“Cada vez que abro un libro, también abro una pequeña puerta. Y nunca sé a dónde me va a llevar"



 


 

LAS PUERTAS

 

Alejandra Montoya Corrales

 

Si soy completamente sincera, mi historia con la lectura no comenzó con amor. Comenzó con insistencias.

Desde que tengo memoria, siempre escuché la misma frase: "Tienes que leer porque los libros te van a abrir muchas puertas." Los adultos la repetían una y otra vez, como si estuvieran revelando el secreto más importante del mundo. Pero yo era una niña. Y siendo una niña, las puertas que me interesaban abrir eran las de mi cuarto para sacar mis Barbies y pasar horas inventando historias con ellas. Los libros, en ese momento, me parecían algo lejano, algo que pertenecía más al mundo de los adultos que al mío.

Sin embargo, aunque yo no lo sabía, la lectura ya estaba encontrando la forma de entrar en mi vida.

Por las noches, antes de dormir, mis papás me leían cuentos. Recuerdo esa sensación de estar acostada, escuchando una voz que iba transformando palabras en castillos, aventuras, personajes y lugares que nunca había visto. Creo que en aquel entonces no me enamoré de los libros, pero sí de las historias. Y tal vez ahí empezó todo.

Con el tiempo crecí y comencé a leer por mi cuenta antes de dormir. Se volvió una costumbre silenciosa, una de esas que parecen pequeñas hasta que desaparecen. Porque eventualmente desapareció. Llegó el celular, llegaron las redes sociales, llegaron las pantallas brillantes que prometían entretenimiento inmediato, y poco a poco los libros fueron quedándose en un rincón de mi vida.

Durante un tiempo pensé que esa historia había terminado ahí.

Pero entonces llegó la pandemia.

Mientras el mundo parecía detenerse, yo tenía demasiado tiempo y muy pocas cosas que hacer. Empecé a leer desde mi teléfono, buscando historias que me ayudaran a escapar un poco de todo lo que estaba pasando. Sin embargo, pasaba tantas horas frente a una pantalla que mi vista comenzó a resentirlo. Recuerdo que me recomendaron dejar de leer tanto en dispositivos electrónicos y regresar a los libros físicos.

Y qué curioso.

Lo que parecía una limitación terminó convirtiéndose en un regalo.

Comencé a comprar libros. Muchos libros. Libros que elegía simplemente porque me llamaban la atención, porque la portada era bonita o porque la historia sonaba interesante. No eran textos académicos ni lecturas obligatorias. Eran historias de amor, emociones intensas y personajes que parecían sentirlo todo demasiado fuerte. Y por primera vez entendí algo que nunca había comprendido cuando era niña: leer podía ser un placer.

Creo que nunca he leído tanto como en aquellos años.

Las horas pasaban sin darme cuenta. A veces terminaba un capítulo y necesitaba otro. Luego otro más. Y otro. Los libros dejaron de sentirse como una tarea y comenzaron a parecerse más a una conversación. Como si cada historia me tomara de la mano y me llevara a un lugar distinto.

Con los años mis gustos cambiaron. El romance fue dejando espacio para otros mundos. Ahora me encuentro más en las historias de misterio y ciencia ficción. Me gusta esa sensación de no saber qué va a ocurrir, de sospechar de todos los personajes, de intentar resolver un enigma antes de llegar a la última página. Hay algo mágico en eso, en dejar que una historia juegue contigo y te sorprenda.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que mi relación con la lectura ha sido parecida a muchas relaciones importantes de la vida: empezó con resistencia, pasó por el abandono, se reencontró cuando menos lo esperaba y terminó convirtiéndose en algo especial.

Hoy entiendo que las personas que me decían que los libros abren puertas tenían razón, aunque no de la forma que yo imaginaba. No se trata solamente de aprender más o de obtener conocimientos. Los libros abren puertas hacia otras vidas, otros pensamientos y otras versiones de nosotros mismos.

Y quizás eso es lo que más me gusta de leer.

Que cada vez que abro un libro, también abro una pequeña puerta.

Y nunca sé exactamente a dónde me va a llevar.

 

 

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Alejandra las puertas que abre la literatura son infinitas, tal cómo lo mencionas en tu texto claramente. Una bonita reflexión con historia personal nos regalaste.
Saludos!!!!

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