"Bueno, ya se durmió —dijo la computadora, agotada—. Tenemos exactamente tres horas antes de que vuelva a despertar diciendo “cinco minutitos más” mientras abre otra tarea"
CRÓNICAS
DE MIS PERTENENCIAS
Anahí
Díaz Pérez
Eran
las 3:17 de la mañana. Por primera vez en todo el día, ella se había dormido.
Toda la casa quedó en silencio… y como cada noche, nosotros, los objetos,
aprovechamos para hacer nuestra junta urgente de supervivencia.
—Bueno,
ya se durmió —dijo la computadora agotada—. Tenemos exactamente tres horas
antes de que vuelva a despertar diciendo “cinco minutitos más” mientras abre
otra tarea.
—Primero
que nada —interrumpió la cama ofendida—, quiero dejar claro que esto ya no es
una relación sana. Yo fui creada para descansar personas, NO para verla
acostarse cuando ya casi amanece. La señora me usa más de decoración que de
cama.
—Ay, no
exageres —dijo la cafetera—. Gracias a mí sigue viva. Si no fuera por mis cafés
cargados, esta casa estaría en ruinas desde el lunes pasado.
—Confirmo
—dijo el carro—. Esa mujer maneja todos los días como si estuviera escapando de
un secuestro. Yo ya no distingo entre una ida al súper y Rápidos y Furiosos 14.
—¡Y todavía
tiene el descaro de decir “ahorita salgo”! —gritaron las llaves desde abajo del
sillón—. SIEMPRE sale tarde. SIEMPRE. Y luego nos culpa a nosotras.
—Pues
porque ustedes se esconden —respondió la cartera desde una bolsa que nadie
había revisado en dos semanas.
—Mira
quién habla —contestaron las llaves—. La señora te encontró una vez en el
refrigerador junto al jamón.
—Eso
fue una experiencia espiritual —dijo la cartera dignamente—. Además, yo
desaparezco para darle emoción a su vida.
La
puerta del baño suspiró profundamente.
—La
verdad, yo sí le tengo cariño. Aquí entra a respirar. A veces nomás se sienta
en silencio viendo TikTok con mirada perdida. Honestamente, creo que mi baño es
el spa más económico de México.
—Spa
dice… —rió el espejo—. Yo la veo todas las mañanas. Parece participante de
“Sobreviví a la maternidad y apenas es martes”. Se me queda viendo y dice “hoy
sí me voy a organizar”, mientras trae un zapato puesto y el otro quién sabe
dónde.
—¡Y aun
así sale! —gritó el reloj indignado—. No entiendo cómo lo logra. Va tarde desde
las 7 de la mañana y todavía encuentra tiempo para buscar el celular veinte
veces.
En eso
habló el celular desde entre las cobijas:
—Quiero
denunciar algo oficialmente. Esta mujer me busca mientras me trae en la mano.
EN LA MANO. Una vez usó mi propia lámpara para buscarme. Yo todavía no supero
eso.
Toda la
sala guardó silencio unos segundos.
—Eso sí
estuvo fuerte —dijo el horno lentamente.
—Hablando
del horno —continuó la cocina cansada—, ¿alguien puede explicarme por qué
ensucia diecisiete trastes para hacer brownies? ¡BROWNIES! Parece que alimenta
un ejército invisible.
—Porque
hornear la relaja —dijo el horno orgulloso—. Yo siento que cada vez que hace
postres está intentando convertir el estrés en azúcar.
—Pues debería
convertirlo en sueño —murmuró la cama.
Todos
guardaron silencio mientras la veían dormir profundamente por primera vez en
todo el día. Estaba abrazando una almohada como si hubiera peleado una batalla.
Entonces
la computadora habló bajito:
—¿Saben
qué pienso realmente de ella? Que no sé cómo le hace.
—Yo
tampoco —dijo el carro—. Vive cansada y aun así llega a todos lados.
—Se
pierde hasta ella misma —dijeron las llaves.
—Pero
siempre encuentra la manera —agregó la cartera.
—Corre
todo el día —dijo el reloj.
—Hace
tareas de madrugada —dijo la computadora.
—Se
esconde tantito en el baño para respirar —dijo la puerta.
—Y aun
así sigue cuidando de todos —susurró la cama.
Entonces
todos nos quedamos callados.
Porque,
aunque vive tarde, cansada, despeinada y sobreviviendo con café… la verdad es
que todos en esta casa sabemos algo:
Ella
cree que apenas está sobreviviendo.
Pero
sinceramente… parece súper heroína.
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