“Escribe algo, porque una vez que escribas, la vida ya no va a ser la misma…”
MILAGRO EN LA CALLE 53
Marité Ibarra
Era un día equis, un día normal en las vidas de las personas que todos los días asistían a trabajar. Algunos llegaban desde muy temprano y terminaban hasta altas horas de la noche, haciendo tiempo extra. Pero al salir todo seguía siendo lo mismo, sólo que más oscuro y la calma era aterradora, pues ya no había luz ni ruido en la mayoría de los negocios que estaban ubicados en esa calle
A veces cerraban algunos locales para abrir otros completamente diferentes. Aún así con esas variantes, era el mismo ambiente, el mismo bullicio. La calle número 53 era muy concurrida. Gente yendo y viniendo, con papeles en mano, con un propósito definido, con pasos hoscos, con rostros serios, o ceños fruncidos, era un vaivén bien conocido. Así era como se mantenía viva esa calle.
Los trabajadores y la gente común que visitaban esos locales, le inyectaban cierta fuerza para continuar con trámites, compras y tantas cosas que hacer. Fluía una energía muy especial, a pesar de la inercia y la cotidianidad.
Había una gran variedad de negocios ubicados en esa larga calle, desde telecomunicaciones y despachos jurídicos, hasta microempresas de limpieza, estéticas, farmacias, papelerías, y varios restaurantes y cafeterías que satisfacían el gran hambre y antojos que les daba a la gente trabajadora que salía a comer puntualmente a las dos de la tarde.
Estos lugares de comida se abarrotaban, y ahí tanto las recepcionistas como los gerentes y los técnicos de estas empresas coincidían para degustar los sagrados alimentos. Pero, aunque estaban juntos, reunidos con el mismo propósito, la realidad era que casi no hablaban, ni se miraban a los ojos, mucho menos regalarse alguna sonrisa.
No había chistes, ni risas fuertes, sucedía algo extraño. A veces los silencios eran demasiado incómodos, y sólo se escuchaba el golpeteo de las cucharas contra los platos, para regresar rápido a la rutina laboral o retomar los pendientes que habían quedado.
Surgían murmullos discretos y aburridos, cada individuo viviendo sus profesiones y oficios a su manera. Era raro cuando dos personas de distintos negocios hablaran de algo, ya que no tenían nada en común, al menos eso creían ellos.
Pero un día, precisamente en ese día equis mencionado al inicio del texto, ocurrió algo fantástico. Un día miércoles, apareció de la nada un gran pizarrón instalado en un local que recién acababa de cerrar inesperadamente, el cual estaba precisamente en medio de esa enorme calle.
No era un pizarrón cualquiera, era demasiado grande, abarcaba casi todo el lugar. Estaba bien sujeto y era muy blanco, brillante, lindo como todas las cosas nuevas. También en la parte inferior había seis marcadores, listos para ser usados, y en medio de la pizarra estaba escrito con una letra muy bonita lo siguiente: “Escribe algo, porque una vez que escribas, la vida ya no va a ser la misma…”
Cuando los trabajadores llegaron a sus empresas muy temprano en la mañana, se dieron cuenta de la novedad que apareció de repente frente a ellos. Era algo extraño, ajeno a ellos y a la rutina inalterable que ya tenían.
Nadie observó cuando lo instalaron, ni siquiera los que hicieron horas extras el día anterior. Como si se tratara de un milagro, simplemente surgió y ya. Sin embargo, estaba listo para que la gente escribiera sus cosas. Quizá una pequeña reflexión, dar los buenos días, brindar algún consejo, dar un recordatorio. Escribir lo que sea, pero que escribieran, y que ese gran tablero se usara de forma positiva.
Los jefes, los trabajadores, las empleadas quedaron sorprendidos al ver su aparición sin sentido. Todos se detenían a verlo y a leer lo que estaba escrito ahí. También la gente que visitaba o pasaba diariamente por esa calle observaban lo raro de ese objeto, así como algunos estudiantes de ciertas escuelas circundantes lo miraban admirados. A todos les parecía muy extraño ese pizarrón brillante y llamativo.
Pero a pesar de sus características espectaculares, nadie escribía nada. Así pasaron los días y algunas semanas, y la leyenda seguía siendo la misma. Nadie tenía la valentía de escribir, de destapar un plumón. Nadie quería estrenar ese pizarrón, el cual parecía que latía con más fuerza para que alguien escuchara su sonido, estaba latente, punzando, sólo era cuestión de tiempo…
De repente, en una fresca mañana de mayo, este pizarrón tenía una nueva leyenda, la cual decía: “Quiero decir que me gusta mucho la cajera que trabaja en la ferretería…”.
La mayoría de los empleados que pasaron, se detuvieron y leyeron con cara de asombro esa confesión anónima. Otros se detuvieron con un vaso de café en la mano, para mirar lo que estaba pasando. Algunos más simplemente siguieron de largo, ignorando lo que sucedía. Uno de ellos se llevó la mano a la boca, en señal de sorpresa. Otro tomó una fotografía. Una secretaria leyó el mensaje en voz alta y soltó una risa disimulada.
Y cuando la cajera de la ferretería salió a barrer la entrada de su negocio, alguien le dijo:
Oye, creo que te dejaron un recado en la pizarra.
En ese momento, la chica dejó la escoba y salió apresurada para leer el mensaje que le habían dejado. Al terminar de leerlo, sonrió entre nerviosa y avergonzada. Pero su rostro se iluminó al saber que alguien había puesto su atención en ella.
Pasaron los días, y poco a poco diversos mensajes comenzaron a aparecer, ciertas frases motivadoras como: “El éxito es la suma de pequeños esfuerzos”. “Tu potencial es infinito, anímate a explorarlo”. “La perseverancia convierte los fracasos en triunfos”.
Pero además de estas frases y de confesiones anónimas, había otras cosas que se escribían, entre ellas algunos chistes: “Señor gerente, vengo a pedirle un aumento de sueldo, porque me he casado. --- Lo siento, pero la empresa no responde por desgracias ocurridas fuera del horario de trabajo”.
Igualmente surgieron adivinanzas como: “Es la verdadera jefa de la oficina… todos la buscan, todos las necesitan y si no funciona, nadie produce, ¿qué es?”. (La cafetera)
También escribieron trabalenguas, pedazos de canciones románticas, y cosas extrañas como: “¿Sabían que las langostas son seres de otro universo? Nada más obsérvenlas bien y verán que es cierto”. ”La pizza es un simple pan, pero con cosas arriba”. “Me está saliendo una muela del juicio y me duele mucho”.
Asimismo, escribían fragmentos de poemas, recomendaciones literarias, de películas, series y obviamente quejas y uno que otro mitote caliente.
Repentinamente la pizarra se convirtió en todo un éxito. La gente comenzó a escribir a cualquier hora del día. Se divertían leyendo, escribiendo, borrando. Ya no tenían miedo a hacerlo.
La gente de esa transitada calle cambió, pues ya tenían tema de conversación, había más confianza entre ellos, y cuando se reunían en los restaurantes o cafeterías en la hora de la comida, se escuchaban risas y pláticas.
Se formaron algunas parejas de novios, ahora las personas que tenían algo en común empezaron a conversar de sus gustos afines. Otros desarrollaron camaradería y se juntaban para contar chistes o resolver acertijos. De igual forma se solucionaron algunos conflictos y roces debido a la falta de comunicación que existía anteriormente entre esas personas de rostros tristes y cansados.
Aquella superficie blanca de dudosa procedencia fue una gran distracción y los ayudó a divertirse, a relajarse, a sonreír, a unirse como clase trabajadora y como personas.
Nunca supieron quién colocó aquel enorme pizarrón ni por qué apareció precisamente en la calle 53. Ni cómo es que los plumones nunca se terminaban. Tampoco lo vieron desaparecer. Los trabajadores de ahí lo supieron aprovechar y valorar. Lo único que sabían era que, desde entonces, la calle dejó de ser un sitio de rostros apagados y silencios incómodos. Ahora había saludos, bromas, poemas, confesiones, dibujos y hasta ciertas discusiones sobre si la pizza realmente es un simple pan, pero con cosas encima. Algunos dijeron que era casualidad. Pero otros prefirieron llamarlo milagro.
Comentarios
Le agradezco al profesor Frías, está gran oportunidad.
Saludos a toda esta comunidad!!
Este relato da primacía a la comunicación y alegra la convivencia.
Saludos
Creo que los pizarrones o las pizarras siempre han sido parte importante en la vida de los docentes. Es un lugar importante en la que nos proyectamos como maestros de cierta manera y que los alumnos siempre están viendo como una acción o un portal que abre el conocimiento.
Está es una historia que surgió cuando escuché hablar a un amigo que no es docente, de un pizarrón de manera distinta, se me hizo muy interesante lo que dijo. Después escribí el cuento para luego perderlo en el limbo cibernetico. Después, mucho después decidí escribirlo de nuevo y esto surgió. Dio este giro sin buscarlo ni desearlo.
Gracias por su publicación.
Saludos igualmente.
Muchas gracias maestro Apodaca, le agradezco mucho su tiempo prestado para leer y para comentar. Le agradezco sus palabras, como siempre muy atinadas y halagadoras.
Saludos hasta los Mochis Sinaloa.
Seguimos leyéndonos profesor Adán!!