"Cree en el amor. El que aparece en las canciones de los 40 éxitos de Chavela Vargas, ese dulce amor que inspira poesía, que mueve montañas, que crea montañas, que baja montañas"




 

EL FINAL DE UNA PELÍCULA QUE JAMÁS EXISTIÓ

Por: Ian Báez Palazuelos


Estoy decepcionado, profundamente. En esta maldita sociedad de refrescos de dieta, todo parece reducido a versiones sin azúcar, sin grasa, sin riesgo. Incluso el cine. Los directores toman ideas de los niños de kínder, y eso es un insulto hacia los chiquillos. ¿A quién se le ocurre una película con una trama tan predecible y obscenamente aburrida? Chico conoce chica. Chico pierde chica. Chico corre bajo la lluvia. Música en crescendo. Beso. Créditos.

Ver pintura secarse sería más emocionante.

Y es que el romance no existe.

Lo inventamos para no admitir que somos animales con miedo a la soledad. Le pusimos violines a la reproducción. Le escribimos metáforas a la necesidad. Y ahora nos sorprendemos cuando las cosas terminan como siempre terminan: con un vacío.

Oh, pero mi dulce madre, mi dulce madre no piensa así

Mi madre se mece en su silla, lenta como ella sola. La madera rechina con cada impulso, un sonido que reconozco aquí y en china. Toma agua con chía a sorbos chiquititos, tranquilos, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Hay algo casi ceremonial en la manera en que habla del amor. Lo pronuncia despacio. Amor. Como si fuera un objeto frágil que aún no se rompe.

Ella sí cree.

No en el amor práctico de los seguros médicos compartidos. Cree en el otro. El que aparece en las canciones de los 40 éxitos de Chavela Vargas, ese dulce amor que inspira poesía, que mueve montañas, que crea montañas, que baja montañas.

Mi madre amó mucho.
Si cada hombre al que quiso fuera una lágrima, el Nilo estaría lleno de agua salada, y se desbordaría.

Y lo más trágico es que nunca aprendió a odiarlos del todo.

El primero es, según ella, una mancha borrosa en vidrio, un rompecabezas que no podía armar todavía, tenía nombre de general. Así lo cuenta ella, con una sonrisa que ya no sabe si es nostalgia o burla. Era alto, correcto, manos suaves. Nunca había cargado algo más pesado que sus propias expectativas. La llevaba del brazo como si exhibiera una medalla recién ganada. Le hablaba de futuros brillantes mientras miraba su reflejo en las vitrinas.

Un día simplemente dejó de llamarla.

No hubo pelea. No hubo despedida dramática. Sólo silencio. Un silencio que molesta al tímpano.

Mi madre lo esperó semanas. Plancha en mano, sentada a un lado del teléfono como si el tipo no se hubiera ido ya.

El segundo hombre importante en su vida tenía nombre raro, un yankee apestoso llamado Dallon, Nombre importado, cerebro inflamado, que había reprobado tercer semestre ya unas dos veces, era marxista, filosofo de mochila rota y juntaba a los chicos de su aula para, según él, “cambiar el sistema opresor capitalista” con su modelo socialista-humanista y legalizar la marihuana, eso era lo más importante. Se separaron cuando fue expulsado de la escuela porque lo encontraron drogándose en el baño de mujeres. Mamá dice que él era el más romántico de todos, porque le componía canciones que luego cantaba en la guitarra, su favorita era cuando tocaba “Esclavo de tus ojos” de Miguel Bosé.

Después Felipe. Un gordo que le quitaba las papas cuando iban a comer hamburguesas. Mamá lo dejo porque apestaba a cebo y grasa.

Podría seguir. Podría convertir esta historia en una enumeración interminable de hombres con nombres comunes y promesas recicladas. Todos distintos. Todos iguales. Todos convencidos de que eran especiales.

Ella siempre creyó que el siguiente sería el definitivo.

Y entonces llegó mi padre.

Hay un chiste viejo que contaban los cantineros mientras destapaban botellas: ¿Cuál es la diferencia entre casar y cazar? Que para cazar necesitas matar al animal, y para casar el animal se mata solo.

Mi padre no necesitaba matar nada. Tenía lengua suficiente para que la presa caminara sola hacia la trampa.

Sabía hablar. Sabía escuchar. Sabía asentir en el momento exacto. Podía venderle agua a un pez y convencerlo de que estaba deshidratado, podía hacer que los policías le pagaran mordida por detenerlo. Le decía a mi madre que era distinta. Que no era como las demás. Que con ella todo era más fácil.

Ella quería creerle. Eso es todo.

Se casaron. Hubo fotos. Sonrisas. Pastel con demasiada crema. Una fiesta donde todos brindaron por una historia que aún no había empezado a romperse.

Mi padre era brillante para comenzar cosas y terrible para sostenerlas. Inmaduro, berrinchudo, orgulloso hasta lo ridículo. Convertía cualquier desacuerdo en competencia. Cualquier error en acusación.

La casa se volvió campo minado. Palabras que explotaban por nada. Silencios que duraban días. Yo aprendí temprano que el volumen de una voz puede cambiar el clima de una habitación.

Cuando se fue, no hizo una escena. Hizo inventario. Se llevó lo que consideró suyo. Muebles, herramientas, dinero. Dejó la mecedora.

Pero no se llevo la mecedora.

Durante años pensé que alguien debía filmar la vida de mi madre. Que el mundo necesitaba verla, entenderla, compadecerla incluso. Que era injusto que su nombre solo apareciera en recibos, en contratos de luz, en pagos atrasados.

Imaginaba la escena final perfecta. Ella mayor, fuerte todavía, mirando al horizonte mientras una canción antigua sonaba de fondo. La audiencia llorando. Ovación de pie.

Pero nadie quiere ver a una mujer esperando en la cocina con la comida fría. Nadie compra entradas para una historia donde el amor no llega, o llega y se va, o llega y se queda solo para desgastar.

Las películas prefieren los besos. No las facturas.

Un día estaba viendo una de esas historias predecibles. Dos personas se reencontraban en un aeropuerto. Hubo todos los clichés habidos y por haber.

Apagué la televisión antes de los créditos.

La casa estaba demasiado quieta.

Sobre la mesa estaban los recibos de mi madre. Ordenados con una precisión que ya no tenía sentido. Firmé uno por uno. Mi nombre al lado del suyo, como si eso pudiera arreglar algo.

La mecedora no se movía.

La madera ya no rechinaba.

Y mientras guardaba los papeles en una carpeta azul que encontré en el cajón de siempre, juraría que escuché el sonido. Ese leve vaivén. Ese ritmo constante que acompañó toda mi infancia.

No había música.
No había beso.
No había aplausos.

Sólo una sala en silencio y la sensación incómoda de que la película terminó hace tiempo y yo fui el último en darme cuenta.

 

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