“El desencanto es malo. Hay que evitarlo en la medida de lo posible en la vida y en educación"





 

NOTAS SOBRE EL PESIMISMO Y EL DESENCANTO EDUCATIVO

 

Por: Adán Lorenzo Apodaca Félix

 

Para finalizar el siglo pasado escribí y publiqué un ensayo denominado “El ascenso del pesimismo”, el título del ensayo era muy apropiado para aquellos tiempos, había muchas profecías anunciando que el mundo se iba a acabar, en eso eran estos vaticinios coincidentes, en lo que no estaban de acuerdo era en la fecha, unos sostenían que se iba a acabar el 31 de diciembre de 1999, otros en cambio anunciaban su terminación para el 31 de diciembre del 2000. Ahí discrepaban, pero de que se iba a acabar no tenían duda.

Arropado en ese halo pesimista como advertencia y sentencia, sostenía la idea de que las condiciones de cierre del siglo estaban marcando su huella en el aspecto educativo, había motivos para pensar en ello, los grupos numerosos, la pérdida de los valores, la irrupción de las tecnologías, el asunto de la velocidad, la falta de claridad en el rumbo educativo, todos esos factores conjugados, estaban complejizando la acción de la escuela y hacía que los profesores avizorarán el futuro con una visión pesimista. Ante ello advertía con mucha preocupación que no nos derrotara el pesimismo.

En la práctica educativa actual, hay muchos signos que pueden generar pesimismo, hay que tratar de apartarnos de ellos, cada inicio de ciclo escolar debe ser la renovación de la esperanza, la posibilidad de apartarnos de esa visión catastrófica y ver el futuro de la educación con optimismo, esto depende mucho de la concepción que tengan los profesores, en el caso mexicano, existe un proyecto denominado  “La Nueva Escuela Mexicana”, proyecto  que promete cosas interesantes con sus soportes jurídicos, teóricos y metodológicos, con la implementación de ese modelo hay motivos para ser optimistas, apostarle a la educación mexicana, ponerla  acorde  a los tiempos que estamos viviendo. 

Muy ligado al concepto del pesimismo está el desencanto, también sobre éste hay que advertir que no debe instalarse en la práctica educacional, el desencanto es tan nocivo como el pesimismo, por eso la advertencia de evitarlo en lo posible, un profesor desencantado sufre de “alexitimia pedagógica”, consistente ésta en la pérdida del interés por aplicar la pedagogía y desarrollar de mejor manera el acto educativo. George Steiner dijo en una de sus novelas que una palabra destruye vidas, yo sostengo la idea de que una persona desencantada, jamás vuelve a ser la misma después de ese proceso sufrido, en relación con esa negación-afirmación, voy a citar dos casos de desencanto, uno es del contexto más inmediato y el otro es recogido de la literatura. Ambos tratan de probar como el desencanto: “desencanta para siempre”.

Voy sobre el primer caso, asesoraba una tesis de maestría a una alumna del nivel preescolar, pongámosle por nombre “maestra Minerva”, ella estaba elaborando un trabajo de investigación sobre la pertinencia de los contenidos curriculares en el nivel en el cual trabajaba, por el tema, la consulta obligada era al teórico español José Gimeno Sacristán, en ese tiempo, catedrático de la Universidad de Valencia en España y a su vez, el teórico con mayor autoridad en el campo curricular. La maestra Minerva leyó sus libros, hasta los que no se relacionaban con el tema de su tesis, en los espacios en los que interactuaba la maestra Minerva expresaba: “Gimeno para acá”, “Gimeno para allá”, “Gimeno sostiene”, “Gimeno argumenta”, “Gimeno plantea” todo era Gimeno, era Gimeno su ídolo académico. Mientras desarrollaba su idolatría académica se fue gestando en su cabeza el ir a España y conocer a Gimeno, a su ídolo académico. Los preparativos del viaje, la reunión del dinero y el desarrollo de su tesis estaban impregnados de ese encanto que tenía por conocer a Gimeno. Por fin, un día cruzó el océano y llegó directamente al cubículo de la Universidad en la cual trabajaba Gimeno. Estuvo dialogando con él por algunas horas, hasta comieron en uno de los restaurantes de la ciudad valenciana. Al regreso, estas fueron sus palabras totalmente desencajadas, con una advertible pérdida en su rostro del encanto por conocer al personaje de sus fantasías académicas, esto fue lo que me dijo al retorno de España: “Profe, conocí a Gimeno, es un profesor como cualquier otro, tiene su cubículo, su computadora, su horario”. Jamás la maestra Minerva volvió a ser la misma, no terminó su tesis de maestría, la aniquiló el desencanto. Si les digo, es tan peligroso como el pesimismo.

El otro evento es de la literatura, cuenta la historia de por allá de finales de los años veinte del siglo pasado que, el escritor zacatecano Mauricio Magdaleno, tenía como ídolo a José Vasconcelos, el inmenso oaxaqueño creador de la Secretaría de Educación Pública en 1921 en el cuatrienio de Álvaro Obregón, lo adoraba, era su gran ídolo, Vasconcelos era un Dios para el escritor, pues bien, esa idolatría se derrumbó como dice la María del Sol en su canción, esto sucedió  la vez que vio al filósofo Vasconcelos caminando con unos amigos por la calle Venezuela en el Centro Histórico, iba comiendo  un mango y chorreándose la boca,  la camisa y las manos. Hasta ahí llegó la idolatría, ahí apareció el desencanto al ver al ídolo chorreado de mango. Por eso sostengo la idea de que el desencanto es malo. Hay que evitarlo en la medida de lo posible en la vida y en educación. No hay fórmulas para ello, usted invente la suya.

 

Comentarios

Estimado Dr. Adán, dice Cioran que "Todo desencanto es la quiebra de un sueño". Y el gran Nietzsche afirma que "A veces, el desencanto es el precio de ver las cosas con mayor claridad"
Algo así ha de haberle acontecido a la maestra de su relato, al ver en persona a Gimeno Sacristán; y otro tano al autor de El Resplandor, al ver a Vasconcelos en su faceta más humana, como la es la de comer un mango chorreando las manos y la comisura de la boca, para disfrutarlo de verdad
Y, guardadas todas las apariencias, permítame contar una anécdota: Hace años, cuando la UPN estaba en la Pirámide Educativa, allá en la Colonia Rosales, el Dr. Arturo Pérez me presentó a un joven profesor que había estudiado una maestría en Ciudad Juárez, dentro del programa de estudios, habían analizado "La práctica docente: Una realidad ignorada", un ensayo que escribí y que Díaz Barriga incluyó en un libro publicado por la Universidad de Morelos.
Ess maestrante le dijo al Dr. Arturo que sabía que el autor de ese ensayo (yo) trabajaba en la UPN y le pidió que me presentara con él. de esto hace ya varias décadas y era yo mucho más joven, Al conocerme, sólo me saludo y dijo con una expresión, entre asombro y decepción, ¡usted el el Maestro José Manuel Frías!
Y, bueno, hay de desencantos a desencantos. Y yo, sin proponerlo, le causé uno a ese profesor.
Saludos, un abrazo, su amigo, José Manuel Frías Sarmiento
María Porcella dijo…
Hola, Dr. Adán. Pues aquí echando la vuelta al Blog de Frías. Me encuentro su texto, que me hizo reír en algunas ocasiones. De esa risa que no es de alegría sino de algo parecido al sarcasmo de constatar que los "ídolos académicos" son humanos que tienen experiencia en un área de la que pueden escribir o dar discurso. Por sus venas también corre sangre; comen, duermen, disfrutan o se conduelen, o sufren como cualquier humano, puesto que son humanos. Se valora lo que las personas dejan a su paso, sin lugar a dudas que los dos personajes que menciona en su texto tienen sus méritos en la historia de la educación formal. Yo, por estas fechas, estoy reencontrándome con Paulo Freire con una mirada más humana que profesional. Por alguna razón, desde hace varias décadas primero me interesa las biografías de los que aportan ideas y propuestas a la educación o de obras que reflejan la percepción de poetas, escritores, filósofos... Porque lo que comparten es una mirada de su mundo, de la forma en que ven y sienten a la sociedad, algunos después de exhaustivas investigaciones, otros de una experiencia más empírica, pero todos tienen una forma particular de leer el mundo.
Por cierto, me hizo recordar esos años previos al 2000 cuando también yo me preguntaba cómo sería llegar al dos mil. Estaba segura que no se iba a "acabar el mundo", pero si tenía cierto estigma de la vida en el nuevo siglo.

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