“La mayoría de las fotos las dejaban pagadas, mientras que otros daban un anticipo del cincuenta por ciento, pero ni así venían por ellas"
EL MISTERIO DE LAS FOTOS OLVIDADAS
Marité Ibarra
Hace tiempo, aunque no tanto como para parecer un
recuerdo lejano, entré a trabajar en un estudio fotográfico de gran renombre y
tradición en la ciudad de Culiacán, y como a mí siempre me ha gustado todo lo
relacionado con la fotografía, pues me sentía muy contenta, como pez en el
agua.
Al principio, mis funciones laborales se limitaban a
llenar notas y recibos, a contestar el teléfono y hacer el aseo
correspondiente, pero al cabo de algunas semanas, mi jefe, todo un fotógrafo
profesional con gran experiencia y sensibilidad para captar imágenes y momentos
únicos, me enseñó a tomar fotografías a los clientes que llegaban.
Él y su agente de ventas salían continuamente a
ofrecer paquetes a escuelas y promocionar su trabajo a futuras novias o
quinceañeras. El caso es que, la mayoría de veces me quedaba sola para atender
el negocio y retratar a todo aquel que necesitara fotografías tamaño infantil,
en blanco y negro o a color; fotos tamaño credencial, para títulos,
certificados, visa o pasaporte, etc. Ese precisamente era mi trabajo, atender a
la clientela mientras mi jefe y su asistente se dedicaban a buscar paquetes
grandes.
Fue así como aprendí a moverle a la cámara, a prender
reflectores, acomodar al cliente, buscar la mejor pose y ¡flash! Retratar a
quien se me pusiera en frente. Como yo era quien tomaba las fotos, se me
quedaban grabados en la memoria la cara de la persona y el nombre, pues también
hacía los recibos de pagos. Sabía quién era quién y el trabajo que me pedían.
Pero el misterio surgió a raíz de que muchos clientes
ya no recogían sus fotos. ¿Por qué?
Pasaban semanas, meses, y los clientes jamás aparecían
y la mayoría de las fotos las dejaban pagadas, mientras que otros daban un
anticipo del cincuenta por ciento, pero ni así venían por ellas.
Hubo ocasiones en que iban personas muy desesperadas
necesitando con urgencia las fotografías tamaño infantil o de cualquier otro
tipo, dejaban pagado el trabajo, pero ya no regresaban. Ese hecho a mí me ponía
a pensar en las razones por las que olvidaban recoger sus fotos si tanto les
urgían.
Me preguntaba qué les habría ocurrido. ¿Y si tuvieron
un accidente? ¿Una desgracia inesperada? ¿Habrían perdido el comprobante
indispensable para recogerlas? ¿O quizá se olvidaron del lugar exacto del
estudio fotográfico? O simplemente aquellas fotografías habían dejado de ser
importantes. Tenía muchas preguntas, pero pocas respuestas. Esa incertidumbre
hacía que me sintiera muy angustiada.
Un día junté una bolsa de todas aquellas fotografías
olvidadas, y se las enseñé a mi jefe pensando que se sorprendería al ver tal
acumulación. Sin embargo, aquellos olvidos nunca representaron una pérdida para
él, así que solo me dijo que fuera al cuarto de lavado, buscara un cartón y las
echara ahí.
¡Cuál fue mi sorpresa, al encontrar un cartón lleno de fotos olvidadas y de todo tipo! Fue entonces cuando comprendí que las fotos olvidadas eran un gran misterio que había perdurado a través de los años, imágenes de rostros de personas con historias suspendidas, esperando que un día alguien las recogiera.

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