“Hoy, que se inaugura por tercera vez el Mundial de Fútbol en México, tomamos prestados tres relatos breves de Eduardo Galeano en los que aborda este mediático deporte”
POR QUÉ ESCRIBO
Eduardo Galeano
Para empezar, una confesión:
desde que era bebé, quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores,
el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.
Al despertar, no bien caminaba un
par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el
fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún
otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a
ver si algo salía.
Intenté, y sigo intentando,
aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos
sombríos. Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi
incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto,
indiferente a las pasiones humanas.
Intenté, y sigo intentando,
descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y
la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas,
porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde
hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.
Intenté, intento, ser tan porfiado
como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los
humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo
creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que
el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una
larga tradición mutiladora.
Y, en definitiva, resumiendo,
diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al
castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los
indignados.
EL FÚTBOL
Eduardo Galeano (Uruguay)
Textos publicados en El Fútbol a sol y sombra,
Catálogos Editora, Buenos Aires, 1995.
La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que
el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la
alegría de jugar porque sí.
En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional
condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de
ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como
juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín
que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que
rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.
El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos
protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha
convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza
para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte
profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que
renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohibe la osadía.
Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy
de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el
disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las
tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de
la libertad.
¿EL OPIO DE LOS PUEBLOS?
Eduardo Galeano (Uruguay)
¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol
y de "las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados
idiotas que lo juegan". Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis
Borges fue más que sutil: dictó una conferencia sobre el tema de la
inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba
disputando su primer partido en el Mundial del '78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores se
funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición
que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que
es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a
la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo
que quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican
al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y
circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa
fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un
rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de
ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares,
organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los
puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas
denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelga y
enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era
el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los
pueblos oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose
Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero
de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club
Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos
primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron
al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos,
el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió "este reino de la lealtad
humana ejercida al aire libre".
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