21 de junio, Día del Padre 

"Yo cambiaría mil días de esta libertad por una sola tarde sentado junto a mi padre, viéndolo sonreír una vez más"




LA CONDENA DE EXTRAÑARTE 


Celeste Giselle Quintero Plata 


Hay algo extraño en extrañar a alguien que sigue vivo, porque la muerte tiene sus propias reglas; nos obliga a aceptar la ausencia, pero cuando una persona existe en algún lugar del mundo y aun así no puedes abrazarla, el dolor se vuelve diferente, más silencioso, más confuso y sobre todo más cruel.

Mi papá vive en una prisión de concreto, hierro y candados, yo vivo en otra, la mía no tiene paredes visibles, pero me encierra igual, pues es la prisión de los años, de la distancia, de las visitas que no fueron, de las palabras que nunca encontraron el momento para ser dichas, 5 años sin verlo parecen poco cuando se pronuncian en voz alta, pero son suficientes para que la memoria comience a traicionar, a veces intento recordar su rostro y descubro que algunos detalles se han borrado, intento escuchar su voz y mi mente la mezcla con recuerdos inventados, entonces me invade el miedo de olvidar, no olvidar quién fue, porque eso es imposible, sino olvidar cómo era.

Y a veces me pregunto qué clase de castigo es este, porque aún recuerdo todo
lo que me enseñó, recuerdo los valores que sembró en mí cuando yo apenas
entendía el mundo, recuerdo sus consejos escondidos en conversaciones
simples, recuerdo sus manos trabajando y la paciencia con la que me
explicaba cosas que parecían demasiado grandes para mí.

Recuerdo, sobre todo, aquellas tardes que tenía libres, entre herramientas y
grasa, cuando el tiempo se detenía mientras armábamos una transmisión
automática o una estándar, tal vez otras personas heredaron tierras, dinero o
apellidos, yo heredé el gusto por entender cómo funcionan las cosas, aprendí
que nada avanza si una pieza importante falta, quizá por eso me cuesta tanto
avanzar sin él, porque no es fácil avanzar sin una persona que lo era todo para
ti, el era mi pieza importante.

A veces quisiera sentarme frente a mi padre y contarle todo, decirle que ya tengo mi propia licencia, que aprendí a conducir sola porque no había quien
más me enseñara, que aprendí a andar en moto sin que él estuviera detrás
diciéndome qué hacer, que la vida siguió avanzando aunque una parte de mí se 
quedó detenida esperándolo, quisiera decirle que he aprendido muchas cosas, pero ninguna tan difícil como extrañarlo.

Porque aprender a vivir sin alguien no significa dejar de necesitarlo, he
aprendido a resolver problemas, a tomar decisiones, a enfrentar miedos, a caerme y levantarme, pero nadie enseña cómo sobrellevar la ausencia de un padre que todavía respira bajo el mismo cielo y entonces entiendo que hay
personas que pierden a sus padres por la muerte, y personas que los pierden por las circunstancias, claro que ninguna ausencia pesa más que la otra,
simplemente duelen de maneras distintas.

Hoy, en el Día del Padre, no me duele que mi papá no exista, me duele que exista y no pueda verlo, me duele no saber si el tiempo también le está
borrando mi rostro, me duele no saber si alguna vez piensa en todo lo que me
hubiera gustado contarle, me duele imaginar cuántas versiones de mí se ha
perdido, pero aun así, entre tanta distancia, sigo encontrándolo en pequeñas cosas, en cada decisión correcta que tomo, en cada valor que defiendo, en cada
motor que entiendo, en cada camino que recorro. Y si algún día me preguntan qué es lo que más extraño de mi padre, no diré las grandes cosas, no hablaré 
de fechas, regalos o momentos extraordinarios, hablaré de lo simple, de su
aroma, ese que todavía vive en algún rincón de mi memoria y que a veces creo encontrar en medio de la multitud, de su mirada, de su rostro, que curiosamente sigue acompañándome cada vez que me veo al espejo, porque nos parecemos tanto que a veces siento que una parte de él nunca se fue.

Extraño lo cotidiano, extraño escucharlo hablar de cualquier cosa, ver los partidos de Club América, comer sushi juntos, extraño sentarme a su lado sin
necesidad de decir mucho, extraño tener la certeza de que estaba ahí y si la vida me concediera una sola oportunidad de volver a verlo, no le pediría
explicaciones ni respuestas, que me invite un cigarro de los que tanto le gustaban aunque nunca me lo termine, que me invite una cerveza Tecate
aunque se caliente sobre la mesa, que me invite a cualquier cosa, a lo que sea, porque al final no sería el cigarro, ni la cerveza, ni el lugar lo que importaría,
sería él.

Porque hay encuentros que valen más que cualquier regalo, y yo cambiaría mil días de esta libertad por una sola tarde sentado junto a mi padre, viéndolo
sonreír una vez más, porque aunque la memoria borre poco a poco el sonido de su voz, hay algo que el tiempo jamás podrá borrar: todo lo que dejó dentro de mí.

Y quizá esa sea la paradoja más triste y más hermosa del amor, que a veces una persona puede estar lejos de tus ojos, lejos de tus manos y lejos de tu vida, pero tan profundamente dentro de tu corazón que ninguna prisión es capaz de 
encerrarla por completo, por eso le dedico este texto a mi papá.

Te amo papá y te extraño siempre.
Feliz Día del Padre!















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