8 de agosto, Día Internacional del Gato
“Ya no era sólo un gato que sabía leer; era el faro que había encendido la chispa de la creación en cientos de corazones educadores
UN GATO QUE SABÍA LEER
José Manuel Frías Sarmiento
Con ayuda de una Inteligencia Artificial desconocida
Érase una vez, en los campos alfombrados de siembras de El Aguaje, sindicatura de Pericos, Mocorito, en Sinaloa, había un gato de ojos oscuros llamado Felisardo. A diferencia de otros felinos rurales, más ocupados en cazar ratones entre las pacas de maíz, Felisardo pasaba los días aguzando el oído cuando los hijos de los jornaleros leían sus libros escolares en voz alta. El crujido de las páginas le provocaba un ronroneo profundo, un deseo ardiente de descifrar aquellos símbolos negros que contenían mundos enteros.
Una madrugada, empujado por una curiosidad indomable,
Felisardo se coló en la plataforma de un camión de redilas que transportaba
hortalizas hacia Culiacán. El viaje fue turbulento, pero cuando el vehículo
frenó en el bullicioso Mercado de Abastos, el gato contempló por primera vez
los edificios altos, el rugido de los motores y el río de gente que caminaba
sin cesar. La ciudad era un monstruo enorme, pero también un océano de
posibilidades.
Sin perder el rumbo, Felisardo buscó
refugio en los portales de la biblioteca pública. Allí, oculto entre los estantes
de literatura, aprendió a leer por cuenta propia. Practicaba de noche,
repasando las letras con la almohadilla de su pata derecha. Con el paso de los
años, el gato no sólo devoró clásicos, sino que empezó a plasmar sus propias
vivencias del campo en una vieja máquina de escribir que un bibliotecario
bondadoso había dejado olvidada. Escribía sobre el olor a tierra mojada, el
canto de las chachalacas y la dignidad de los hombres del surco. Sus relatos,
firmados bajo el seudónimo de "El Gato de la Alborada", pronto
llamaron la atención de los círculos literarios de la capital sinaloense por su
frescura y sensibilidad.
Su talento y constancia le abrieron las
puertas de la Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa (UPES). Las
autoridades académicas, reconocieron su capacidad para
entender el alma humana —y animal—, lo invitaron a formar parte del cuerpo
docente. Felisardo aceptó con orgullo, acomodando sus bigotes y portando una
pequeña corbata de moño para impartir clases de Literatura y Redacción Creativa.
Al principio, los estudiantes y profesores
se mostraban escépticos al ver a un felino en el estrado. Sin embargo, bastaba
escuchar la fuerza de su voz y la agudeza de sus comentarios para que el aula
se llenara de un silencio respetuoso. Felisardo notó pronto que muchos de los
maestros rurales que estudiaban o trabajaban en la UPES guardaban historias
extraordinarias de sus comunidades, pero no sabían cómo contarlas.
Fue así como Felisardo fundó el Taller de Redacción Libre y Creativa.
Cada jueves por la tarde, el Aula Magna de la Universidad se transformaba. El
gato caminaba pausadamente sobre las mesas, revisando borradores, sugiriendo
metáforas y animando a los profesores a perder el miedo a la página en blanco.
Una tarde de octubre, mientras el calor de
Culiacán todavía se sentía pesado en los pasillos de la UPES, el Taller
enfrentó su mayor desafío. El maestro Mateo, un profesor que viajaba cada
semana desde una pequeña escuela multigrado en las entrañas de la sierra de Surutato, llegó a la sesión completamente desanimado. Con las manos gastadas
por el trabajo y la mirada baja, colocó sobre la mesa un fajo de hojas
arrugadas y manchadas de café.
—Profesor Felisardo —dijo Mateo con la voz
entrecortada—, creo que esto no sirve. Un colega de otra institución me dijo
que las historias de mis alumnos en la sierra no tienen valor literario. Que a
nadie en la ciudad le importa cómo los niños inventan cantos para espantar el
miedo a las tormentas o cómo los ancianos leen el clima en las nubes. Iba a
tirarlo a la basura.
El Aula Magna se quedó en un silencio
sepulcral. Los demás maestros contuvieron el aliento. Felisardo, con una
elegancia pausada, saltó desde el escritorio principal hasta la mesa de Mateo.
Con las patas delanteras, enderezó las hojas dobladas. Se sentó sobre sus patas
traseras y comenzó a leer detenidamente, moviendo los ojos de izquierda a
derecha mientras sus bigotes vibraban de concentración.
Tras unos minutos que parecieron eternos,
Felisardo levantó la vista, miró fijamente a Mateo y dio un golpe firme con su
pata derecha sobre el papel. Luego, soltó un maullido sonoro y profundo que
retumbó en las paredes del auditorio.
—Escuchen esto —pidió Felisardo a la clase,
traduciendo su propio sentir al idioma de los humanos—. El maestro Mateo ha
escrito poesía pura. Ha capturado la voz de los olvidados, la resistencia de
las aulas rurales que sostienen el futuro de nuestro estado. Quien le dijo que
esto no vale, ignora que la verdadera literatura no nace en los escritorios
lujosos, sino en el barro, en el esfuerzo diario y en el corazón de un maestro
que escucha a su pueblo.
Acto seguido, Felisardo organizó una
dinámica de edición colectiva. Pidió a una profesora de Culiacán que ayudara a
pulir el ritmo de los diálogos, y a un maestro de Los Mochis que estructurara
el clímax del relato. Para el final de la sesión, el texto de Mateo no sólo se
había salvado, sino que se había convertido en el corazón del próximo libro de
la Universidad. Mateo limpió una lágrima discreta de su rostro y sonrió; por
primera vez, se sintió un escritor.
Con el tiempo, el Taller se convirtió en
una sólida comunidad de profesores escritores. Publicaron antologías
colectivas, organizaron lecturas en las plazas públicas y llevaron la
literatura a los rincones más alejados de Sinaloa. Felisardo, contemplando el eco
de su esfuerzo desde la ventana de su cubículo en la UPES, supo que su viaje
desde los campos de cultivo había valido la pena. Ya no era sólo un gato que
sabía leer; era el faro que había encendido la chispa de la creación en cientos
de corazones educadores.

Comentarios
Espero es guste.
Saludos, un abrazo a todos ustedes que hacen posible este Blog al que casi nadie le hace caso.
Su amigo, José Manuel Frías Sarmiento, o como dice el Dr. Luis Enrique, El tal Frías
Los gatos han sido fuente de inspiración para muchos poetas y escritores. El Gabo escribió "Eva está dentro de su gato" y Haruki Murakami con ese texto donde una anciana que muere es devorada por sus tres gatos, y como dejar fuera a "El gato con botas". Y no se queda atrás "La búsqueda de Emiliano", texto recientemente publicado en el Blog sobre un gato que se extravió y un joven misterioso.
Si alguien tiene un texto o quiere escribir sobre los gatos, es un buen momento. Anímense!
Le agradezco maestro Frías este impulso que le da a este Blog.
Un fuerte abrazo para usted!!
Querida María, el Taller empezó de la nada y con nada, sólo con el anhelo de hacer algo interesante que ayudará al desarrollo de la Escritura y de la Lectura. Yo también recuerdo aquellos ejemplares del Periódico El Redactor, armados, recortados y pegados a mano y con resistol; fotocopiados, comentados y repartidos de mano en mano y de manera personal.
Hoy ese inicio parece tan lejano porqué ya casi nadie lo recuerda. Y este cuento del Gato que sabía leer es un recuerdo para sí mismo... Para quién más, si no?
Saludos y un abrazo a ti que recuerdas ese inicio.
Tu amigo JM, El Tal Frías S
Y ahora Felisardo y Un Maestro de Los Mochis, apasionados ambos de las letras, son amigos para siempre.
Saludos y un gran abrazo d su amigo, José Manuel Frías Sarmiento
Un abrazo, su amigo José Manuel Frías Sarmiento