Semana Nacional de Juegos Tradicionales

"Como educadores serios y comprometidos debemos intentar salvar a nuestros niños de los efectos nocivos de esa hipertecnologización. Vale la pena"





CREO QUE SÍ… 


Por. Adán Lorenzo Apodaca Félix


Los niños de ahora han nacido y crecido en un mundo hipertecnologizado, nacen con los dedos prestos a moverle a las pantallas de los teléfonos celulares o a las pantallas de sus tabletas, viven un proceso de reducción altamente peligroso de su realidad, reducción que no se ha advertido menos tratada con la seriedad del caso, su realidad se ha reducido a los aparatos, todo está por ahí, las respuestas inmediatas y carentes de sentido de ahí emanan, todo lo hacen por ahí, dependen excesivamente de esos dispositivos. 

Educadores, psicólogos y personas enteradas de las consecuencias nocivas de esas prácticas de niños y adolescentes, señalan la falta de atención y de escucha, los problemas en los aprendizajes, las conductas inapropiadas propiciadas por la dependencia de los dispositivos en exceso, el aislamiento, el sedentarismo, problemas visuales, problemas con los sueños y consecuencias severas en el desarrollo psicomotor, los profesionales hacen recomendaciones muy bien documentadas sobre el caso, pero parece que estas no anclan en la mente de las personas que orientan la vida de esos niños, el progreso tecnológico acalla cualquier brote de reflexión sobre estos hábitos nocivos, en el caso de Sinaloa se esperan disputas fuertes al inicio del ciclo escolar 2026-2027, la Secretaría de Educación Pública y Cultura ha anunciado medidas restrictivas al uso de los dispositivos electrónicos en las instituciones educativas. 

Ese es el panorama actual de la niñez y la adolescencia, convendría retroceder algunas décadas para hacer un comparativo, para tal acción de retroceso, pido a los lectores de estas líneas situarnos en los años de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. 

Los niños de aquella época teníamos trato directo con la naturaleza, no ocupábamos ningún tipo de intermediación, sin tener un título de propiedad más que el de nuestra inocencia, nos declarábamos dueños de los montes, los cerros, los bosques, los ríos y las lagunas aledañas, todo era nuestro, en esos espacios entrabamos y aprendíamos de las cosas de la vida, aprendizajes que todavía perduran y orientan. 
Ese era un aprendizaje que ningún teórico educativo te lo proporcionaba, el no tocar las ortigas lo aprendimos después de muchas picazones de esa rama al caminar entre el monte, el no “torear” a las abejas de los panales y los enjambres lo aprendimos después de muchas picaduras de abejas embravecidas, el no cruzar el río crecido después de observar como la creciente se había llevado a unas vacas que pastaban a su vera, esos y más aprendizajes se aprendían en contacto directo con la naturaleza, esas actividades ocupaban gran parte de nuestras vivencias cotidianas. 

Las actividades que realizábamos cuando niños eran variadas, era muy común pastorear las vacas, los becerros y las chivas, el bledo para los puercos no podía faltar cada mañana, otra actividad encargada a los niños era ponerles agua a las gallinas en una canoa de palo dulce, también éramos los encargados de hacerle las “tazas” a los numerosos árboles frutales para regarlos, llevar el lonche a la parcela y jugar por el camino, era eso muy divertido en exceso. También es importante rememorar que con una resortera o tirador 
cazábamos cholis, palomas, conejos y liebres, por diversión en algunos casos, pero más para el sustento familiar como una forma de alimentación.
Y en la escuela, en los patios de las casas del rancho durante el transcurrir de los días del año, había que esperar los tiempos de las jugadas, porque no siempre se jugaba a lo mismo, el clima y las modas eran muy determinantes en la lúdica pueblerina, en una época del año aparecían los trompos, pasado este tiempo llegaba el balero, el tacón era un juego muy divertido, las canicas y el yoyo ocupaban gran parte de las tardes somnolientas, al igual que la baraja con tapas de las cajas de cerillos, recuerdo como eran codiciadas las “manolas”, la cuartita también era un juego muy divertido, esos eran juegos de los hombres, las mujeres jugaban la pinyex, la cuerda y a las muñecas.

Había también juegos de hombres y mujeres, la roña y los encantados, la literatura después dijo que eran mixtos, esas rondas y juegos servían para desarrollar la destreza física, la memoria y la inteligencia, entre esos juegos y rondas destacaban “a la rueda de San Miguel”, “la víbora de la mar”, “Doña Blanca”, “naranja dulce limón partido” y “arroz con leche” y por supuesto no podía faltar el divertido juego llamado el stop. 

En esas actividades y en esos juegos adquirimos aprendizajes más sólidos, más duraderos, aprendizajes que nos han servido para tener respeto por los otros, por la naturaleza, por los animales, no como los niños de ahora que escasamente dan las tardes o los días, como se estila decir en los pueblos. Pero como decía la abuelita en aquel comercial de televisión:” Esa es otra historia” que merece tratamiento por separado. 

Definitivamente, la nuestra fue una época de mucho aprendizaje, los juegos sobre los que después Piaget emitió una clasificación, servían para formarnos, respetar reglas, respetar turnos y en algunos casos pagar deudas, era el honor el que se jugaba. 

Por eso cuando alguien me pregunta si antes los niños eran más felices, aunque digo que eran diferentes para no entrar en polémicas estériles, en el fondo quiero decir que sí, sí éramos más felices, añoro esa felicidad, deseo jugar de nuevo al balero y al yoyo, ojalá pueda encontrar esos juguetes en los puestos que se ponen para septiembre en las ferias de los pueblos por las fiestas de la independencia. 

Por todo lo expuesto, creo que sí maestro Frías y compañeros de aventura escritural del Blog, éramos más felices, más plenos, se nos notaba en la cara y en el cuerpo, no le dimos espacio en nuestras mentes a la “tiricia”, constructo aquel al que ahora se le llama depresión, y muy frecuente en las personas de todas las edades cuando se interrumpen los servicios que proporcionan esos dispositivos reiteradamente señalados. 

Como educadores serios y comprometidos debemos intentar salvar a nuestros niños de los efectos nocivos de esa hipertecnologización. Vale la pena.


Comentarios

Estimado Dr. Adán, agradecemos su relato en todas sus vertientes, pero sobre toda en la posibilidad que abre para iniciar el ciclo escolar con la realización de una charla (o dos) sobre estos asuntos que plantean la SEP y la SEPYC.
Será interesante abrir una brecha Intelectual con el saber rescatado de aquellos tiempos iniciales de nuestra formación, para contar d manera oral, al estilo campirano, la belleza y el aprendizaje lúdico de aquellas nuestras formas de divertirnos y aprender sin programas sintéticos, guiones didácticos, encuadres curriculares y aprendizajes esperados, con rúbricas para evaluar... Será chilo contarles como aprendimos a ser gente y a convivir con la gente, antes d ser el gentío que ahora se tropieza y se evade sin platicar.
Espero podamos armar esa actividad y usted nos pueda acompañar.
Saludos, su amigo José Manuel Frías Sarmiento
Marité Ibarra dijo…
Qué bonito texto profe Apodaca. Realmente lo disfruté. Dice las cosas de manera clara, concisa y directas. Hay una gran brecha entre el pasado y el presente. Ahora parece un cuento lo que usted vivió profe Adán, a lo que usted jugó e hizo como ayudar en el trabajo cotidiano y demás.
Ahora todo es tan diferente.
Y es cierto que había juegos para niños nada más y otros para niñas. Aunque también se jugaba a la casita, dónde el papá era el niño y la mamá la niña. No había confusiones al respecto.
Muy interesante su texto.
Mientras tanto nos seguimos leyendo en este espacio literario.
Le mando un fuerte abrazo hasta los Mochis!!
Interesante narrativa con una visión retrospectiva de la cual me siento plenamente identificado porque practiqué algunos de los juegos que usted escribe Dr. Adán. También porque me tocó realizar algunas actividades en las que al resortera era mi fiel compañera cuando andaba en los montes de cacería. Saludos cordiales.
GILBERTO MORENO dijo…
Coincido plenamente con el tema de que éramos más felices en nuestra época de niños que en esta era de la tecnología. Veo con tristeza la frustración de los niños de hoy cuando a medio juego se le termina la pila al Ipad o a la Tablet. o cuando se les pide que dejen el aparato para que hagan la tarea o bien, que cumplan con sus obligaciones de la casa (su ropa, su cuarto, su aseo personal incluso). El pasado domingo me encontré precisamente con un balero, me dio nostalgia volverlo a usar e intentar los trucos de antes hacía con tanta destreza. No se le acabó la pila nunca, y eso que tenía años en el cajón de los recuerdos. Saludos. Su amigo, Gilberto Moreno

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