo; por
tanto, era, fue, y sigue siendo extraño para mí. No critico el hecho de la
festividad o festejos adyacentes. No para nada, solo indico mi vínculo
emocional con los cumple. Insisto, no tengo ese referente folclórico-cultural,
ni de niño, ni de adolescente. Empezó a configurarse en mí, ya de joven adulto
o ya de viejonote, como decía mi Amá. Sí, actualmente ya estoy rodeado de esta
linda parafernalia, pero… (se quiebra algo en mí interior), el asunto de fondo
al que quiero llegar, no es ese. El asunto al que quiero llegar es que…
(increíble algo quiere salir por mis ojos) … es mi primer cumple en donde ya no
tengo el referente matricio. Ya no tengo, no está mí Amá Rafa y de nuevo ¿qué
cosas de la vida no? Cuando la tuviste frente a tus narices, quizás la
obviaste. Te engañaste al pensar en su eternidad. ¡Pobre cabrón!, ¡pobre diablo!
Creíste ingenuamente que su presencia objetiva sería infinita, así como la de
los números naturales, o bien como la energía de la misma materia. De veras que
estaba ciego.
Centrado
en esas cavilaciones y reprimendas conmigo mismo, estaba absorto; cuando de
repente, llega a mi cuerpo, mente/cerebro algo externo, así como de la nada.
Una especie de latigazo cimbrador. No ruidoso, sino más bien con una rapidez
invasiva.
No sé
de dónde demonios me golpeó un halo, un fotón, un rayo repleto de nostalgia, de
aflicción, que me hizo garras de nuevo a mí Yo auto engañado. Lo reconozco en
estos precisos instantes. Me embarga la negrura de la aflicción, me atrapó su
manto al momento de escribir estas notas. Así como la manta blanca atrapa al
loco que se resiste a ingresar al psiquiátrico. Y el loco, que por más que se
mueva, patalee, golpee, grite… no más no logra liberarse. Al contrario, el
loco, como que al fin toma conciencia, en esa inconciencia, y mejor junto con
los loqueros/enfermeros fluye para poder ingresar.
Al
narrar esta pequeña historia, se apoderó de mi esta emoción
invasora/controladora, luego denominada como sentimiento. El caso es que, en un
santiamén brotaron las lágrimas lúgubres, fundiéndose de inmediato con la tinta
azul expulsada por mi bolígrafo. Por arte de magia, o no sé qué madres sucedió,
estoy temblando, aparecen en escena sollozos del bebé/infante, caen lágrimas
como chorros de lluvia veraniega sobre mis mejillas sudorosas e impregnan la camisa
blanca aperlada, la cual cubre parte de mi piel trémula. En el transcurrir de
los líquidos del dolor, se hace una mezcla, que no se evapora. Tomo cada gota, de
esa mezcla rara del plumín, que también para variar mimetizado solloza ante esas
lágrimas desconsoladas. ¡Qué grande fuiste Amá! Qué grande sigues siendo para
todos tus hijos e hijas. Festejar un cumple está muy bien; pero ¿de qué sirve?
alguien puede decirme algo al respecto. 14.07.2026, a unas cuantas horas, antes
de nacer 15.07.2026. Horas tristes hasta más no poder. Sin ningún esfuerzo, como
si mi mano derecha temblorosa fuera guiada por una fuerza superior invisible. Sin
creerlo aún. Sin ningún esfuerzo físico, se escribió[1] en
la hoja blanca a rayas de la agenda azul “…te extraño de nuevo Amá...”
Porque el dolor, es humano. Porque el dolor, ligado a la nostalgia/recuerdo; aunque se siente en el yo individual; siempre conecta con una emoción colectiva, que ocasiona que los otros se identifiquen contigo, que extrañen e incluso lloren igual que tú. Esa es la fuerza a la que convoca una buena narración, la cual parte de lo real; pero lo supera cuando la escritura se amalgama para alcanzar los sentidos de la ficción.
[1] El
famoso médico y terapeuta argentino, Jorge Bucay, en un libro bautizado con el
nombre “El camino de las lágrimas.
Reflexiones sobre el dolor y la pérdida” (2001: 112-113) denomina a estos
estados como <<pseudoalucinaciones>>, “…porque una
pseudoalucinación no es una alucinación. Clínicamente es: yo sé que lo que
estoy percibiendo no es, pero lo estoy percibiendo. La persona tiene la
sensación, pero sabe que es su cabeza la que está haciendo la trampa” (p. 113)
Respeto mucho la observación y anotación clínica que hace Bucay; pero no la
comparto del todo. Ante este cruce de textos me surge la pregunta ¿qué
aproximaciones se generan entre las pseudoalucinaciones, la poesía y la ficción
literaria? De momento no puedo responder para no desviarme. Los posibles
contenidos de respuesta, se las dejo al lector activo/irreverente. Bien, por
fortuna el texto de Bucay, lo tuve después (o lo empecé a leer) de que empezara
a delinear este texto real, aderezado con ficción. La explicación técnica o
cientificista, en torno a un acto, acción, vivencia, muchas veces cercena las
posibilidades de escritura creativa, imaginativa, que casi siempre coquetea con
la ficción. Por eso doy las gracias al cielo (y a mi Amá) por no hacerlo leído
antes. En fin.

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