XX
"¿Qué chingados hace el profe Frías? ¿Por qué anda en todos lados?"
TODOS
LOS CAMINOS LLEVAN A FRÍAS
Yazmín Lares Salazar
Este
escrito ni siquiera lo podía empezar, me daba pena caer en la adulación. Y,
siendo sinceros, no sabía qué escribir. Me senté dos días frente a la laptop
abierta tratando de pensar en algo, pero nada venía a mí. ¿Qué podía escribir
yo cuando otros del Taller escribirían cosas mucho mejores? Me daba miedo caer
en puros halagos sin profundidad, en tratar de convertir al hombre en mito o en
quedarme corta de palabras.
Durante la primera clase, el profe llegó unos
diez minutos antes. Empezó a preguntar los nombres de las personas que
estábamos en el salón y cuando llegó la mayoría, empezó la clase. Nuestra clase
era Pensamiento Filosófico de la Educación y recuerdo que comenzó a hablar de
filosofía; Aristóteles, Sócrates, etc. Básicos que se supone debíamos de
conocer.
Un día
regular en el que la clase se fue muy rápido, pero supuse que era igual que
nuestros otros profesores. Entre clase y clase, nos contaba de las personas que
conocía, los alumnos que había tenido y lo que ellos habían logrado. Entonces
me empecé a preguntar, ¿qué chingados hace el profe Frías? ¿Por qué anda en
todos lados?
Hasta
cierto punto pensé que era un tipo de Padre Jeringas y se aparecía por todos
lados, como una entidad omnipresente. Cuando le conté a mi mamá una de las
historias que el profe nos contaba, ella simplemente arqueó una ceja y me
comentó “Ese profe es bien mitotero, ¿no?”
Yo sólo me reí.
Una vez
bromeé con unos amigos de que el profe no había sido niño, sino que simplemente
se había manifestado un día, tal vez como Atenea durante una jaqueca de su
padre. Esta broma se podría reforzar con el hecho de que nunca le vimos llegar
a la universidad y decíamos; “es que spawnea como en un juego. Simplemente va a
los puntos que ya tiene guardados y aparece fuera del salón”. Yo pensaba más de
él como una institución y no como una persona, me intimidaba el hecho de hablar
frente a él porque me sentía que no sabía nada.
Fue
durante sus clases que el profesor dejó de ser una institución y lo humanicé
aún más, entre anécdotas y relatos, le rogaba al salón que no fueran tan
apáticos. ¿Acaso ésa no era obvia en nuestra línea de profesión? Después de
todo de qué serviría un docente apático y sin ganas, ¿qué le estaría enseñando
a los niños?
Clase
tras clase, el profesor nos contaba historias para estimularnos. Para hacernos
sentir que podíamos ser algo más, que podíamos aspirar a algo más que la
docencia— que no es algo malo ser simplemente un profesor— pero mis compañeros
simplemente le ignoraban. Ni siquiera fingían poner atención en clase,
interrumpían durante las sesiones, no se callaban, ¿Desde cuándo se había
perdido el respeto hacia las figuras de autoridad? ¿de verdad no podían dejar
de mirar su celular por una hora o dejar de platicar?
Y esto
no lo digo desde una posición de superioridad, yo también he sido culpable de
platicar durante clases, lo cual supongo es peor porque reconozco que también
platico y aun así algunas veces, sigo haciéndolo. ¿Eso me convierte en algo
peor que mis compañeros? Probablemente, quién sabe.
Las
historias del profesor, aunque a veces pueda no prestar atención porque me
pierdo en mis divagaciones, despiertan en unos, cierta curiosidad. Entiendo que
lo que nos da es conocimiento y ser conscientes de eso, pesa más. El tonto que
no sabe que es tonto vive feliz, pero si alguien inteligente se hace pasar por
tonto, ¿vive feliz o desdichado?
Se
supone que éste era un escrito sobre el profesor Frías, pero terminé hablando
sobre mis compañeros. Y es que simplemente es imposible no meterlos a la
conversación cuando se tiene un docente de ese tamaño.
En
nuestros dos semestres en la UPES hemos tenido siete docentes. Algunos buenos y
otros excelentes. En una de nuestras clases, un profesor nos dijo que “el buen
docente es aquel que se adapta a las necesidades de sus alumnos”, pero incluso
cuando se adaptan a las necesidades del grupo, a ellos simplemente les vale
madre la clase. Ponen atención cuando se les da la gana, quieren hacer lo que
ellos quieren y si no les dan por su lado, reportan al profesor.
Me da
miedo pensar en qué tipo de profesores se convertirán el día de mañana y a que
alumnos van a educar. Al final, todo se conecta con lo que el profe siempre nos
repite; la esquinita. ¿Estamos tan cómodos en nuestra ignorancia que
despreciamos las herramientas que docentes con más experiencia nos están dando?
¿Es nuestra arrogancia tan alta?
Después
de todo no somos el primer educador y nuestros conocimientos y prácticas ya
existen.
Ya
cerrando con este escrito que parece más un mal caso de verborrea, invito a mis
compañeros a que presten atención a las clases y a los profesores que la
institución nos proporciona. No estoy diciendo que tomemos todo lo que nos
dicen como verdad, pero que al menos los escuchemos. Ellos son un espejo en el
que podemos reflejarnos y tomar lo que nos guste de sus prácticas. De cierta
manera, somos los próximos en cargar la antorcha y es nuestra obligación
mantenerla encendida.
Comentarios
Decidí publicarlo porque siempre les he dicho que escriban lo que piensen, lo que quieran, lo que les dé su regalada gana; porque la Escritura es libre y nos hace libres y porque es grato decir lo que pensamos. Cómo también es grato agradecer las palabras que nos alientan, cómo éstas en las que aludes a mi.
Te agradezco y te felicito por tu reflexión.
Saludos, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento