“Del agua del canal comenzó a salir una sombra, no caminaba, se deslizaba, su cuerpo escurría agua negra”





 

AQUELLA NOCHE EN EL PANTEÓN

 

Celeste Giselle Quintero Plata

 

Hay cosas que uno recuerda con tanta claridad que resulta imposible creer que solo hayan ocurrido dentro de un sueño, sin embargo, cada vez que intento contar esta historia termino haciéndome la misma pregunta: ¿de verdad pasó o mi mente inventó todo?

Todo comenzó una tarde cualquiera, mi papá y yo estábamos moviéndole a nuestra Ford blanca, le instalamos una alarma nueva que hacía un sonido muy particular y cada vez que la activábamos, las luces delanteras y traseras comenzaban a parpadear de un color azul brillante, nos emocionaba verla alumbrar así, como si fuera una camioneta recién salida de agencia, ya que la teníamos bien cuidada, parece un detalle sin importancia, pero más adelante entenderán por qué jamás he podido olvidarlo.

Muchos años antes de esa noche, en un pequeño rancho donde todos se conocen, ocurrió una tragedia que casi nadie cuenta, un hombre salió de su casa dejando encendida la hornilla por un descuido, el fuego comenzó a extenderse y su esposa que estaba dormida quedó atrapada entre las llamas, nadie alcanzó a sacarla con vida, desde entonces, aquel hombre jamás volvió a ser el mismo, pues se dice que la culpa lo consumió durante años, todas las tardes iba al panteón a llorarle a su esposa, hasta que un día desapareció, se cuenta que días después encontraron su ropa junto al canal que pasa a un lado del panteón, cruzando las vías del tren y el pequeño puente de concreto, su cuerpo nunca apareció, la gente comenzó a decir que por las madrugadas se escuchaban llantos entre las tumbas, otros aseguraban ver a un hombre empapado caminando por el panteón, como si siguiera buscando a su mujer, la verdad yo no creía esas historias, pues pensaba que mi tata solo contaba la historia esa para que nunca fuéramos al panteón de noche.

Pero un 2019 de vacaciones, llego Año Nuevo y mi tata nos volvió a decir que no nos acercáramos al granero de noche, pero como faltaba leña para la fogata mi papá y yo fuimos cerca de la medianoche a juntar leña y se nos hizo fácil llegar al panteón a dejarle unas veladoras a mi abuela, aunque el panteón estaba completamente solo, apenas lo iluminaban la luna y algunas veladoras que seguían encendidas, le dije a mi papá que el señor se nos iba a aparecer en tono de burla, ya que nosotros pensábamos que era mentira todo, dejamos la camioneta cerca del granero, cruzamos la vía y pasamos el puentecito del canalito, mientras caminábamos vimos a un señor arrodillado frente a una tumba, lloraba con un dolor que partía el alma, mi papá siempre ha tenido un corazón enorme, así que decidió acercarse para preguntarle si necesitaba ayuda, yo fui detrás de él, cuando estuvimos a unos cuantos metros el hombre dejó de llorar, el silencio fue tan repentino que me hizo sentir un escalofrío, entonces comenzó a reír, no era una risa fuerte, era una risa baja, ronca, como si llevara mucho tiempo sin respirar, levantó lentamente la cabeza, aún recuerdo su piel, pues estaba completamente quemada, en algunas partes todavía parecía desprender humo, donde debían estar sus ojos solo había dos huecos negros llenos de agua.

Con una voz que parecía salir del fondo del canal preguntó:

—¿Ya encontraron a mi esposa?

Mi papá me tomó de la mano y corrimos, no recuerdo cuánto tiempo estuvimos huyendo entre las tumbas, solo sé que la desesperación nos hizo caer en un hoyo oculto entre la maleza, me golpeé las rodillas y seguí llorando mientras mi papá me levantaba, ya veía borroso por las lágrimas y lo único que podía salvarnos era encontrar la Ford, mi papá comenzó a activar la alarma, a lo lejos se escuchaba el sonido y entre los árboles alcanzábamos a ver las luces de colores.

Las veíamos pero por más que caminábamos nunca lográbamos llegar a ellas, era como si la camioneta se alejara cada vez que nosotros avanzábamos, seguimos el sonido hasta que, sin darnos cuenta ya que no se miraba nada de nada, caímos al agua del canal que cruza bajo el puente, el agua estaba helada, intenté salir sujetándome de la orilla cuando sentí que algo me agarró del tobillo, no era mi papá, era otra mano, fría y con uñas largas, me jaló hacia el fondo con una fuerza imposible, al intentar soltarme me raspé el codo contra una piedra, sentí cómo la piel se abría mientras tragaba agua, mi papá logró sujetarme del brazo y entre los dos conseguimos salir, corrimos sin mirar atrás, cruzamos las vías del tren.

Y ahí estaba, nuestra Ford blanca, las luces seguían parpadeando de colores, nos subimos empapados, temblando y llorando.

Mi papá giró la llave, nada, lo volvió a intentar y nada, fue entonces cuando la camioneta comenzó a sacudirse, primero despacio, después con tanta fuerza que parecía que alguien la estaba levantando desde atrás, mi papá aceleró, las llantas patinaban levantando tierra, pero la Ford no avanzaba ni un centímetro, como si algo enorme la estuviera sujetando.

Nos bajamos para ver qué estaba pasando y entonces lo vimos, del agua del canal comenzó a salir una sombra, no caminaba, se deslizaba, su cuerpo escurría agua negra, detrás de ella apareció otra silueta completamente envuelta en fuego, pero unas llamas extrañas, oscuras, que no iluminaban nada.

Yo abracé a mi papá con todas mis fuerzas, él me rodeó con los brazos, todavía puedo escuchar lo último que me dijo.

—Cierra los ojos niña.

Le obedecí, los cerré y sentí cómo algo nos atravesó a los dos, no fue un golpe, no fue dolor, fue una sensación helada, como si el aire mismo hubiera cruzado nuestros cuerpos, después…nada.

Desperté en la casa de mi tata, todos desayunaban, platicaban y se reían como si aquella madrugada jamás hubiera existido, cuando pregunté cómo habíamos llegado ahí, todos me respondieron exactamente lo mismo.

—¿Cuál panteón? Ustedes nunca salieron.

Miré a mi papá buscando una respuesta, él sólo bajó la mirada, nunca volvió a hablar de aquella noche, pensé que realmente todo había sido una pesadilla, hasta que salí al patio, la Ford no estaba, así que regresamos al granero en la mañana, la alarma ya no funcionaba, ni un solo foco encendía, parecía como si nunca hubiera tenido aquel sistema de luces que tanto trabajo nos había costado instalar, pero al abrir la puerta sentí un olor fuerte a agua estancada, los asientos seguían húmedos, en la parte trasera había un rasguño largo y profundo que nunca antes había tenido, me llevé la mano al codo, ahí estaba el corte, con los años sanó, pero la cicatriz sigue conmigo hasta el día de hoy.

Nunca volvimos a reparar la Ford, mi papá simplemente la dejó abandonada en el granero del panteón, decía que ya no servía, que el motor había muerto por completo, pero yo sé que no fue por eso, porque desde aquella noche él jamás volvió a cruzar las vías del tren, jamás volvió a pasar por ese puente y nunca más volvió a entrar a ese panteón.

Años después regresé sola, intentando convencerme de que todo había sido producto de mi imaginación, el canal seguía ahí, el puente también, hasta la Ford, pero la tumba donde vimos llorando a aquel hombre… no existía.

Le pregunté al velador si alguna vez habían enterrado ahí a un hombre cuya esposa hubiera muerto en un incendio, el señor guardó silencio unos segundos, luego me respondió con una tranquilidad que todavía me persigue.

—Aquí no mija, él nunca apareció.

Sentí que el cuerpo se me helaba.

—¿Cómo que nunca apareció?

—Dicen que cuando se aventó al canal el agua nunca devolvió su cuerpo.

Me quedé inmóvil, fue entonces cuando entendí algo que jamás había considerado, que aquella noche nosotros no encontramos a un hombre llorándole a su esposa, fue él…quien nos encontró a nosotros, y aunque todos dicen que nunca salimos de casa aquella madrugada, hay dos cosas que nadie ha podido explicarme, la cicatriz que todavía llevo en el codo y el rasguño profundo que sigue marcado en la parte trasera de la Ford blanca abandonada hasta el día de hoy.

 


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