“Hablen de los libros, no dejen que mueran en lenguas hipócritas. Porque la lectura no va a morir a manos de quienes la escriben usando IA"


 



AGRADEZCO A LA LECTURA

Ian Báez Palazuelos


Hoy, reunidos todos aquí, quisiera abrirme el pecho, tomar mi corazón y brindar con él; hoy es una fiesta, porque hoy, amigos míos, le agradezco a la lectura. Le agradezco por salvarme silenciosamente sin pedir absolutamente nada a cambio, nada más que mi pura y ferviente devoción. Brindamos hoy con jocoque y papitas por las tragedias que dieron vida a las páginas que llenan de lágrimas los ojos de los emocionales, que llenan de esperanza los corazones de nosotros, románticos incomprendidos, mientras creemos que algún día alguien nos amará tanto como el narrador amó a Natenska en las noches blancas de Dostoievski.

Agradezco también que me ha permitido escribir sin depender de una máquina, equivocarme solo, tachar mis propias frases, sufrir por una palabra durante horas y aun así seguir adelante. Aun si mis textos nunca tendrán la perfección fría de un algoritmo, puedo decir con orgullo que al menos llevan encima mis desvelos, mis contradicciones y mis manos cansadas. Y eso, para mí, vale más que cualquier página impecable generada en segundos. Porque los que hemos amado verdaderamente los libros sabemos que escribir no es solo aventarse frases bonitas, sino ensangrarse un poco sobre el papel hasta encontrar una verdad que merezca quedarse viva.

Agradezco a los libros por brindarme refugio; cuando los brazos fríos me rechazaron, cada verso me alentaba un poco más a emerger lentamente. Le agradezco por todos los amigos que he hecho gracias a ella, por las acaloradas discusiones sobre pedagogía crítica o el sistema educativo. También por las cálidas charlas cuyo centro era una frase que no comprendí del todo, frente a compañeros lectores, mientras cada uno aderezaba las páginas con su propio sentido, acompañados de un buen vino o una fría cerveza y unas papitas con jocoque.

También debo dar gracias a quienes preguntan: “¿Por qué lees?”, “¿Por qué escribes?”. Aunque la mayoría del tiempo se refieran a la finalidad detrás de mis acciones, ¿por qué entregar mi tiempo a la extraña e imposible actividad de leer o escribir? Debo dar una excusa y una disculpa por leer; quizá así es como me siento cada vez que escucho esta pregunta. Me escudaría detrás de que se siente bien contemplar un trabajo terminado y bien hecho (espero sientan bonito también cuando me leen a mí), o quizá que detrás de mis críticas hay furia o rebeldía y simplemente por eso leo y escribo. Hay una urgencia de estar solo en un cuarto propio, como el de Virginia Woolf, y es por eso que escribo, incluso que de pequeño quería dibujar historietas o ser un rapero, y cuando leo, esa misma sensación de felicidad infantil me cubre mis hombros helados que añoran manos calientes. Escribo porque voy detrás de ese sentimiento e inocencia de niño pequeño y por eso leer y escribir están tan fuertemente relacionados con una felicidad indescriptible para mí, o la ausencia de ello. Cuando dibujaba a mi mamá, todos los adultos me sonreían; todos eran tan lindos y amables y me apretujaban los cachetitos regordetes de niñito iluso mientras los coditos caían del retrato de mi mamá que pegué con pegamento de barra y mis mocos.
Ahora, algunos años después, termino por segunda vez el taller de Redacción Libre y Creativa, coordinado por una de las personas por las que también le ofrezco hoy un agradecimiento a la lectura. De no haber sido porque en algún momento de la preparatoria leí por encimita el mito de La Caverna de Platón, quizá hoy en día seguiría odiando a Frías por preguntarme ¿Qué es una carabela?, fue la literatura la que me llevo a cruzar caminos con esta gran figura que me dio ese empujón tan necesario a seguir leyendo y escribiendo. Hoy, esas mismas personas que me preguntan porque leo, me hacen otra pregunta también: ¿No estás muy joven para leer tanto?, o bueno, la pregunta que escucho más seguido es: ¿Cómo se siente haberse enamorado de tantos libros?, y mi respuesta es que se siente muy bien, todos los adultos me sonríen; todos son tan lindos y amables y me apretujan mis cachetitos regordetes de adulto-joven medianamente ilusionado (especialmente mi tía cuando charlamos de sus novelas de Andrea Golden y la escultora de rostros) y me vuelvo a sentir como un niño comiendo papitas y jocoque. Me doy cuenta también de por qué me he sentido tan molesto, el hábito de la lectura, que me ha traído de vuelta las sonrisas de los adultos y la amabilidad de los intelectuales, debió de haber llegado a mí no a mis 18 años (espiritualmente 50 según algunos compañeros) tan jóvenes, sino mucho antes, incluso antes de que fuera un niño chiquito, quizá unas tres semanas después de que nací, para así poder haber disfrutado este bello sentimiento de ser un niño chiquito toda mi vida.

Le debo muchas cosas a mis libros, que son pocos comparados a los que ha leído Frías quizá, pero por algo se empieza, y si ustedes no leen o no se sientan en esos momentos de niño aburrido a hojear con curiosidad los libros, por favor sigan buscando ese libro que despierte en ustedes la curiosidad. Juzguen a los libros por sus portadas, por el título, por ese párrafo en la contraportada, porque en la Ghandi no te dejan abrir los libros, ni en la Gonvil, ni en la otra que esta por ahí por el centro. Cuiden las pastas duras y las pastas blandas, compren un separador bonito, lleven sus libros a que los firmen sus autores favoritos (Sólo si siguen vivos), amen la lectura tanto como los autores que la escriben.

Porque serán maestros, y un maestro que no lee ni escribe pierde años, pierde la profundidad de los ojos. Estarán de acuerdo conmigo en que hay ojos que inspiran (Como los de Eclipsa) y otros que aburren con tan sólo posarse sobre los tuyos, la diferencia se marca en la pasión que tienen por la lectura; entrenen sus ojos para que algún día lean su nombre en bellas poesías sobre ellos. O tal vez para que ustedes sean quienes las escriben. Lean, lean, lean. Aquellos que leen el mundo; Aquellos que quedan inmersos en el internet o en la televisión se vuelven locos. Nuestra civilización sufre heridas profundas debido a que abandonamos la lectura, propiciado por la modernidad liquida de Bauman.

A propósito de eso, a veces me pregunto ¿Qué se sentirá ser la musa y no el poeta? Las bellas musas se desnudan frente a un lienzo, o a una hoja de papel para ser plasmadas en la inmortalidad a la que muchos le tienen miedo. Pero no me muero de ganas de volverme musa, la musa tiene su destino escrito ya, a pinceladas o entre versos, y aunque yo mismo estoy compuesto de poesía, creo que no me gustaría serla, porque el poeta no es quien tiene su profecía ya escrita, es el que la está escribiendo.

Y si no quieren leer, ¡Pues no lean!, somos libres, diría el maestro Abelardo, sean felices, porque todas las campañas que han querido forzar a la gente a que lea fracasan, la lectura no debe venir a reemplazar una forma de entretenimiento, sino complementarla, ¿Te gusta ver el futbol? ¡Pues lee también sobre el futbol! O no lo sé.

Quizá todo este escrito en su totalidad son patadas de ahogado, son palabras rebuscadas que se acomodan solas para llenar un vacío, porque nadie habla ya de libros.

Hablen de los libros, no dejen que mueran en lenguas hipócritas. Porque la lectura no va a morir a manos de quienes la escriben usando IA.

Te agradezco, lectura.

 

 


Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Joven Ian, cómo te encuentras!! Este texto sobre la lectura es muy interesante. Entrenar los ojos para leer, el hecho de complementar el entretenimiento con la lectura, es excelente. La vida es aderezada con esta práctica, como bien lo mencionas, por ello hay que brindar con papitas y joquete.
Qué viva la lectura hoy y siempre!!
Saludos compañero!!

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