Taller de Redacción Libre y Creativa

“El Taller me enseñó que escribir no se trata de la cantidad de páginas, sino de tener algo que decir y atreverse a decirlo”



 



MERA CURIOSIDAD

 

Alejandra Montoya Corrales


Creo que entré al Taller de Redacción Libre y Creativa por curiosidad, por terquedad o porque había algo dentro de mí que no se callaba. La verdad, no lo sé. Lo único que sé es que cuando vi el horario pensé inmediatamente que no podía entrar. Yo entreno a las cuatro de la tarde y el taller empezaba a las tres, así que en mi cabeza simplemente no tenía sentido. Por eso decidí no meterme. Sin embargo, seguía pensando en él. Era extraño, porque no era como si mi sueño hubiera sido entrar a un taller de escritura, ni siquiera leía tanto como para decir que la literatura era mi vida. Aun así, había algo que me hacía volver a pensar en ese taller una y otra vez, hasta que terminé entrando casi al final del periodo de inscripción.

Llegaba tarde, corría de un lado a otro y acomodaba mis horarios como podía, pero llegaba. Ahora que lo pienso, creo que desde ahí debí sospechar que sí me importaba, porque nadie hace tantos malabares por algo que le da igual. Recuerdo que el primer día el profesor me preguntó por qué estaba ahí. Le respondí lo único que sabía en ese momento, “quería descubrir si me gustaba escribir”. No quería saber si era buena, si tenía talento o si podía llegar a publicar algo algún día, simplemente quería saber si aquello que sentía cuando escribía significaba algo.

Y qué curioso, porque terminé descubriendo algo mucho más grande que eso. Sí, me gusta escribir, pero creo que en el fondo ya lo sabía. Lo que realmente descubrí fue por qué me gusta hacerlo. Antes del taller yo ya escribía. Lo hacía cuando estaba feliz, cuando estaba triste, cuando tenía algo que decir o cuando no entendía lo que estaba sintiendo. Sin embargo, siempre escribía para mí. Mis textos eran algo privado, una especie de refugio al que solo yo tenía acceso. Por eso compartirlos con otras personas fue una de las experiencias más difíciles y, al mismo tiempo, más valiosas del taller.

Recuerdo que el profesor me repetía constantemente que no leía bien mis textos. Al principio me frustraba mucho escuchar eso porque no entendía a qué se refería. Pensaba que, si yo misma los había escrito, ¿cómo era posible que no supiera leerlos? Con el tiempo comprendí que no hablaba solamente de pronunciar las palabras, sino de creer en ellas. Poco a poco fui aprendiendo a confiar más en lo que escribía y a sentirme cómoda compartiéndolo con los demás.

Hubo momentos en los que me comparaba con mis compañeros. Veía personas que escribían diez o veinte hojas mientras yo apenas lograba llenar dos. A veces sentía que me quedaba atrás, pero el taller también me enseñó que escribir no se trata de la cantidad de páginas, sino de tener algo que decir y atreverse a decirlo. Creo que esa fue una de las lecciones más importantes que me llevé.

Lo que más me marcó fue descubrir que mis palabras podían llegar a otras personas. Recuerdo especialmente cuando una compañera comentó que se había sentido muy identificada con uno de mis textos porque reflejaba algo que ella vivía como mamá. Ese momento me hizo pensar en algo que nunca había considerado: que aquello que yo escribía para entenderme a mí misma también podía ayudar a alguien más a sentirse comprendido. Fue una sensación muy bonita porque me hizo darme cuenta de que las palabras no siempre se quedan con quien las escribe; a veces encuentran un lugar en otras personas.

Por eso siento que entré al taller buscando una respuesta y terminé encontrando muchas más. Descubrí que sí me gusta escribir, pero también descubrí que me gusta compartir lo que escribo, escuchar otras historias y conectar con personas a través de las palabras. Más que enseñarme técnicas de redacción, el taller me ayudó a confiar en mi propia voz. Y para alguien que durante mucho tiempo escribió solo para sí misma, eso significa muchísimo.

 

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