“Me dijo que me quería y yo también lo quería, aunque intentara esconderlo detrás del orgullo, de la costumbre o del miedo”
ENCUENTROS CLANDESTINOS
Celeste Giselle Quintero
Plata
No
sé cuánto tiempo puede vivir una persona dentro de otra antes de convertirse en
costumbre, en herida o en eternidad.
Nos
conocimos una tarde cualquiera de enero del 2024, una de esas tardes simples
que parecen no significar nada hasta que años después entiendes que ahí comenzó
todo, desde el momento en que lo vi sentí algo extraño, una familiaridad
imposible de explicar, como si ya lo hubiera conocido en otra vida o como si mi
alma hubiera estado esperando encontrarse con la suya desde hacía tiempo.
Hay
personas que llegan despacio, pero él no, él llegó como llegan las cosas
destinadas; de golpe, sin pedir permiso, dejando claro desde el primer instante
que algo dentro de mí ya no volvería a estar igual, desde el primer día
hablamos y no eran conversaciones vacías, había una conexión rara entre
nosotros, una confianza inmediata, una química imposible de fingir, a veces
pienso que existen personas con las que uno simplemente coincide, y otras con
las que uno se reconoce, él era de esos.
Pasaron
los meses y la vida decidió alejarnos. nunca hubo una despedida exacta, solo
distancia, como si el destino nos hubiera tomado de los hombros para colocarnos
en caminos distintos, pero incluso separados seguíamos buscándonos de maneras
pequeñas; un mensaje de vez en cuando, una conversación corta, cualquier excusa
para recordar que todavía existíamos en la vida del otro.
Y
luego volvía el silencio, pero el silencio nunca duraba demasiado entre
nosotros.
Siempre
he pensado que cuando ya no debes nada con una persona, dejas de encontrártela,
el universo deja de insistir, las calles dejan de cruzarlos, los nombres dejan
de aparecer, pero con él no era así, yo me lo encontraba casi todos los días,
en los lugares más improbables, aun cuando ni siquiera vivimos cerca, era
absurdo, era como si la vida se negara a borrarlo de mi camino y quizá era
porque todavía había algo pendiente entre nosotros.
Entonces
el destino volvió a juntarnos.
Recuerdo
aquella noche fría y oscura donde volvimos a hablar como si el tiempo no
hubiera pasado, recuerdo sus manos tomando las mías, el calor de sus dedos
rompiendo el frío de la madrugada, sus ojos mirándome como si también hubieran
estado extrañándome todo ese tiempo y después el beso, dios mío, ese beso, hay
besos que solo duran segundos y hay otros que parecen juntar todos los meses de
ausencia en un solo instante, el suyo fue así, como si el amor que nunca
dijimos hubiera estado esperando ese momento para salir por fin.
Me
dijo que me quería y yo también lo quería, aunque intentara esconderlo detrás
del orgullo, de la costumbre o del miedo, porque la verdad es que el amor nunca
se nos fue, solo aprendió a quedarse callado mientras la vida nos alejaba una y
otra vez, después comenzaron nuestros encuentros clandestinos, no éramos
novios, nunca tuvimos un nombre exacto, éramos algo más complicado y quizá más
peligroso: éramos dos personas incapaces de soltarse del todo, mi amigo con
derecho, mi amante favorito, mi lugar de descanso y mi caos al mismo tiempo.
Y
qué triste es cuando alguien ocupa tanto espacio en tu alma sin pertenecer
realmente a tu vida, nos encontrábamos a escondidas del tiempo, entre caricias,
risas, conversaciones de madrugada y besos que parecían despedidas disfrazadas,
cada vez que lo veía sentía que me gustaba más, cada vez que me abrazaba
entendía menos cómo alguien podía sentirse tan hogar y tan imposible al mismo
tiempo.
Porque
nosotros nunca fuimos algo estable, éramos un ir y venir constante, un casi, un
“tal vez en otra vida”, un amor que siempre regresaba pero nunca terminaba de
quedarse y quizá por eso duele tanto ahora, porque ya he estado sin él antes,
ya conozco su ausencia, ya sé lo que es dejar de hablarle durante semanas o
meses, pero siempre volvemos a nosotros, siempre encontramos la manera de
regresar aunque el mundo nos separe, por eso no sé qué será de mí el día en que
ya no exista forma de volver a encontrarnos, el día en que las calles dejen de
cruzarnos, el día en que el destino deje de insistir.
Tal vez ahí entenderé que de verdad terminó.
Y
creo que eso es lo que más miedo me da, no perderlo como pareja, porque nunca
lo fue, me da miedo perder esa sensación de saber que en algún momento
volveríamos, perder la esperanza silenciosa de otro beso, otra madrugada, otra
conversación donde finjamos que nada pasó mientras los ojos nos delatan todo,
porque él y yo siempre fuimos eso: un amor sin promesas, pero lleno de
regresos.
Y
quizá Pablo Neruda tenía razón cuando escribió: “Para que nada nos separe, que
nada nos una.”
Porque
tal vez esa fue nuestra tragedia, nunca pertenecernos por completo, nunca tener
algo que romper oficialmente, nunca ser suficientes para quedarnos, pero
tampoco lo bastante ajenos para olvidarnos, a veces pienso que nuestro propósito
era solamente encontrarnos, enseñarnos que el amor existe, aunque no dure para
siempre, querernos en los momentos exactos y después desaparecer nuevamente,
como hacen las estrellas fugaces; hermosas, inolvidables y demasiado breves.
Pero
qué injusto es que alguien pueda convertirse en hogar y despedida al mismo
tiempo y aquí estoy, extrañándolo otra vez, esperando, quizá tontamente, que el
destino vuelva a cruzarlo frente a mí una vez más y nos dé un último encuentro
clandestino.

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