“Me hasta miedo escribir esto, pero necesito sacarlo de mi cabeza antes de que termine consumiéndome por dentro”



 



14 NOCHES, 14 MUERTES

 

Celeste Giselle Quintero Plata

 

Me hasta miedo escribir esto, pero necesito sacarlo de mi cabeza antes de que termine consumiéndome por dentro.

Han pasado 37 días desde que mi abuelo quedó internado en ese hospital frío, gris y extrañamente silencioso, un lugar donde las horas dejan de sentirse reales y donde el sueño ya no descansa a nadie, afuera sigue existiendo el ruido de Navolato, los carros pasando, la gente riendo, la vida avanzando como siempre pero adentro el tiempo se detiene, ahí dentro solo existen las máquinas sonando, los pasos apresurados en la madrugada y las miradas cansadas de quienes esperan un milagro que a veces nunca llega.

Yo solo me he quedado 14 noches y en cada una de ellas alguien ha muerto, sé que suena ridículo decirlo, hasta yo misma me siento tonta pensándolo, pero ya no sé cómo ignorar algo que me persigue desde la primera noche, siempre pasa cuando estoy ahí, de una manera u otra, pero pasa, como si la muerte caminara por los mismos pasillos que yo, como si respirara detrás de mí, como si me observara desde algún rincón mientras espero noticias de mi abuelo.

La noche número ocho fue la peor, murieron dos personas, entre ellas, un niño.

Todavía puedo recordar exactamente cómo pasó todo, abrí la puerta del área de espera, avancé apenas dos pasos y escuché cómo anunciaban la hora de su muerte, así de rápido, así de simple, unos segundos antes su mamá seguía teniendo esperanza y unos segundos después solo quedó el silencio, nunca había sentido un frío así, porque no era frío del aire acondicionado ni de la lluvia de afuera, era otro tipo de frío, uno que se mete en el cuerpo y se queda ahí, atorado en el pecho, desde entonces camino por esos pasillos con la piel erizada, hay algo en los hospitales durante la madrugada que no se puede explicar, las luces blancas parecen más apagadas, las paredes se sienten eternas y las personas dejan de hablar fuerte, como si todos entendieran que la muerte también escucha.

Ahora incluso me da miedo entrar al estacionamiento, cada carro tiene una historia distinta esperando adentro, algunos llegaron rápido, llenos de esperanza, otros llegaron sabiendo que quizá sería la última vez, hay carros donde alguien duerme incómodo esperando noticias, hay otros donde las personas lloran en silencio para que nadie las vea y hay algunos que terminan yéndose vacíos… completamente vacíos.

A veces observo los pasillos del hospital y pienso en todas las vidas que están cambiando al mismo tiempo detrás de cada cortina, en una habitación alguien celebra que despertó, en otra alguien se despide sin saberlo, mientras unos rezan para quedarse, otros apenas encuentran fuerzas para soltar.

Y lo peor es que uno se acostumbra, eso es lo más aterrador de todo, te acostumbras al olor del hospital, a escuchar ambulancias sin sobresaltarse, a los doctores caminando rápido, a ver familias llorando en las esquinas, a escuchar códigos médicos como si fueran parte de una conversación cualquiera, poco a poco entendemos que en esos lugares la muerte deja de sentirse lejana, se vuelve rutina. A veces me pregunto cuántas personas habrán dado su último suspiro exactamente donde yo estoy sentada, cuántas conversaciones terminaron ahí, cuántos “te prometo que vas a salir de esta” quedaron rotos entre esas paredes.

Hay noches donde siento que el hospital respira.

Y sé que suena loco, pero hay algo ahí que pesa demasiado, algo invisible, como si todas las tristezas se quedaran atrapadas flotando en el aire, porque un hospital no solo guarda enfermos, guarda miedo, despedidas, promesas, culpa y esperanza al mismo tiempo, he visto personas llegar fuertes y terminar destruidas en cuestión de horas, he visto hijos hacerse los valientes mientras sus ojos se llenan de lágrimas, he visto ancianos mirando el techo en silencio, como si ya supieran algo que los demás todavía no entienden.

Y cada vez que alguien muere, el ambiente cambia. se siente, las conversaciones bajan de volumen, las enfermeras caminan diferente, los familiares agachan la cabeza, incluso el aire parece quedarse quieto por unos segundos, como si el mismo hospital hiciera una pausa para aceptar otra pérdida más y ahí estoy yo, siempre presente, 14 noches, 14 muertes.

Tal vez sea coincidencia, tal vez solamente estoy en el lugar donde la vida y la muerte se cruzan todos los días, pero últimamente empiezo a sentir que algo de mí también se quedó atrapado ahí dentro, porque después de tantas noches uno deja de mirar igual a las personas, empiezas a entender lo frágil que es todo, hoy alguien ríe contigo y mañana puede convertirse en una fotografía pegada en una pared, la vida cambia demasiado rápido y nadie está preparado para eso.

Ahora entiendo por qué las miradas en los hospitales son tan distintas, son miradas cansadas, vacías, rotas, miradas de personas que ya entendieron que el ser humano no tiene control de nada y aunque intentó convencerme de que todo esto son solo ideas mías, cada noche que regreso siento el mismo escalofrío recorrerme la espalda cuando cruzó esas puertas, porque en el fondo ya no sé si le tengo miedo al hospital o a seguir sumando noches y muertes en mi cabeza.

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Lamentablemente Celeste eso sucede cada día en los hospitales, los cuales son lugares de nacimientos y muertes continuas.
Alegrías y tristezas...
Saludos!!!

Entradas más populares de este blog