“El gato cuidaba al niño, como si fuera consciente de que tenía una condición especial"



 



LA BÚSQUEDA DE EMILIANO

 

Marité Ibarra

 

¡Emiliano!

¡Emiliano!

Escuché esos llamados desesperados, cuando yo apenas me acababa de despertar y salía del baño.

No entendía lo que estaba pasando, pero seguía escuchando esos gritos con gran intensidad. Así que me apresuré y por la ventana de mi sala, vi a una mujer agarrada de la reja y mirando hacia el patio de mi casa. La inesperada visita de esa mujer desconocida me resultó extraña.

Enseguida busqué las llaves para abrir la puerta. La mujer al escuchar que estaba abriendo, miró detenidamente hacia el interior de mi hogar. Al percatarme de esa actitud sospechosa, cerré la puerta casi de inmediato.

Le pregunté de manera brusca:

__ ¿A quién busca? ¿A Emiliano? Le fruncí el ceño y la miré con total desconfianza.

__No, no es Emiliano, se llama Maximiliano. Me dijo con firmeza.

__Pues aquí no vive ningún Maximiliano, le aclaré. Se lo dije un tanto molesta, por las actitudes demostradas por la mujer, que estaba llena de sudor, con una gorra en la cabeza y con volantes en la mano.

En esos momentos, se me vino inmediatamente un recuerdo a la mente, algo que días atrás me había llamado mucho la atención.

Me acordé de un niño que vi a través de la ventana de la cocina, bueno, más bien era un muchachito de entre trece y quince años. Pero lo recuerdo claramente por su aspecto.

El niño iba caminando descalzo como a eso de las tres de la tarde, cuando el sol pegaba con más intensidad. Iba con las manos engarrotadas, la mirada perdida, y caminando sin zapatos, como si no sintiera la incomodidad de las piedras y lo caliente de la tierra. Se veía tan delgadito, que sus brazos parecían hilitos. El cabello lo tenía largo, pero traía ropa limpia. Era un jovencito alto, blanco y cabello castaño. Evidentemente se le notaba que algo no estaba bien en él, de hecho, nunca antes lo había visto por la colonia. Me dio la impresión de que se había escapado de su casa o algo así.

Por eso, pensé en un inicio que lo estaba buscando a él, pero no, al parecer no era él por las características que ella me dio. Pero aun así dudé.

A la señora se le veía desesperada por encontrar a Maximiliano, quien para mis adentros ya era Emiliano, porque así lo captó mi cerebro desde el principio.

Si yo no hubiera tenido reja, la mujer era capaz de entrar a mi casa y buscar en cada rincón a su ser amado. Pues ella seguía por fuera, llamando a Maximiliano, alzando su cara y su vista por donde fuera, con tal de ver un rastro de él.

Yo le pregunté que si porqué estaba tan segura que ahí estaba. Ella me dijo que porque ya había rebuscado en la otra colonia y sentía que estaba ahí, en mi patio. Que una corazonada le indicaba eso, casi asegurando que yo lo escondía a propósito y que le estaba mintiendo.

Sus miradas inquietantes y ese convencimiento absurdo, realmente me molestó. No puedes llegar a una casa ajena y prácticamente asegurar que guardas a alguien en su interior, cuando la realidad es que no es así.

Después de tratar de disuadir a la mujer que yo no tenía escondido a Maximiliano en mi casa, ella por fin decide irse, pero con cierto recelo. Eso me incomodó en gran manera, porque mientras caminaba seguía volteando a ver mi casa y a mí, y lo hacía de manera inquietante.

Pasaron los días y miraba por todos lados carteles del extravío de Maximiliano. Hojas pegadas en los postes de luz, en las tiendas, en las tortillerías, en las paradas de autobuses, parecía que no había un solo rincón de la colonia donde no hubiera colocado su fotografía. Y como si fuera casualidad o no, siempre me encontraba con esas hojas, lo cual me hacía recordar el incidente con aquella mujer.

Mi rutina siguió normal. Asistir al trabajo era casi un ritual para mí. Pero sin querer, comencé a toparme seguido con esa mujer que seguía en su búsqueda, y la cual me miraba de manera extraña.

De repente salía de entre las calles, como si me estuviera esperando o hasta vigilando. Tantas coincidencias con ella ya no me parecían normales. Nunca volvimos a hablar, pero me observaba detenidamente. A veces sentía sus miradas pesadas sobre mi nuca, o se quedaba en la esquina, tratando de ver el interior de mi casa una vez más, cuando yo abría la puerta.

Tal comportamiento generó en mí cierto temor, me sentía insegura. Luego se ponía a gritar en mi calle ¡Maximiliano! ¡Maximiliano! Y lo hacía más fuerte cuando pasaba en frente de mi casa. Los vecinos también comenzaron a sentirse aturdidos por ese comportamiento que ella tenía.

En una tarde cualquiera, calentando la comida, lo veo por la ventana de la cocina una vez más: al muchachito caminando descalzo entre piedras y polvo ardiente, con la misma expresión ausente, como si viviera en otro mundo. Pero esta vez llevaba algo entre sus brazos.

Al principio pensé que era un trapo, sin embargo, agudicé más la mirada y miré que algo se movía. ¡Una cola salió! Me di cuenta que era un gato. Quise verle la cara para ver si era Emiliano, pero el muchacho lo llevaba pegado al pecho y nunca se giró.

Traté de salir rápido de mi casa, pero no encontré las llaves a tiempo, así que cuando por fin salí ya no pude ver a dónde se había ido el niño. Era imposible que desapareciera tan rápido él y el gato.

Los días siguieron su curso, y no sé por qué seguía pensando en Emiliano y en ese muchacho.

Pero de repente todo se tranquilizó. Se respiraba una calma anormal. Todo iba marchando según su curso, hasta que en el silencio de una noche cualquiera; escuché unos maullidos al pie de la ventana de mi recámara. Me sobresalté porque eran muy fuertes, salí en pijama en medio de la noche, para ver porqué estaba un gato ahí.

Cuando lo vi bien, me sorprendí muchísimo, y una pregunta salió de mí de manera espontánea:

__Emiliano, ¿acaso eres tú?

El gato se me quedó viendo con una mirada penetrante, y después maulló sólo una vez, como si estuviera afirmando que sí era él.

Yo intenté hablarle más, incluso acercarme a él, pero no lo permitió. Se fue rápidamente.

Después de eso ya no pude dormir. Tenía muchas preguntas en mi mente. No sabía lo que estaba detrás de la desaparición de Emiliano, y porqué había aparecido intencionalmente en mi casa.

Después de esa ocasión, el gato comenzó a aparecer más frecuentemente en mi hogar. Siempre de noche y a la misma hora. Y todos los días salía a verlo. Trataba de acercarme, de acariciarlo, pero no me dejaba, siempre se iba.

Nunca quise comunicarme con esa mujer para darle informes del gato, porque comprendí que a Emiliano le gustaba la libertad y no le agradaba que nadie lo tocara.

De repente, dejó de visitarme por las noches. Y una vez más, estando yo en la cocina, vi por la ventana al niño que caminaba descalzo en el calor. Nuevamente traía a Emiliano en sus brazos. En el movimiento de su cola, intuí que estaba estresado. Así que intenté salir apresuradamente, pero como siempre, no encontraba las llaves, era muy descuidada, todo el tiempo las dejaba donde sea. Cuando al fin las encontré, salí corriendo. De hecho, casi me atropella un carro esta vez, pero de nuevo se habían esfumado, y yo seguía sin entender cómo sucedía tal cosa.

Me quedé inquieta toda la tarde, me asomaba constantemente para ver si los volvía a ver, porque ese muchacho ya se me hacía muy sospechoso.

Esa misma noche, Emiliano me buscó. Yo lo estaba esperando. Pronto salí a verlo, y le pregunté:

__¿Cómo te encuentras Emiliano?

El gato me respondió con un maullido largo.

Después emprendió su marcha, pero ahora fue diferente. Porque caminaba, se paraba, volteaba y maullaba, como si quisiera que lo siguiera. Entendí su mensaje y me fui tras él.

Emiliano me esperaba, mientras lo seguía. A veces me maullaba más fuerte y prolongado como si me dijera que me apurara. Y después de una larga velada y de haberme llevado a varios lugares, y mostrado ciertas situaciones lo entendí todo…

Percibí la relación de Emiliano con el muchachito ausente, con la peculiar mujer y conmigo misma.

Mientras caminaba de regreso a mi casa, entendí que era el muchachito quién casualmente se llamaba Emiliano. Él era el dueño original del gato. El gato cuidaba al niño, como si fuera consciente de que tenía una condición especial. El gato parecía ser un protector para él y su único contacto para explorar el medio exterior. Cuando el niño salía a pasear, se le iluminaba la cara, realmente se sentía feliz, porque siempre que lo vi caminando, su cara se veía relajada.

El gato era libre. En el día cuidaba al jovencito, pero por las noches salía como todo animal nocturno a pasear y hacer su vida gatuna. Después me enteré de que, en una de esas noches, haciendo sus rondines de la colonia, llegó a la casa de la mujer. La mujer estaba sentada afuera cuando lo vio llegar. En cuánto lo miró ¡lo agarró!

La mujer sintió una atracción inusual hacia el gato y lo llamó Maximiliano, esto como recordatorio de su gran amor que había desaparecido inexplicablemente hacía ya bastantes años. El gato por extraño que parezca le hacía recordarlo, así que lo tomó y lo metió a vivir a su casa. Así lo tuvo al parecer durante un tiempo, hasta que el gato en la primera oportunidad que tuvo, se escapó y se refugió en mi casa, durmiendo en el techo sin que yo lo notara.

Comprendí que el gato nunca había dejado de buscar a su verdadero dueño. La mujer sólo veía en él el recuerdo de un amor perdido. Yo había sido apenas un refugio durante su huida, una amiga temporal a la que eligió para contarle su historia antes de regresar con quien realmente le pertenecía.

 

 

Comentarios

Marité, hay en la vida casos extraños que sólo con Literatura se pueden narrar.
Este caso de un gato, amor y un niño que aparece y desparece, es una excelente historia para una interesante narración
Saludos
Marité Ibarra dijo…
Buenos días compañeros lectores y escritores.... Esta historia, es prácticamente real. Muchos aspectos de la narración ocurrieron. Y tal cómo lo dice el maestro Frías hay cosas que sólo la literatura puede describir.
Gracias profesor por la publicación de este texto.
Saludos calurosos a todos!!!
GILBERTO MORENO dijo…
Amiga Marité, que buena historia, me hiciste entrar en suspenso y atento a lo que iba a pasar con el gato y con el niño descalzo. Tu narrativa es muy entretenida y nítida. Disfruto muchísimo leerte amiga. Saludos amiga.
Marité Ibarra dijo…
Amigo Gilberto fíjate que eso me acaba de pasar apenas, y sí experimenté muchos sentimientos como el suspenso y la extrañeza de esa mujer. Y aún conservo en la casa como recuerdo el cartel de Maximiliano y no, no lo he visto por la colonia donde vivo.
Gracias por leerme y comentarme amigo. Qué agradable es, que te haya gustado mi relato.
Muchos saludos compañero literario!!!!
Seguimos en contacto!!!!
María Porcella dijo…
Bonita historia nos traes, Marité. Me envolvió hasta el final. Pude imaginar a los cuatro personajes, cada uno con su propia historia, con su mundo. Esta es una historia de las que se le puede contar antes de dormir, porque tiene misterio, pero terminan con amor y manda ese mensaje. Lo desconocido no siempre es lo que suponemos. De repente pensé en los muchos gatos que hay en la cuadra, ¿quién sabe cuántas historias nos podrían encontrar? Saludos y felicitaciones.
María Porcella dijo…
Bonita historia nos traes, Marité. Me envolvió hasta el final. Pude imaginar a los cuatro personajes, cada uno con su propia historia, con su mundo. Esta es una historia de las que se le puede contar antes de dormir, porque tiene misterio, pero terminan con amor y manda ese mensaje. Lo desconocido no siempre es lo que suponemos. De repente pensé en los muchos gatos que hay en la cuadra, ¿quién sabe cuántas historias nos podrían encontrar? Saludos y felicitaciones.
Marité Ibarra dijo…
Madrid qué bueno que te gustó este texto. Siempre hay explicaciones y motivos detrás de algo que narrar, al menos eso sucede con mis textos.
Los gatos son muy elegantes y enigmáticos y mucha gente encuentra inspiración en ellos.
Gracias por regalarme de tu tiempo al leer y comentar.
Te mando un fuerte abrazo!!!
Que buen texto nos regalas hoy mi estimada Marité, para deleite de las y los lectores de este blog. Tiene cierto toque de misterio, porque no se describe qué pasó con el joven que viste pasar por tu casa. Tampoco se corrobora la necesidad educativa especial o discapacidad que presentaba. También creo que tú fuiste un baluarte para ese gato al cual se aferraba la mujer porque hasta le puso en nombre de una persona con la cual tuvo cierta relación. Saludos cordiales.
Marité Ibarra dijo…
Buen día mi estimado compañero Alfredo!!! Fíjese que cuando vi al muchacho pasar me causó una profunda impresión, y no sé porque. Hay vivencias que pueden convertirse en historias como está, y me alegra mucho que haya sido de su agrado. Gracias por leernos y comentarnos.
Le mando un fuerte abrazo. Saludos!!!
Anónimo dijo…
Una narrativa muy interesante y con suspenso incluido compañera Ibarra, interesante como todas las que usted escribe, por eso es grato leerla. Me gustó mucho como nos tiene a los lectores "al filo de la butaca". Siga escribiendo es agradable leerla. Le mando un abrazo desde Los Mochis Sinaloa con mi afecto incrementado.
Marité Ibarra dijo…
Profe Adán cuánto le agradezco su lectura de mi texto y su comentario siempre muy emotivo y motivador a la vez.
Aquí seguimos en el Blog relatando historias, cuentos y demás. Con mucho gusto seguiré escribiendo.
De igual forma le mando un fuerte abrazo hasta los Mochis!!!

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